La ciudad es para mí # 1. Cruzar la Gran Vía

“…Y de pronto me apeteció mudarme: José Martí estuvo en Zaragoza, de donde soy, y parece ser que se enamoró allí. Incluso se dice que perdió la virginidad en Zaragoza. Era una señal”. Por Aloma Rodríguez


18 marzo 2014

 

CRUZAR LA GRAN VÍA

 

Lo que más me gustaba de mi casa en la calle Príncipe eran los balcones. Entonces fumaba y, como Pla, me liaba cigarrillos mientras buscaba un adjetivo. Miraba hacia abajo: enfrente había una taberna irlandesa, la más grande de Europa, según mi novio, y albergaba cualquier evento deportivo que fuera televisado y tuviera cierta dosis de violencia. Había al menos cinco bares más en la calle: los odiábamos todos y no entrábamos a modo de protesta. Una noche de principios de junio, después de pasar una jornada encerrada en una de las casetas de la Feria del Libro, Ignacio Martínez de Pisón se empeñó en invitarnos a una cerveza en las Cuevas del Sésamo, a dos portales de mi casa, porque la escena final de El pisito pasaba allí. Bajamos. La humedad era casi insoportable. No se podía respirar y estaban llenas de turistas y jóvenes a los que camareros con pajarita servían litros de sangría y cerveza a precios ridículos. Recuerdo que otra noche mi novio y yo entramos en el Mandala, hartos de que cada noche nos ofrecieran copas y descuentos los mismos relaciones públicas. Y al poco tiempo de llegar a la casa, él estuvo en La Comedia, otro de los pub estrella de la calle.

 

En los dos años que vivimos allí soporté las obras del Teatro de la Comedia, el polvo y el reparto de flyers y las ofertas. De madrugada nos despertaban los gritos de los borrachos, las amenazas de bronca o los gritos histéricos de dos chicas peleándose. Una vez salí al balcón con mi pijama de tigre para espantar a unos chicos con una guitarra. Mi novio pasaba las noches buscando piso en portales de internet. En el fondo, había algo en la agitación nocturna que me gustaba.

 

A pesar de todo me gustaba: me gustaba vivir encima de una librería, me gustaba que la peletería de abajo se hubiera transformado en un supermercado, aunque fuera caro, y me gustaba que en verano y con los balcones abiertos oyéramos los cochecitos turísticos de los que salía una voz metálica que explicaba que estaban en el barrio de las Letras, donde habían vivido escritores como Miguel de Cervantes o Lope de Vega. Luego la voz hablaba del Teatro Español y de la estatua de Lorca de la plaza Santa Ana.

 

A finales de agosto ya habíamos decidido que nos mudábamos: teníamos que hablar con la nueva casera y cerrar algunos asuntos. Aunque la casa nueva era mucho más espaciosa y mejor, me daba pena dejar el barrio de las Letras y cruzar la barrera psicológica de la Gran Vía. Me daba pena irme de la calle ahora que la librería estaba enfrente y no debajo y que habían empezado a abrir más restaurantes que bares. Me asustaba irme a una casa más cara.

 

El último fin de semana de agosto vinieron mi madre y mi hermana. Fuimos a patinar al Retiro, al cine de verano de la Filmoteca y a la sala grande. Fuimos a La Taberna Encantada, en la calle Salitre, uno de mis sitios favoritos y pensé que si me mudaba iría menos porque estaba más lejos y eso me ponía triste. Fuimos a pasear por lo que iba a ser mi barrio nuevo, si finalmente conseguíamos quedar con la casera y llegar a un acuerdo. Justo detrás del edificio de Teléfonica, detrás de un H&M y el edificio de Prisa, la casa nueva está en el edificio que veía desde la azotea de la cadena SER durante el mes de agosto del año anterior. Salía a fumar para escapar del mal rollo de la redacción. Solo se veían tejados y terrazas. Todas me daban envidia. Circulaba el rumor de que la mayoría de las terrazas eran platós de cine porno gay y que ese era el primer verano que no rodaban, por la crisis, que está afectando a todo. No sé si me tomaban el pelo o se lo creían de verdad.

 

Tomamos la calle Desengaño desde la plaza de la Luna. No recordaba el número, pero reconocí el portal. En la esquina con Ballesta había un corro de mujeres. Más adelante, otro. Y otras estaban solas. Mi madre me dijo que por lo menos siempre habría gente en la calle. Luego vimos los dos sex-shops que enmarcaban el portal señorial. Me agobiaba el calor y la proximidad de la Gran Vía: el ruido, los coches, la actividad. Levanté la vista mientras mi novio explicaba lo bonita que era la casa, aunque solo había estado un par de veces: hasta un mes antes, había vivido ahí una amiga nuestra. Vi la placa que señalaba que José Martí, “héroe nacional de Cuba”, había vivido allí. Bajo esa placa hay otra placa, bastante más pequeña, que indica que es un centro de día para enfermos de Alzheimer de la Comunidad de Madrid. Y de pronto me apeteció mudarme: José Martí estuvo en Zaragoza, de donde soy, y parece ser que se enamoró allí. Incluso se dice que perdió la virginidad en Zaragoza. Era una señal: mi futuro barrio podía ser tan literario como el de las Letras, aunque fuera menos evidente. Les señalé la placa a mi novio, a mi madre y a mi hermana. Ellos me señalaron a un transexual que se acariciaba las tetas mientras se miraba en el espejo de una moto que no era suya.

 

Imagen: Sarah Hunt

 

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