La ciudad es para mí #4

Un íntimo recorrido de casa al hospital. Por Aloma Rodríguez


11 junio 2014

Aloma04

 

 

Entrenamiento

Era lo que todo el mundo me decía: camina. Andar era recomendable para todo lo que me pasaba desde el sexto mes de embarazo. Era bueno para ampliar mi capacidad pulmonar y no ahogarme en las cuestas, para la retención de líquidos y la hinchazón de los tobillos y pies, para la circulación, para el dolor de espalda y hasta para provocar el parto, aunque también para preparar el cuerpo para el parto. Así que caminaba. Ya no cogía el metro casi nunca y me tomaba muy en serio lo de andar.

 

Mi paseo más recurrente acababa en el centro de salud. Iba desde la calle del Desengaño hasta plaza Luna y continuaba por la calle Luna hasta San Bernardo (o torcía por Ballesta para llegar a Pez por Puebla y cruzar San Bernardo a la altura de la calle Reyes), después tomaba San Bernardino y pasaba por El rey de los tallarines cerrado. Casi siempre iba por la mañana, aunque recuerdo que una noche cené allí después de completar el recorrido a la inversa. Al pasar por la plaza de Conde Duque miraba las terrazas y el parque infantil. Olía el césped recién cortado de los jardines del Palacio de Liria y miraba la valla negra mientras me preguntaba qué estaría pasando ahí dentro. Seguía subiendo por la calle Princesa, pasado el edificio de Ocaso, que me recuerda, absurdamente, a la etapa del Un, dos, tres… presentado por Jordi Estadella. De ese recuerdo saltaba a otro recuerdo: mis primos, mi hermano mayor y yo corriendo por la casa del pueblo que mi abuela y su hermana todavía compartían imitando a las azafatas del programa. Dejaba Princesa y cogía Quintana hasta el número 11, donde está el centro de salud. Hasta allí solo había completado la mitad del camino: el hospital en el que iba a parir estaba en Moncloa: desde el centro de salud al hospital había más o menos lo mismo que desde mi casa al centro de salud. Iba a Quintana caminando como entrenamiento: acabaría por completar el recorrido entero. Me sentía como un atleta. Hasta los controles que me hacían eran como pruebas antidopaje: me pesaban, me tomaban la tensión y comprobaban la frecuencia cardiaca del feto. Mi objetivo final era ir andando hasta el hospital el día que me pusiera de parto. Casi nunca lo había logrado durante el embarazo, ni siquiera cuando iba a hacerme las ecografías al hospital porque no salía de casa con la suficiente antelación. Pero sí había hecho el camino de vuelta andando cada vez. Eso me daba confianza.

 

Ahí iba a hacerme los análisis, el temido test de O’Sullivan, la prueba de la diabetes gestacional de la que todo el mundo habla con temor porque hay que beberse un líquido demasiado dulce en ayunas y esperar una hora, y ahí llevaban el seguimiento de mi embarazo. Me vieron diferentes ginecólogas, a una la odié porque me dijo que estaba en el límite del peso que podía ganar y me puso a dieta: había engordado 9 kilos en 7 meses y no quería que pasara de 12. Le dije que mi madre se engordaba 17 kilos, sugiriendo que tal vez fuera algo metabólico heredado, y me respondió que a ella le daba igual lo que se engordara mi madre. Llevaba gafas de nácar blancas, así que la bauticé como “Gafas de nácar”, precedido de un insulto que no escribiré y que podría ser sustituido por cualquier otro. Me daba miedo que me volviera a tocar con ella. Recuerdo también a dos muy simpáticas: jóvenes y morenas, con gafas, apenas se fijaron en mi peso. En la penúltima visita, había un ginecólogo residente. Después de que la enfermera me preguntara el sexo del bebé (chica) y el nombre (Greta), el médico residente señaló la pantalla del ecógrafo y gritó: “¡La vulva! ¡Es una niña!”. Ni la enfermera, ni la ginecóloga, ni yo dijimos nada.

 

Por fin, pude completar el recorrido dos días después de salir de cuentas: tenía que ir a un control rutinario. Calculé el tiempo, cuarenta minutos. Comprobé que me cansaba —todo el trayecto es de subida— y que me bebía un botellín de agua. Cuando llegué al hospital estaba tan feliz de haber hecho el camino completo que casi olvidé a qué iba: a que me dijeran que no estaba de parto y que no parecía que me fuera a poner pronto. Había completado el entrenamiento. De vuelta a casa, decidí parar a comer en un restaurante árabe de la calle Duque de Liria como premio. Una semana después volví al hospital a repetir el mismo control: hice el trayecto de ida en metro y el de vuelta, caminando. El resultado del control era el mismo: no estaba de parto. Me dieron cita para provocármelo dos días después. Volví a casa deprimida: hacía calor, seguía embarazada y era San Isidro. Estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en mi mano para ponerme de parto antes de que me lo provocaran. Al día siguiente, viernes, me despertó el dolor de las contracciones. Salí a Gran Vía dispuesta a llegar al menos hasta Plaza de España. Mi novio tuvo que parar un taxi antes del cruce con San Bernardo.

 

 

Imagen: Sarah Hunt

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