La ciudad es para mí # 5

El documental “Edificio España” como excusa para rendir homenaje al escritor Félix Romeo. Por Aloma Rodríguez


11 julio 2014

Aloma05

 

Edificios y fantasmas
Edificio España, de Víctor Moreno, pudo estrenarse después de un largo proceso: el Banco Santander, propietario entonces del edifico, se oponía al estreno y al pase en festivales. Es un documental sobre las obras que pretendían convertir el inmueble en un hotel de lujo. Aparecen los conserjes, los albañiles, el último inquilino y otros personajes que componen un retrato del país. Casi al final de la película, la cámara acompaña la salida de unos escombros y por primera vez en la película se ve la calle. El retraso en la exhibición generó expectativas en un sentido que no creo que la película satisfaga, pero tampoco creo que fuera su intención.

 

 

En mi caso, a esa curiosidad y a la fascinación que produce el edificio (plantado en la plaza de España, rodeado de otros edificios abandonados y ocupados, cerrado, imponente y señorial), se añadía que forma parte de mi mitología sentimental, nunca había estado, pero todos hablan y han escrito de él: el escritor Félix Romeo (Zaragoza, 1968 – Madrid, 2011) había vivido allí unos años, en la época en que dirigía el programa de televisión La mandrágora. En parte, ver la película era tratar de encontrarme con algo de él. Mi padre recuerda un sofá cama incómodo y montañas de libros que iban creciendo. Félix contaba que dejaba un disco puesto cuando se iba de casa para que los posibles ladrones creyeran que había gente y eso les disuadiera. Me gustaría saber más detalles de ese piso: cómo era el suelo, de qué color estaban pintadas las paredes, cómo eran las ventanas, qué se veía desde ellas, ¿daba vértigo asomarse? ¿En qué piso estaba la casa? Me lo imagino un poco como la otra casa en la que Félix vivió en Madrid, la del Palacio de la Prensa, en la que sí estuve. Me lo imagino con un CD de Battiato sonando sin parar. Solo estuve una vez allí, vi los libros apilados, sonaba música y miré por las ventanas: daban a unos tejados de unos edificios mostaza que fotografié. El día que estuve en ese piso, nos habíamos encontrado en la plaza del Reina Sofía, cerca de Atocha porque yo llegaba de Zaragoza. Luego habíamos estado paseando por la ciudad y tomando cafés en varios sitios. No recuerdo ninguno. Subimos a la casa poco antes de acudir a la inauguración de la exposición de Lina Vila, su novia, en el Espacio Valverde. La Gran Vía era demasiado grande, desconocida y apabullante para mí. Seguía a Félix casi correteando, me sentía incapaz de orientarme, de recordar el camino o de desandar lo andado sin perderme. No habría sabido ir de Callao al Gula Gula, nuestro restaurante favorito. Faltaban varios años para que me mudara; entonces, ni si quiera me atrevía a soñar con vivir en Madrid.

 

 

Cuando empezamos a buscar pisos de alquiler en Madrid, Félix me daba consejos, a veces contradictorios. Me decía que no buscara en Lavapiés, decía que si me mudaba allí, solo iría a los Ideal y había otros cines en la ciudad. También me decía que detestaba los sofá cama, me sugería que todos los que fueran a usar mi casa en Madrid como lugar de paso pusieran un fondo que me permitiera buscar una casa con una habitación para invitados y dos baños. La idea era buena, pero nunca la llevamos a cabo. Me insistía en la zona: no tenía que obsesionarme con ese lado de la Gran Vía, me decía que a partir de la calle San Bernardo hay mucha más luz porque está más alto. Puede que fuera mentira, pero le hacía caso y cada vez que entraba en Idealista me proponía seguir sus consejos, ser, como siempre, muy obediente. Pero era imposible: las casas eran feas, apenas les llegaba luz, la distribución era un desastre, las paredes estaban desconchadas o la habitación de invitados era poco más que una despensa. El piso de la calle Príncipe que encontré cumplía uno de los preceptos de Félix: tenía ascensor. La primera vez que vino a Madrid para ser mi huésped fui a recogerlo a la estación. Me pasé el camino de vuelta pensando qué le parecería la casa. La zona le gustaba. Me enseñó un camino nuevo para llegar a mi casa. Dejamos la maleta y volvimos a la calle. No puso ninguna pega.

 

 

De mi casa actual Félix me diría que está bien, pero que debería tener una habitación más (sobre todo ahora que has tenido una niña, diría). Está del otro lado de la Gran Vía. Le gustaría que tenga dos baños. No le gustaría que ninguna ventana dé a la calle. Le gustaría la luz que entra por la mañana por una de las ventanas del salón. No le gustaría, de eso estoy segura, que la cocina no tenga luz natural. Me diría que hay poca comida en la nevera, pero por lo menos hay agua fría. Le gustaría la zona, pero detestaría la calle. A pesar de todo, sé que elegiría mi sofá rojo para quedarse a dormir y con él llegaría una pila de libros que se acomodarían en suelo de madera crujiente, que tampoco le gustaría.

 

 

 


*Imagen:
Sarah Hunt

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