La ciudad es para mí #6

Recuerdos de otros veranos. Todos están en éste. Por Aloma Rodríguez


13 agosto 2014

Aloma06
La ciudad en agosto
Fui una niña de ciudad hasta que, unos meses antes de cumplir siete años, mis padres nos anunciaron a mi hermano mayor y a mí que en septiembre no volveríamos al colegio de la calle Corona de Aragón en Zaragoza, sino que lo haríamos en un pueblo de Teruel, a una hora de Zaragoza, que se llamaba Urrea de Gaén. Nos íbamos a vivir allí porque a mi madre, médico, le había tocado ese pueblo como interina. Mi padre pidió una excedencia en el periódico y se propuso dedicarse solo a escribir. Creo que a mi hermano mayor le molestó un poco dejar Zaragoza: iba a empezar quinto de EGB y ese año, por fin, sería de los mayores del recreo. No recuerdo qué pensé yo de eso. Ese verano, mientras mis padres estaban haciendo la mudanza, dos semanas antes de que mi hermano pequeño cumpliera un año, me estampé contra un muro dentro de un coche de feria en el pueblo de mis abuelos y me operaron de urgencia –una hemorragia interna a causa de una rotura hepática- en el hospital recién inaugurado de Alcañiz. Me faltaba un mes para cumplir ocho años y ya no sería una niña de ciudad. No volví a vivir en la ciudad hasta que empecé el instituto. Mi familia aumentó y cambiamos de pueblo. Cuando estaba en mi segundo año de instituto, mi familia creció de nuevo y mi madre obtuvo una plaza en un pueblo mucho más cerca de Zaragoza: volveríamos a ser una familia urbana.

 

Durante esos años íbamos de manera irremediable a pasar unos días a Arteixo, a la casa de mis abuelos paternos, y mi madre siempre decía que ella lo que quería era pasear por Independencia, comerse un helado e ir al cine; hacer las cosas que no podía hacer durante el invierno. Pasábamos unos días en Ejulve, el pueblo de mis abuelos maternos, y mi madre se quejaba de que siempre estaba en pueblos. Alguna tarde, en Galicia, mi padre conseguía escaparse con nosotros a A Coruña: nos llevaba a pasear por la playa de Riazor. Durante esos años yo, igual que mi madre, eché de menos la ciudad, y tal vez por eso, me gustan las ciudades en verano.

 

Las ciudades en agosto cambian para poder seguir siendo las mismas: se vacían de sus inquilinos habituales y se pueblan de otros atípicos, que están de paso, y que hacen que la ciudad parezca otra. Llenan los museos, las salas de exposiciones, los bares, las terrazas y los cines de verano. Me confundo entre ellos cada verano, como si en ese tiempo suspendido yo pudiera ser otra en la misma ciudad de siempre. Me quedo en la ciudad en agosto como una forma de resistencia que me hace pasar calor, sudar sobre el asfalto y conservar mi blanco nuclear prácticamente intacto. Me quedo como si creyera que cada agosto en la ciudad me permite recuperar los inviernos en pueblos, los veranos trabajando en Dinópolis, Teruel; como si tuviera efecto retroactivo y pudiera cambiar mi pasado y ser una niña de ciudad. También me quedo porque casi nunca tengo dinero para irme de vacaciones y porque mi vida laboral sigue siendo tan precaria como cuando estudiaba: solo consigo trabajos de verano que me obligan a quedarme en la ciudad cuando ya estoy harta del calor y me digo que no estaba tan mal en esos pueblos y que la ciudad es mejor en otoño. Me iría a cualquier lugar en el que tuviera que ponerme una sudadera de noche.

 

Pienso en los agostos pasados en la ciudad: me acuerdo del agosto de 2008, cuando un mes antes nos había sorprendido la muerte de Sergio Algora, el cantante de El niño gusano y La costa brava –yo trabajaba en su bar, el Bacharach, en Zaragoza, y en poco más de un año y medio se había convertido en alguien fundamental–. Ese agosto paseamos, visitamos las terrazas de la ribera del río recién arreglada, nos emborrachamos porque no entendíamos por qué había sucedido. En agosto de 2010, la Filmoteca de Zaragoza acogió un ciclo de Truffaut y fui a ver casi todas las películas. Algunas las veía por primera vez, como La piel suave o La novia vestía de negro; volví a ver algunas de mis favoritas: la saga de Antoine Doinel. Iba a casi todas con Félix Romeo, a veces se sumaban mi madre, mi padre, mi novio, la novia de Félix… siempre tomábamos un helado a la salida.

 

Mi primer verano en Madrid fue el de 2011. Me queda el recuerdo del calor y una fiesta a principios de septiembre en la zona pija de la ciudad: me emborraché y saltaba sobre una cama elástica mientras un amigo argentino aguantaba estoicamente mis discursos en bucle. En agosto de 2012 estuve trabajando de guionista en la versión veraniega de un programa de radio: cada mañana subía Montera con un café en un vaso de cartón y me sentía como la protagonista de una serie americana, una mujer empoderada, hasta que llegaba al control de acceso de la radio y siempre tenía problemas para entrar, y me convertía en personaje de telecomedia. El verano pasado trabajé en la librería de la Filmoteca: fue un verano largo y caluroso. Agosto terminó con una escalada de noticias: el viernes firmé el finiquito en la librería, el sábado apareció una reseña favorable de mi novela en el suplemento del periódico más leído y el domingo me hice un test de embarazo que dio positivo. El verano de 2014 también lo paso en la ciudad como si fuera un vampiro: hago vida nocturna, salgo a por helados o al cine de verano y voy empujando un carrito. Además, me quedo en la ciudad para poder escribir la última entrega de esta serie.

 

 

Todos los relatos de La ciudad es para mí

 

 

Imagen: Sarah Hunt

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Judit says:

Qué pena que te vayas, Aloma!

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