La estación: Cuzco

Cuzco es una zona bien, de pasta; de pipiolos de Nuevas Generaciones, de pequeños “Nicolases” y viudas cuyos maridos ganaron la guerra. Se agota La Razón, se agota la Gaceta, se agota el ABC. Y Malasaña queda lejos, muy lejos. Por Daniel Remón. Fotos: Marta Sesé


27 octubre 2014

Paseo de la Castellana con calle Sor Ángela de la Cruz

Paseo de la Castellana con calle Sor Ángela de la Cruz

 

Lo confieso: he pasado la mayor parte de mi vida, desde los seis años hasta bien entrados los veinte, en un barrio muy pijo conocido como Nueva España. El nombre acojona bastante, la verdad, aunque yo no me enteré de que se llamaba así hasta hace un par de meses, cuando tuve que citarlo en un relato.

 

Cuzco, lo llamábamos nosotros. O “el barrio”, simplemente, aunque de barrio la zona tiene más bien poco.

 

Lindando al sur con la avenida de Alberto Alcocer, al norte con Mateo Inurria y la calle Caídos de la División Azul (ya se ve por dónde van los tiros), al oeste con el Paseo de la Castellana y al este con la M-30, Nueva España es una franja de Chamartín gobernada por las torres KIO, el primer rascacielos inclinado del mundo. La obra, a la que vi crecer mientras crecía yo, de 1989 a 1996, fue una revolución en su momento. “Hay que acabar con el ángulo recto si no nos queremos morir del aburrimiento”, dijo Philip Johnson, uno de los arquitectos, en una visita a las torres durante su inauguración. Eso es precisamente lo que me pasaba a mí (y a cualquier visitante) frente al triste paisaje arquitectónico del barrio: que nos moríamos de aburrimiento.

 

Calle Francisco Gervás con calle Capitán Haya

Calle Francisco Gervás con calle Capitán Haya


 

Bloques de oficinas y viviendas de ladrillo. Eso es, a simple vista, todo lo que ofrece la zona. Pero Cuzco es mucho más. No hay calles empedradas ni cafés con encanto, eso es verdad. No hay “hipsters”. Nadie va en bici ni se cepilla el bigote ni hornea su propio pan. No hay mercadillo los domingos. Los cupcakes son torteles (de Vait o de Mallorca) y se bebe más Rioja que cerveza artesanal.

 

Esa es precisamente una de las cosas que más me gustan del barrio: que va de cara. Es una zona bien, de pasta; de pipiolos de Nuevas Generaciones, de pequeños “Nicolases” y viudas cuyos maridos ganaron la guerra. Se agota La Razón, se agota la Gaceta, se agota el ABC. Malasaña queda lejos, muy lejos. Estamos en el centro. Del Corte Inglés de Nuevos Ministerios hacia el sur sólo hay cataratas y el único Madrid que vale la pena está aquí y en dirección norte: la antigua ciudad deportiva con sus cuatro torres megalómanas, Mirasierra, Las Rozas… No hay medias tintas. La Nueva España, igual que la vieja, puede aburrir pero no engaña a nadie.

 

Parque Cuarto Depósito (Fundación Canal Isabel II)

Parque Cuarto Depósito (Fundación Canal Isabel II)

Lo que sí está claro es que aquí se come bien. Cuzco es seguramente la zona de Madrid con mayor número de buenos restaurantes por metro cuadrado. Son caros, eso sí (esta es zona de ejecutivos, hay aparcacoches, se cierran negocios y se fichan delanteros). Para los amantes de la carne roja tenemos clásicos como el Txistu, el Asador Donostiarra, el De María o el Baby Beef Rubayat, restaurante brasileño que ofrece cortes de primera calidad. El Puchero, el Qüenco de Pepa o El Cacique también son opciones interesantes. Pero si uno ha reservado con antelación, tiene la tarde exquisita y mucho dinero en el bolsillo (o una tarjeta “black”, en su defecto) puede darse el lujo de acudir al “bistrot” Sacha, restaurante del año en 2014, o incluso al nuevo DiverXO de la calle Padre Damián, propiedad del chef David Muñoz, el único con tres estrellas Michelín de la capital.

 

 

Pegadas la una a la otra y en la misma Padre Damián encontramos también dos marisquerías de calidad: El Telégrafo y el Carta Marina. Por allí pasaba yo cada día de vuelta del colegio, y cansado de arrimar el morro al escaparate, babeando frente a cigalas y centollos como un hambriento “paperboy” dickensiano delante de una pastelería, siempre acababa decantándome por lugares más acordes con mi paga, como el Alfredo’s Barbacoa o el mítico Knight N’ Squire, un garito abigarrado y muy bien de precio, abierto en 1967, en el que sirven una de las mejores hamburguesas de Madrid.

 

Avenida de Alberto Alcocer con calle de Padre Damián

Avenida de Alberto Alcocer con calle de Padre Damián


 

Para bajar la comida, ya se sabe, lo mejor es darse un paseo. Recomiendo la zona de Duque de Pastrana o la de las embajadas, en Costa Rica. Calles como la de Henri Dunant o la de Francisco Suárez son una auténtica delicia, sobre todo de madrugada. La iluminación es escasa y no hay nadie por la calle. Sólo se oyen ladridos o aspersores regando el césped. Los chalets adosados y las casas de tres o cuatro alturas crean una atmósfera de aparente perfección y soledad, como de extrarradio de ciudad norteamericana. Yo andaba mucho por esa zona, casi siempre en verano y a horas intempestivas, y lo que veía me recordaba y aún hoy me sigue recordando a los relatos de John Cheever o de Richard Yates. A veces me cruzaba con algún ama de casa bebiendo sola en la cocina a la luz de la nevera, como en un cuadro de Hopper, a lo Betty Draper del siglo XXI.

 

 

Pido perdón por el exceso de referencias, pero es que yo, en mi tierna adolescencia, tenía ganas de arte, y puede que no haya nada menos inspirador para el aspirante a artista que el barrio de Cuzco. El único museo de la zona era y sigue siendo, que yo sepa, la Fundación Canal de Isabel II. Aquí no había sitio para la bohemia. Eso pensaba yo, de pequeño, mientras me preguntaba por qué no vivíamos en Montmartre, o en Bloomsbury, o en Greenwich Village, o en la no menos lejana Malasaña, de la que sólo me llegaban noticias con cuentagotas a través de mi hermano mayor. ¿Qué había que contar viviendo en la Nueva España? ¿De qué se podía hablar? ¿De la merienda, de las copas de Fraguel Rock o del Capitán, de los romances esporádicos entre los chicos de los Agustinos y las chicas del María Virgen, de los productos de Sánchez Romero? No, de ahí no se podía sacar nada.

 

 

Me fui del barrio. Viví en el centro. Primero en Malasaña, luego en Las Letras, luego en otra ciudad. Hasta que un día me encontré en el Reina Sofía con un cuadro de Antonio López titulado Madrid desde Capitán Haya (1987-1996) y me di cuenta de que estaba equivocado. Ahí estaba, delante de mí. El hotel Meliá Castilla. Cuzco. Mi barrio. Una obra de arte.

 

 

Direcciones de interés:

 

Supermercado Sánchez Romero: Paseo de la Castellana, 196.

Fundación Canal de Isabel II: c/ Mateo Inurria, 2.

Fraguel Rock: c/ Padre Damián, 13.

Capitán Bar: c/ Dolorés Sánchez Carrascosa, 1.

Vait: c/ Félix Boix, 9.

Pastelería Mallorca: Av. Alberto Alcocer, 48.

El Qüenco de Pepa: c/ Henri Dunant, 21.

El Puchero: c/ Padre Damián, 37. 

El Telégrafo: c/ Padre Damián, 44.

El Cacique: c/ Padre Damián, 47.

De María: c/ Félix Boix, 5.

DiverXO: c/ Padre Damián, 23.

Sacha: c/ Juan Hurtado de Mendoza, 11.

Baby Beef Rubayat: c/ Juan Ramón Jiménez, 37.

Carta Marina: c/ Padre Damián, 40.

Knight N’ Squire: c/ Félix Boix, 9.

Alfredo’s Barbacoa: c/ Juan Hurtado de Mendoza, 11.

 

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