La Estación: Entrevías

Vivir en Entrevías es vivir dos vidas, una en la urbanidad de la cercana capital y la otra en la sencillez obrera de un barrio dividido por las vías del tren. Sus habitantes tienen una vinculación muy especial con ese tren que se cruza en sus quehaceres para llevarles y traerles de Madrid, tan cerca y tan lejos de la realidad de un barrio soñador y forjado en la lucha. Por David Arias. Fotografías por Marta Sesé


14 abril 2016

entervias

 

Esta ciudad dormitorio creada en 1954 para acoger a los trabajadores llegados de entornos rurales sigue escapando de su pasado marcado por la delincuencia, el jaco y el chabolismo. No en vano, es el único lugar de Madrid donde puedes residir oficialmente en el Pozo, aunque pertenezca al querido tío Raimundo y sea el barrio vecino. Pero más allá de estas circunstancias, la gente de Entrevías sobrevive con dignidad los envites de todas las crisis, porque aquí el maquillaje de Esperanza Aguirre en forma de suntuoso edificio de la Asamblea de Madrid, no tapa las huellas de mil recesiones. Lo demuestra el bar Baleares enfrente de mi hogar en Entrevías. Este local vacío, sin clientes que alegremente discutan sobre lo mundano y lo divino, se quedó, como muchas partes del barrio, anclado en un pasado inerte, como muestra su letrero de teléfono público con una antigua numeración sin prefijo 91.

 

La arquitectura racionalista del barrio está diseñada para soliviantar el espíritu de cualquier ser humano, pero sus moradores son gente dura, que no se deja amilanar por esos bloques de ladrillo sin alma. En alguno de ellos aún se puede ver rotulado que fueron levantados gracias al Partido Comunista. Son lugares donde los trabajadores un día creyeron en un futuro mejor alejado de esta era post-laboral. Se desperdigan por la ribera izquierda de la vía, a la altura del apeadero de Entrevías. Unos cientos de metros más allá, se ubican los bloques de la calle Serena y la Ronda de Sur, construidos por Franco en las décadas del llamado Desarrollismo. Alrededor de estas modestas edificaciones de apenas cuatro plantas de altura, brota un parque donde se practica mucho deporte y donde a lo lejos aún se ven rastros de las chabolas que no hace tanto reinaban en el barrio. El parque es un punto de encuentro de la gente joven gracias a una agradable terraza de horarios intempestivos, que solo abre cuando la climatología es acorde con las ganas de terraza a precios populares de los habitantes de Entrevías.

 

Las casas bajas de alguno de los realojados configuran una especie de pueblo castellano que coquetea con un inmenso cielo, que ayuda a ver más allá de las situaciones y conversaciones de una gente más preocupada por la falta de oportunidades laborales que por proyectos vitales o consumos innecesarios.

 

Al otro lado de la vía nos encontramos con el imponente edificio de la Asamblea de Madrid inaugurado con mucha pompa por Espe. Su intención era demostrar el salto de calidad de vida en el barrio. Lástima que solo se quedase en esa rotonda donde se ubica también el centro comercial Madrid Sur, en el que muchos ciudadanos hacen sus compras de espaldas al gobierno de la ciudad y rodeados por centros de caridad y algún que otro descampado.

 

El paro es aquí una dura realidad que nos aleja del centro de la ciudad. A pesar de ello, la gente es afable y se refugia en los bares. El más transitado es Los Canales, en la esquina de la única comisaría de Vallecas. Allí, los abundantes bocadillos y las interminables raciones de bravas, ponen una nota de distinción a una zona donde El Chamizo y el Franvar se llenan de gente ansiosa por una victoria del Rayito o del Atleti cada fin de semana. El centro neurálgico del lugar es la plaza en la que se levanta el modesto mercado y el centro comercial, justo detrás de la comisaría. En su interior, las tiendas se han quedado en otra era y su hilo musical nos sorprende con temazos noventeros: Portishead, el “Erótica” de Madonna o Neneh Cherry nos arrancan una sonrisa nostálgica, aunque a veces se intercalan con Ricky Martin o Celine Dion. El Faraón es la nota de comida internacional del barrio. Sus kebabs, un tanto disfuncionales, atraen a la gente del barrio.

 

En sus alrededores puedes contemplar algunos sábados el noble arte del roneo, una manera de ligar calé donde ninguno de los participantes pasará de la segunda base hasta el matrimonio. Aunque, sospecho que más de uno lo logra. Los gitanos añaden una nota de exotismo en un barrio multicultural, aunque integrado mayoritariamente por trabajadores humildes, desempleados y jubilados. Las canciones de Camarón o Lola Flores animan unos bloques donde se observa la soledad de nuestros mayores. Muchos de ellos se apoyan en vecinos y familiares para pasar de manera digna sus últimos días en el barrio en el que viven desde siempre. La tan necesaria dependencia aquí recae en la humanidad de la gente, más que en un estado olvidadizo de los desamparados.

 

Las viejas historias de quinquis, drogas y conflictos vecinales flotan en el aire a pesar de que se respira paz. Muchas de las viviendas que se apostan tras los nuevos bloques que rodean la estación de El Pozo y que se difuminan en Entrevías, aún conservan las cicatrices del miedo. Las jaulas en las que viven los vecinos, con sus rejas en las ventanas, nos indican que no hace mucho era una valentía habitar un lugar como éste. La exclusión sigue presente, aunque mitigada por una mejora en las condiciones sociales de Entrevías, que se palpa tanto en la apariencia como en la actitud de la gente.

 

El cambio es atribuido por muchos a la labor de un sacerdote excomulgado por la élite de la Iglesia. El llamado “cura rojo de Entrevías” es visto como un pacificador. Cerca de su parroquia, la de San Carlos Borromeo, reina un descampado y una calma difícil de explicar por su intensidad. El entorno de bloques de casas sociales de realojados, antiguos chabolistas reubicados en el chabolismo vertical, descubre el silencio a los habitantes de la ciudad insomne. Las noches en este paraje y en casi todo el barrio son solitarias y silenciosas.

 

A ellas se accede mediante el autobús nocturno N11. Un viaje en este transporte desnuda la radiografía social del barrio. Un compendio de jóvenes soñadores que vuelven de fiesta del centro, agotados trabajadores cansados de cargar con esfuerzos inmundos a cambio de un miserable sueldo, chicas bonitas que retornan de una noche coqueta llena de seducción, inmigrantes buscándose la vida y alguna celebridad del barrio como Toni Genil. Todo eso te encuentras en ese N-11 cargado de vida y esperanzas.

 

La humanidad se abre paso por los rincones del barrio y los colegios se llenan de jóvenes con ganas de prosperar en la vida. Entrevías es un área escolar importante. Uno de los puntos de encuentro juvenil es el polideportivo de Ronda del Sur, donde además de disfrutar de sus instalaciones, muchos críos sueñan con jugar en Primera en la escuela de fútbol colindante. Otra centro neurálgico es el centro cultural del barrio, ubicado en la calle Rodríguez San Pedro, donde se organizan obras de teatro y otros formatos culturales abiertos a la participación ciudadana. Su labor es encomiable comparada con los fondos disponibles.

 

Para despedirnos del barrio, nos vamos a Las Costillas, el bar “gourmet” por excelencia de la zona, donde por buen precio puedes gozar del exquisito plato que da nombre al local. Quizás te encuentres por allí a Violeta Cela, musa de Berlanga y orgullosa vecina de Entrevías, la cual te contará mil historias relativas al boxeo, el deporte del pueblo de Vallecas, confidencias sobre el mismísimo Berlanga, o te explicará la manera de combatir las injusticias sociales. Y es que en este barrio obrero, el segundo con la renta per cápita más baja de la capital, sus habitantes nunca se rinden y pelean por un futuro mejor en la ciudad de la que nos separan unas frías vías sin alma.

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Eva vazquez says:

que ganas de visitar todos estos sitios GRACIAS!

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