La maldición de los niños llorones

Bruno Amadio fue un pintor maldito residente en Madrid. Pintaba niños, niños llorando. Por Diego Parrado


03 septiembre 2014

A veces, durante nuestras reuniones de la Venda Negra, apartamos los libros de sucesos y hablamos de las crueldades que sufre el mundo hoy en día; de las desgracias que abren los telediarios. Somos como un grupo de viejas quejándose de sus dolencias, compitiendo con nuestras calamidades como si fuésemos perros de raza en un concurso de belleza canina.

 

La última vez, alguien se quejó de los asesinatos de niños cometidos en Gaza este verano. Pero era un asunto demasiado asqueroso, demasiado incluso como para ser tratado en nuestra mesa, así que otro de nuestros amigos desvió el tema y mencionó otro más propio de nuestros menesteres: los cuados malditos de Bruno Amadio

 

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Estamos también ante una historia de niños y guerra. 

 

Bruno Amadio (1911-1981) fue un pintor italiano residente en Madrid. Según cuentan, antes de trasladarse a España el pintor había participado en la II Guerra Mundial, en la que al parecer encontró la inspiración para sus famosos cuadros: conmovido por la violencia desatada entre los dos bandos, quiso mostrar al mundo los horrores de la guerra a través de las lágrimas de los niños que quedaban huérfanos o malheridos tras las batallas. Con esa intención recorrió los orfanatos del país capturando los llantos de las criaturas, de quienes en total pintó una serie de veintisiete retratos. Veintisiete huerfanitos vertiendo lágrimas de óleo.

 

Acabada la guerra, su obra gozó de gran éxito en España, donde Amadio se trasladó a vivir, y pronto cientos de reproducciones de la serie formaron parte del paisaje habitual de nuestros salones. Por extraño que parezca, España se echaba la siesta bajo la vidriosa mirada de veintisiete niños haciendo pucheros.

 

Pero los inquietantes cuadros llegaron también al país de la prensa amarilla, Inglaterra, y en 1985, el diario The Sun recogió la noticia de que las pinturas de Bruno Amadio estaban malditas. Al parecer, varias viviendas en las que pendía alguno de sus retratos terminaban ardiendo. Los bomberos del país, informaba el periódico, estaban ya hartos de encontrarse esos extraños cuadros de niños llorando entre los escombros; cuadros que siempre quedaban intactos y que sin duda debían de ser la causa de los incendios.

 

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Tal vez el pintor había prendido con su pincel el alma de los niños, y las casas, apiadándose de su tristeza infinita, se inmolaban para darles descanso. Otros hablaban de un pacto entre Amadio y el Diablo para asegurarse la fama a cambio del alma de veintisiete niños, que a su antojo iba cobrándose luego el Maligno incendiando los cuadros. 

 

La noticia tuvo tal repercusión que enseguida las pinturas fueron descolgadas de las paredes y arrojadas al desván o la basura. De vez en cuando se ve todavía a alguno de los llorones en el Rastro, suplicando un nuevo hogar, eternamente huérfanos. En Inglaterra se organizaron incluso quemas masivas, pero en realidad la maldición de los cuadros de Bruno Amadio no es más que una leyenda urbana oficializada por The Sun; no hay pinturas malditas, ni pactos con Satanás: solamente cuentas que saldar y periódicos que vender.

 

Sin embargo, hay algo verdaderamente inquietante en esta historia. Algo fuera de la leyenda. Algo real. Porque, ¿quién querría adornar su casa con el sufrimiento de un niño? 

 

Diecisiete llorones una y otra vez reproducidos, colgando de las paredes del mundo.

 

Sólo cuando las lágrimas resultaron peligrosas para sus dueños empezaron a dar miedo.

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