La mamá dj

Poner canciones para niños en el coche es una cosa, pero hacerles bailar con cascos durante tres horas es un reto más grande que pinchar en el Sónar. Por Elena Cabrera


23 junio 2015

Foto: Antonio Marín.

Foto: Antonio Marín.

 

Esas zapatillas con ruedas incorporadas en la suela me parecían un invento del infierno. El único uso interesante que podía encontrarle es el de imaginar que estoy en una pista de hielo cuando compro por el Carrefour. Me deslizo por el pasillo siguiendo el ritmillo de la música del centro comercial mientras yogures de todos los sabores aplauden mis piruetas.

 

¡Chas! Me despierto. Voy en chancletas caminando por la Avenida Ciudad de Barcelona. ¡Venga, Eleonor! Arrastro a mi hija tirándola del brazo y temo que se le desmonte como el de la Nancy. ¡Venga, Eleonor! Tiene calor, ha madrugado, los zapatos le aprietan. No está muy convencida de esto de ir a bailar a las once de la mañana. Yo tampoco de ir a pinchar a esas horas. Mi maleta de discos pesa más que mi propia hija y llevo cada una en una mano.

 

Llegamos al Centro Cultural Daoiz y Velarde, desapercibida y conflictiva nueva apuesta del Ayuntamiento de Madrid por la cultura, en principio, para el público infantil. Es enorme, está recién inaugurado y se han demorado tanto las obras que los vecinos no se han enterado de que ya está abierto. “¿Daoiz y Velarde? ¡Ah!, ¡lo que hay al lado de los chorros!”, me confirma un vecino. Los chorros son unos frescos escupitajos de agua que salen del suelo y, para los niños del barrio, constituyen la playa del verano. Efectivamente, vienen preparados con bañador y toalla.

 

Hemos llegado a las fuentes, pero no nos mojamos, sino que cruzamos la puerta del Daoiz y nos dirigimos al fondo, a la mesa de la dj. Maxi Gilbert, de la productora xlr, que me ha llamado para pinchar en una silent disco para niños y niñas durante el mes de la música. Todos los domingos de junio. Enciendo los reproductores, me calzo los cascos, meto un cedé y empiezo a bailar.

 

Mis auriculares tienen cable y por ello tengo que limitar mis coreografías a los pasos que se pueden hacer dentro de una cabina y con un cordón umbilical que me une a la mesa. Detrás de mí tengo un panel azul y negro con luces. Mi mesa también es luminosa. Junto a los aparatos, un campo de cascos inalámbricos esperando a que la infantilada venga a solicitarlos.

 

Llegan los primeros, acompañados de personas más altas que podrían ser sus padres o madres. Se dejan cubrir las orejas con los enormes cocos. Le suben a un niño de unos cinco años la ruedecita del volumen. Y, de pronto, no pasa nada. “¿No se oye?”, le pregunto a mi compañero, que intenta llevar cierto control con la entrega de auriculares. Me mira raro. Sí, claro que se oye. El niño me mira serio. No se mueve. No me quita ojo de encima. No le quito ojo de encima. ¡Baila, niño! Pienso. No lo digo, claro. Creo. Miro el contador de segundos avanzar en el reproductor de cedé. ¡Pero si es un temazo! Robert Smith cantando “Why Can’t I Be You?”. The Cure es siempre apuesta segura con los más pequeños. Los singles, claro. Pero a este mocoso le voy a atar a una silla y le voy a poner “A Forest”. O peor, tengo aquí en la maleta un disco de… paso las páginas… “In All Languages” de Godflesh. Le amenazo mentalmente con la mirada. Como no muevas un pie al menos, ya verás la canción que te espera.

 

Foto: Antonio Marín.

Foto: Antonio Marín.

 

Busco a Eleonor. Está bailando mirando a la pared. ¿Pero por qué mira a la pared esta shoegazer?, me pregunto. Ah, es que tiene un cristal y se está mirando en el reflejo mientras baila. Esa es mi hija. Suspiro y me guardo el disco de Godflesh. Iba de farol. El chavalito no se mueve. No queda más remedio, voy a quemar mi mejor cartucho antes de las doce de la mañana. Allá va “Bailando” de Pegamoides. No pegaba nada con lo anterior pero esta era una situación desesperada. De hit o muerte.

 

La infantería llega en avalancha y casi nos hemos quedado sin cascos. Al parecer se ha corrido la voz de que estaba sonando Alaska. Esto es una silent disco y no es que la gente esté en silencio. A veces hay mucho ruido que proviene de los talleres musicales que se realizan simultáneamente. Otras veces son las risas, los gritos, los llantos de la chiquillada y sus familias, corriendo de acá para allá. El concepto pista de baile no lo pillan. Yo quería que se estuvieran quietos, bailando, delante de mí. Imposible. El radio de alcance de sus cascos les permite moverse por las dos plantas del edificio. A veces creo que pincho para nadie, no veo a ninguno de ellos, pero la mesa no tiene ningún receptor disponible, eso es que hay treinta personas escuchando mi sesión en algún lugar fuera de mi vista.

 

Me dejo una oreja libre y les oigo cantar “bebiendo, me paso el día bebiendo”. Les animo con una coreografía que representa muy obviamente que estoy agitando una coctelera. Tres o cuatro vienen y me imitan. ¿Y el niño aquel? El niño aquel sigue quieto, mirándome. Imploro que alguien le quite la música y se lo lleve ya de aquí, por favor. Un niño que no desencaja sus huesos con “Bailando” es un niño muy raro.

 

Me crezco con el baile. Me vengo arriba. Doy mis característicos botes. Subo los brazos, alzo los puños. Me he dado cuenta que cuanto más bailo más se animan a coger las antenas y bailar también. Paso tres horas de subidón sin perdón, sudando technopop. También descubro que disfrutan más con la música cantada en español. Les encajo, en este momento, “Voy a aterrizar” de Nosoträsh. El estribillo causa furor. El peque inquebrantable se quita los auriculares, los deja en la mesa y se aleja de mí sin despedirse. Es una causa perdida.

 

¿Y ahora qué?, os preguntáis. Saco un clásico, me abanico con él, exagerando el gesto. Hay una parejita de hermanos que se ríen. Lo meto en la rendija, lo preparo y ¡play! “Se que no es cierto lo que dicen de mí…” canta Guille Mostaza. El tecladito causa buen efecto. En general, lo que son tecladitos, es bien. Mejor que las guitarras. No obstante, hago un poco de air guitar para mis fans. Se acerca Eleonor a la cabina: “mamá, esta no me gusta, ponme una de las mías”. Siempre he odiado esa gente que se acerca a pedirme canciones. “Sí, mi cariñito lindo”, le contesto con lágrimas en los ojos.

 

Y entonces las veo llegar, son un enjambre. Se mueven en zigzag en dirección a la cabina. Es un comando que se mueve en grupo por todo el espacio, algunas van de la mano, otras sueltas. Con sus pantaloncitos, sus camisetas de colorines, sus cascos como un halo gris sobre su cabeza. No caminan ni corren, sino que se deslizan sobre las ruedas de sus zapatillas, moviendo sus caderas al ritmo de la música y sus rodillas como esquiadoras de la discoteca. ¡Han convertido el centro cultural en una roller silent disco! Pura felicidad, puro pop. Decido dedicarles una canción que me han hecho recordar. Saco el disco de la funda y se desprende un aroma a noventas. Me salto la intro, la coloco en el primer beat y…

 

“Me acuerdo de 1991 / qué bien me sentía saltando en la cama / mientras sonaba mi disco favorito. Mi hermano entró en la habitación y dijo: ‘bueno, si es esto a lo que llamas música / no la quiero para mí / esto a lo que llamas música / es música para tías’. Volví a casa en el 95 / me llamaron a sustituir a un dj que estaba pedo. Intenté mantener la pista viva / pero todos los tíos del bar me dijeron: ‘bueno, si es esto a lo que llamas música / no la quiero para mí / esto a lo que llamas música / es música para tías’. Pero esto lo es todo para mí / me hace sentir como si peleara por algo / ponerte melodías agridulces / y romperte las piernas si no me dejas bailar. Hasta que apareció esta chica / que me conmovió como nadie lo había hecho / porque había algo en la manera en la que había bailado todas las últimas canciones”.

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Comentarios:

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Marco says:

¿Esa última letra es de una canción real? me gustaría escucharla.

Antonio says:

¡Me lo pasé genial! 🙂

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