La muerta de la calle San Roque

El convento de San Plácido, ubicado en pleno barrio de Malasaña, esconde entre sus paredes la increíble historia de una epidemia de posesiones que se extendió entre las monjas que allí vivían en el siglo XVII. Por Diego Parrado


18 marzo 2015

Convento de San Plácido. Foto: Luis García.

Convento de San Plácido. Foto: Luis García.

 

Muchos habréis pasado por delante sin reparar en el que fue escenario de uno de los episodios más grotescos de la ciudad: el Convento de San Plácido (calle de San Roque, 9), un austero edificio de ladrillo cuya condición religiosa es delatada únicamente por un relieve de la Anunciación y una pequeña estatua de San Plácido. Recientemente, algún borracho ha enroscado una boa de plumas púrpura en la reja que protege al santo, sin sospechar que su particular ofrenda me serviría para introducir esta historia, pues la boa serpenteando junto a San Plácido recuerda a la serpiente bíblica tentando a Eva, y los escandalosos sucesos que tomaron lugar en este convento giran precisamente en torno a la tentación.

 

En 1625, sólo un año y tres meses después de ser inaugurado el convento, una de las religiosas empezó a comportarse de manera extraña. Se trataba de sor Luisa María, quien después de desmayarse y ser trasladada a la enfermería, comenzó a blasfemar y a hacer espeluznantes aspavientos cuando sus hermanas rezaron un himno a la Virgen. Sospechando que podía estar endemoniada, el Padre Francisco García Calderón, prior del convento, trasladó a la monja al coro de la iglesia y allí mismo improvisó un exorcismo, del que resultó la confesión de la monja de estar poseída por un demonio.

 

Pero según declaró Luisa María, o a través de ella, el Maligno, “no era ella sola la que tenía el Demonio en la casa”, y en efecto pronto se descubrió que otra religiosa estaba también poseída. El día de San Miguel de ese año, sor Josefa María mordió a una de sus hermanas, blasfemó y, cuando le pusieron encima una bolsa de reliquias, la rechazó arrojándola violentamente al suelo. En su exorcismo declaró tener dentro a un demonio llamado Serpiente, y a partir de entonces la posesión se propagó en el convento como la peste.

 

Al cabo de unos meses el contagio era casi general. Las monjas corrían por el convento, se tiraban por los suelos y, cuando por fin la fuerza demoniaca abandonaba sus cuerpos, caían desmayadas en sus celdas hasta que otra vez sufrían el encantamiento. 

 

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Finalmente intervino la Santa Inquisición, que después de interrogar a las religiosas  y al prior del convento, determinó que el Padre Francisco era miembro de “los alumbrados”, una secta que interpretaba libremente los Evangelios y que prefería la sensualidad a los dogmas de la Iglesia como manera de acercarse a Dios. Al parecer, el prior había mantenido relaciones sexuales con varias de las religiosas, creando en el convento una perturbadora atmósfera erótica que terminó desquiciando a las virginales monjas. He ahí el verdadero motivo de sus continuos sofocos, impulsos irrefrenables y ataques de celos: la pasión que sacude el cuerpo de todos los jóvenes.

 

Pero ése no fue el único escándalo que se vivió en la calle de San Roque. Según cuenta una leyenda local, pocos años después del proceso inquisitorial, ingresó en el convento una nueva monja: sor Margarita. Esta era de una belleza tal que incluso había atraído la atención del Rey de España, Felipe IV, quien no tardó en valerse de sus contactos para acceder a la celda de la joven y ganarse su amistad. 

 

Pero las continuas visitas con que honró a Margarita no saciaron sus apetitos carnales, de manera que el monarca planeó introducirse una noche en el convento y violarla. Por fortuna, la priora quedó al corriente de sus intenciones y trazó un plan para frustrarlas. Así, cuando el Rey abrió la puerta de la celda de Margarita se encontró con que ésta yacía en un ataúd. Cuatro velas blancas guardaban cada una de las esquinas del féretro, y entre las manos de la bella monja sus hermanas habían colocado un crucifijo. Espantado, Felipe IV huyó del convento como alma que lleva el diablo. 

 

Margarita abrió un ojo. Una vez más, las monjas de San Plácido habían logrado escapar del deseo de los hombres.

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Comentarios:

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nomeacuerdodeminick says:

No estaba muerta, estaba de Parrado

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