La muerta de Puerta de Hierro

EN 1955, EL CADÁVER DE EVA PERÓN INICIÓ UNA MACABRA GIRA QUE LO LLEVÓ HASTA MADRID. ESTA ES LA HISTORIA DE SU SECUESTRO. POR DIEGO PARRADO


16 octubre 2014

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En la última de nuestras tertulias, alguien sacó a relucir nuevamente las desventuras de un cadáver; otro caso de profanación de tumbas similar a los ya tratados en nuestra lúgubre mesa. Quién iba a imaginar que la historia de Madrid estuviera repleta de este tipo de relatos, donde los hombres no dudan en entrometer sus impías manos en el descanso de los muertos con tal de llevar a cabo los más sombríos propósitos.

 

Esta vez el cadáver de marras era el de la ilustre Evita. 

 

Después de su fallecimiento en 1952 a causa de un cáncer, el presidente Perón había ordenado embalsamar los restos mortales de su pobrecita mujer, tarea ésta que recayó como una maldición en Pedro Ara, un médico español afincado en Buenos Aires experto en la técnica de la parafinización.

 

La vida del doctor quedó a partir de entonces ligada a la del coqueto cadáver. Durante tres años, Ara se encargó de que Evita siguiera luciendo hermosa, liberando su carne de los estragos del tiempo. Este extracto de su diario nos da un ejemplo del minucioso trabajo del doctor:

 

“11 de agosto: Mis temores acerca del estado de la piel de las manos quedan desvanecidos, pues las arrugas producidas por la desecación lenta se encuentran duras como el cartón. […] Después de cubrirle ojos, nariz y boca con un algodón humedecido con glicerina, alcohol y timol, suspendemos el trabajo hasta mañana. Muy avanzada la noche del día 11 de agosto, dejamos el lugar”.

 

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Sin embargo, todos esos cuidados fueron en vano. En 1955 estalló la Revolución Libertadora y contra ésta el golpe militar del general Aramburu,  que dispuso el secuestro del cuerpo de Evita para evitar la nostalgia del peronismo. En un rico ataúd de plata, los restos de la ex actriz y Presidenta de la Argentina viajaron clandestinamente al norte de Italia, donde durante catorce años reposaron en una tumba al nombre de María Maggi de Magistris. Era como si se pensara que una vez enterrada y despojada de su famoso nombre, Evita no podría ya hacer uso de sus peligrosos encantos.

 

Pero eran tiempos en los que a una situación política le sucedía su contraria. En 1971 llegó al poder el general Lanusse, que ordenó que el cadáver fuera exhumado del cementerio italiano para ser devuelto a Perón, por entonces exiliado en España.

 

Fue en Madrid donde los esposos volvieron a reunirse. Era septiembre y Perón estaba en su chalet de Puerta del Hierro, la finca conocida como “Quinta 17 de octubre”, cuando las puertas del casoplón se abrieron para dejar paso a la camioneta que transportaba el cadáver de su “negrita”. Llevaba dieciséis años sin verla; dieciséis años buscando el desaparecido cuerpo de Eva Duarte, perdido en la vorágine de la Historia al igual que una reliquia mítica. 

 

El ataúd fue instalado en el jardín de invierno, y, sumido en la mayor incertidumbre, el general se acercó a la caja.

 

“Sí, efectivamente es Eva”, dijo adustamente al levantar la tapa, y como observó que un corte cruzaba su mejilla y tenía la nariz aplastada, volvió a solicitar los servicios del doctor Pedro Ara. Todo con tal de vengar a su amada de la cruel muerte; de arrebatar a las parcas un trofeo del botín que se habían cobrado: la belleza de Evita.

 

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Pero los escabrosos sucesos en torno al cadáver de Evita no acabaron ahí.

 

En el tiempo en que le fue devuelto el cuerpo, Perón vivía en Puerta de Hierro con su nueva esposa, Isabelita. No obstante, lejos de molestarse por el regreso de la anterior mujer del general, Isabelita trató de sacar provecho de la presencia de su antecesora en la casa. Asistida por el secretario de Perón, el siniestro López Rega, apodado “el Brujo” por su afición al ocultismo, se cuenta que Isabelita comenzó a poner en práctica una serie de ceremonias oscurantistas a fin de contagiarse del carisma de Evita. Para ello, López Rega celebró varios exorcismos al cadáver, intentando sin éxito que el espíritu de Eva se pegara al de la nueva mujer de Perón. A día de hoy, Isabelita, que llegó a ser Presidenta de la Argentina, reside nuevamente en Madrid y es amiga de Octavio Aceves.

 

En cuanto a Evita, después de tres años en la casa de Puerta de Hierro, por fin regresó a su Buenos Aires y fue enterrada en el cementerio de La Recoleta. Gracias a las artes del doctor Pedro Ara, su belleza continúa intacta.

 

Si algún día los muertos se levantan, Evita los seguirá encandilando.

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Comentarios:

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nomeacuerdodeminick says:

¡Me encanta esta sección! Muy de “El club de medianoche”. Esta historia me acuerdo de pequeña haber escuchado algo sobre ella. Como mi colegio estaba al lado de la Embajada de Argentina, cada que vez que pasaba al lado de ella, pensaba en el cuerpo de Evita ahí, y su marido cuidando de ella como si estuviera viva. (Por cierto, es Puerta de Hierro. Error normal sí no eres un pijo habitual invitado de las fiestas de Isabel Preysler)

Carlitos Satan says:

Cuenta la leyenda que Lopez Rega, al que apodaban El Brujo, fue el que convenció a Isabelita para realizar una serie de conjuros que dotasen a esta del carisma con el que había contado Evita Perón y que para ello hacía que ambas dos durmiesen en el mismo lecho. Cuenta la leyenda…

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