La mujer que dio a luz a un gato

Rescatamos de la historia de Madrid otra de sus criaturas góticas: la mujer que, víctima de un engaño, termina perdiendo el juicio. Por Diego Parrado


18 junio 2015

Bacchiacca.

Bacchiacca.

 

Anoche en la Venda Negra repasamos nuestra labor y quedamos largamente satisfechos. La oscuridad de las novelas góticas, que tanto reconforta nuestras borrascosas almas y no encontrábamos en Madrid, ha terminado apareciendo y con ella han revivido muchas de sus criaturas, a las que la luz brutal de esta ciudad había logrado mantener a raya.

 

Ya hemos rescatado, entre otros, al científico loco (“El rayo de la muerte español”, “Historias del sótano de la Complu”), al pintor maldito (“La maldición de los niños llorones”), a la hechicera (“El misterio de la calle Princesa”), al cadáver robado de su tumba (“La muerta de Puerta de Hierro”), a la vampira (“Tres vampiras madrileñas”), al poseído por el diablo (“Los exorcismos de Carlos II”, “La muerta de la calle San Roque”) y al diablo mismo (“Dónde invocar al diablo en Madrid”).

 

Pero faltaba en nuestra colección de pesadillas otro de los personajes clave en la literatura de este género: la mujer que, manipulada o maltratada por un hombre, termina perdiendo su cordura. Como Ingrid Bergman en “Luz que agoniza” o la primera esposa del señor Rochester en “Jane Eyre”. 

 

Y la hemos encontrado.

 

Vivía en la Latina, estaba sola en el mundo y sufría una enfermedad que a menudo la obligaba a guardar cama. Su historia ha sido olvidada y aparece en muy pocos libros, por lo que no se conoce con gran detalle. Sí sabemos que, cuando contaba con poco más de treinta años, cayó inconsciente durante varios días, y que, como ningún médico lograba devolverle el conocimiento, sus vecinos (gente de la peor calaña, como enseguida veremos) fueron en busca de un curandero.  

Éste, un hombre de peculiar aspecto que residía en una casa no menos extraña de ese mismo barrio, parece que tuvo mayor éxito que los doctores y, nadie sabe por medio de qué artimañas, consiguió que la enferma volviera en sí. Pero la lucidez no le duró mucho a la desdichada, pues al poco de abrir los ojos le fue mostrado un gato y le dijeron que lo había parido. Que ésa había sido la causa de sus dolencias y que, en fin, por extraño que resultara, el gato era su hijo.

La pobre mujer, cuyo buen juicio la penosa enfermedad que sufría había ido mermando, acabó convenciéndose de que en verdad era la madre del animal, y, obrando como tal, empezó a procurarle los más tiernos cuidados. Incluso se celebró un bautizo oficiado por el curandero en el que se dio al gato el nombre de Felipe; y al lado de este Felipe, al que la muy infeliz acunaba en sus débiles brazos, la mujer vivió sus mejores días. Sin embargo, aunque durante un tiempo el calor del instinto maternal mejoró su salud, esta no tardó en resentirse de nuevo y la madre de Felipe enfermó gravemente. 

 

Viendo que sus días tocaban su fin, la mujer otorgó un testamento en el que dejaba todos sus bienes (al parecer bastante cuantiosos) a su hijo del alma. De esta manera, los pérfidos vecinos consiguieron que el patrimonio de la solitaria dama no fuera a parar a las arcas del Estado, sino al gato Felipe, cuyo favor y herencia se ganaron con sólo un par de sardinas.

 

Frederick Dielman.

Frederick Dielman.

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