La Naranja Entera

Mi historial romántico es como casi todo en mi vida: una broma. Y si fuera una película y la vieras al revés, va de una cuasi treintañera con una relación heterosexual monógama (sana y estable, a pesar de todo) que acaba convirtiéndose en una adolescente inconsciente presa de todo tipo de depredadores. Por Filósofa Frívola


12 febrero 2015

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A los 13 años un chico de 21 de mi barrio que me grababa cintas me preguntó si podía besarme. Por lo menos preguntó.

 

A los 14 años me ennovié con un chaval de 19 que era de una capital de una comunidad autónoma/nacionalidad histórica del Estado español. Antes había tenido ya un par de novietes. El típico primer beso que le dices que no es el primero para no quedar mal, pero haces la del pozo sin fondo y te delatas; y otro chico encantador que conocí en los bajos de Argüelles. Por aquel entonces yo era agente secreto. De día Tina Belcher. De noche, Tina Belcher cuando intenta ponerse rimel y se va al Rrebote (por favor decidme que alguien se acuerda del Rrebote).  Aquel chico de 19 años del que hablaba al principio del párrafo venía a verme a Madrid cuando podía. Yo iba a esperarle a la estación de Avda. América. Se hospedaba en un hostal. Pasaron los meses y decidió venirse a vivir aquí, a Madriz, POR MÍ, ojo. A partir de ese momento lo único que recuerdo son reproches y maltrato psicológico constante. Al parecer, yo no aportaba nada a la relación y todo lo tenía que hacer él: cambiarse de ciudad, buscar un trabajo… ¿Y yo? ¡qué morro, de casa al colegio y los findes toque de queda a las 22h! Cosas de ennoviarse con una NIÑA, ¿sabe usted, señor abusón? Hasta transcurrido un tiempete no me di cuenta de que todo aquello estuvo mal. Muy mal.

 

Cuando tenía 15 años, conocí a un chico germano-mallorquín de 23. Estaba bueno de catálago de Alcampo. Un día me contó que se tuvo que ir de su pueblo porque le habían acusado falsamente de violar a su joven vecina porque a sus padres les caía mal y la chica se lo había inventado todo o algo así. A mí me indignó mucho que hubiera chicas capaces de mentir y hundirles la vida a tan encantadores y atractivos estudiantes de carreras serias. Dios mío, un día le dejé entrar a mi casa. ¿Cómo se puede ser tan inconsciente? No sé, como me decía que yo era especial, que era muy madura para mi edad… ¿cómo podía estar mal aquello, con lo empoderada que me hacía sentir?

 

Entre medias hay un borrón de rolletes absurdos, como en mi graduación, en la que mi mejor amiga y yo nos liamos con dos amigos, un enterrador y un guardia de seguridad, respectivamente. Nos dimos un beso a cuatro, y fue bonito. Luego algún que otro depredador mucho mayor que yo, como un siniestro que tenía una novia que hacía kickboxing y me quería pegar. Yo qué sé.

 

Cuando empecé la universidad, con 17 años, MENOR, una figura de autoridad se fijó en mí. Me sentí increíblemente afortunada y perdí el juicio. Años después me enteraría de que era una conducta habitual en aquella persona. Aún me doy asco cuando recuerdo lo rematadamente imbécil que fui y lo mucho que tardé en darme cuenta de que aquello fue un abuso. Y aunque no soy precisamente yo quien debería avergonzarse, no puedo evitar sentir nauseas cada vez que me viene a la cabeza. Aún no he sido capaz de ir a recoger el maldito título de licenciada.

 

Con 18 me eché mi primer novio “sano”. Era tres años mayor que yo y, aunque a priori no parecíamos tener mucho en común, disfrutábamos de una relación normal y divertida. Íbamos al cine, de copas con sus amigos, con los míos, pasábamos los fines de semana en su casa de la sierra… Era todo tan perfecto y tan sano que me aburría. “Esto no es amor, no me siento como en una montaña rusa”, me decía a mí misma. Así que empecé a ponerle los cuernos buscando esa chispa que me faltaba. Lo único que conseguí fue que una relación estupenda se fuera a la mierda, además de añadir a la colección a algún que otro indeseable de los que pululaban por Malasaña en aquella época, cuyos fantasmas aún pueden verse por San Vicente Ferrer.

 

A los 19, justo antes de irme de Erasmus, conocí a otro chico. La relación amorosa fue un desastre absoluto. Yo pedía demasiado, él no quería dar, y visto con distancia, tenía razón. Mis expectativas románticas de las relaciones raramente coincidían con la realidad, que es un poco lo que pasa cuando creces en la cultura de El Diario de Noah. Lo dejamos estando los dos fuera de España, y, aunque lo pasé mal un par de días, hoy estoy orgullosa de decir que es uno de mis mejores amigos y que le quiero un montón.

 

Durante mi loco año en el extranjero básicamente me dediqué a buscar marido. No exagero. Juro que esa era mi intención, aunque nunca lo manifesté así en voz alta. Quería un príncipe azul con acento, algo exótico. Una cosa salvaje, pero que acabara en muchos hijos y en una casa con muebles midcenturymodern rescatados de la basura y bicis en el Keller. Nuevamente, lo que me fui encontrando on the road no acababa de cumplir las expectativas de mi dramedy romántico mental. Follar follé como una reina, vaya, pero me fui de allí sin esposo y con el corazón roto en pedacitos: uno de Philipp, otro de Friedel, otro de Florian, otro de Markus…

 

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Mas no permití que esas pequeñas derrotas me impidieran ganar la guerra. En 2007 pasé el mes de julio en Berlín con mi amiga I. A I. le dije tal cual “este verano voy a conocer a mi marido”. Obsesionada perdida por encontrar el amor, por no estar sola, por vivir una historia increíble y eterna, pasaba las noches mirando cada cara en cada discoteca. Mi marido tenía que andar por allí. Y sí, una noche, pocos días antes de volvernos a Madriz, conocí a mi marido gracias a una amiga común. Nos enamoramos locamente en Bar 25 y nos dijimos te quiero allí esa misma noche. Supongo que el uso de sustancias y el alcohol tuvieron mucho que ver en el hecho de que siga recordando aquella como la mejor noche de mi vida. El siguiente año lo pasé a caballo entre Madriz y Berlín, aunque mi cabeza siempre estaba allá, con él. Vivía para él. Mi proyecto de futuro era acabar la carrera y seguirle a donde fuera. Mi vida sería lo que fuera la suya. Y, claro, para ello necesitaba “saber cómo era su vida”. Cuando se dejaba el ordenador encendido le cotilleaba el MYSPACE (very old, much retro, wow). Estaba enfermamente celosa de todas y cada una de sus amigas. Cada fin de semana en Berlín era una bronca. Hasta que esos fines de semana se convirtieron en vuelo de Easyjet de ida-dos días llorando en una cama en Kreuzberg-vuelo de Easyjet de vuelta. Pero yo seguía empeñada en hacerlo funcionar. Tenía todo más o menos arreglado para irme allí en cuanto acabara la carrera. Sin embargo, en los exámenes finales, me llamó para decirme que no volviera más. Después de aquella llamada hay dos meses de mi vida que están en blanco. Perdí casi 10 kilos y las ganas de vivir. Mi media naranja me acababa de repudiar. Me quedaría sola para siempre. ¿Merecía la pena vivir sola para siempre? Nunca habría otro como él, pero necesitaba algo rápido para llenar el vacío.

 

Así que ese mismo verano conocí a un texano muchos años mayor que yo. No me fascinaba especialmente, pero era un gran aficionado al amor, así que en seguida conectamos muy bien en ese aspecto. Los dos queríamos (necesitábamos) tener pareja. Luego descubrí que nuestras necesidades diferían sustancialmente: yo le necesitaba porque sin un hombre a mi lado me hundiría, y él… él me necesitaba para que le ayudara a pagar las facturas. A mí y a alguna otra novia a la que compaginaba magistralmente conmigo.

 

Al volverse insostenible aquel locurón, empecé a sospechar que quizás me había vuelto a equivocar de rana. Esta rana me dejó una deuda considerable y un odio visceral por el acento de San Antonio.

 

La siguiente rana… la siguiente rana fue la experiencia más dolorosa y más intensa de mi vida. Todas las veces en las que creí estar enamorada habían sido mentira. Porque esta vez estaba tan enamorada que me dolía. Eso es el amor, ¿no? Tiene que doler, tiene que hacer polvo, si no es de broma. Perdí la cabeza como en las películas. Flotaba por el mundo. Cómo amé a ese hombre, por dios. Me metía en los Jutecos a que me dieran muestras de su perfume. Y de vez en cuando aún me sorprendo en el metro, olfateando a ciudadanos que usan su misma marca de suavizante. La relación se rompió porque no había nada que se pudiera hacer por ella, era imposible. El recuerdo siempre estará conmigo, siempre presente. Porque fue el último. Fue mi último amor. Aquello dolió tanto y me hizo sentir tan débil y tan estúpida que lo dejé. Dejé de buscar. Ya lo había encontrado. Y lo había perdido. Y casi que mejor. El amor era una mierda. ¿No es eso lo que dice siempre todo el mundo?

 

En los meses posteriores me dediqué POR FIN a enfrentarme a mí misma, a prestarme un poco de atención y a averiguar quien era esa loca desconocida que había al otro lado del espejo. Y resulta que me encontré con una chica encantadora, con una familia maravillosa, con unos amigos y amigas increíbles, con un sentido del humor, una alegría y un optimismo desbordantes. Con todo un futuro por delante, para mí y para nadie más. Ese verano, en 2010, visité a mi hermana, que estaba pasando el verano en Manchester. Fue una semana perfecta, en la que me lo pasé como en mi vida. Yo sola, fuerte por fin.

 

smart

 

No sé si es ley universal, pero a mí me pasó. Cuando dejé de buscar, cuando por fin conseguí ser la naranja entera, a juego con la piel de mis muslos, una amiga me presentó a su hermano. Me dijo que sabía que íbamos a congeniar. Sin hacerme muchas ilusiones, le conocí. Y sentí una cosa muy rara que no era ese amor doloroso ni esa locura absurda. Sentí que era una persona que merecía la pena conocer. Y conociéndonos, y conociéndonos… llevamos cinco años. Estas dos naranjitas que ahora caminan una al lado de la otra llevan cinco años creciendo juntas. ¡Y lo que hemos disfrutado, lo que hemos vivido y lo que nos queda por vivir! Con respeto, con cariño, con amor del bueno. Sí, del que no duele. Del que te hace reír, del que te hace aprender. Ahora por fin sé lo que es el amor. El amor es ser compañeros, ser cómplices, ser libres. Ser personas que caminan la una al lado de la otra, de la mano, sin pisarse, sin temores, sin odios ni celos. Grandes naranjas y mejores personas.

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Comentarios:

Añadir comentario
anónimo says:

Lo he terminado con lágrimas en los ojos *aplaude*

Bambú says:

Me encanta. Me ha pasado parecido, no tan intenso, pero parecido, de ir dando tumbos con uno y otro que no han dado nada por mí y cuando menos ganas tenia de pene, conocí a mi novio, que no está grillao

Sara Pa says:

Ohh!! Me ha encantado!!! me he sentido identificada en muchas historias y he terminado el post con la lagrimilla asomando..
Gracias!!!!!

L.M.P. says:

La historia de mi vida. Cuánto daño nos han hecho el puto Walt Disney, Hollywood y el amor romántico. He perdido años de vida tanto sufrir tanto sufrir, qué horror y qué pérdida de tiempo. Y qué bueno cuando compartes tu vida con amor del bueno como el que describes que es el que no duele. Qué razón tienes siempre. Me encantas 🙂

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