La Pantalla de Madrid: Aquella casa en las afueras

Septiembre comienza en La Pantalla con temas recuperados por el cine actual en torno a las mujeres y la maternidad. Un brillante ejemplo de cine fantástico español. Por Grace Morales.


12 septiembre 2017

Eugenio Martín (Granada, 1925) es un director que ha trabajado todo el cine de género, el musical, la aventura, el thriller, los westerns y el fantástico. En su filmografía hay éxitos como “La vida sigue igual” (1969), donde debutó Julio Iglesias, o coproducciones muy taquilleras, como el clásico “Pánico en el Transiberiano” (1973). Ese mismo año, Martín rueda una película sorprendente, “Una vela para el diablo”, retrato de la España negra y reprimida. Además, lo hace a través de dos personajes femeninos, interpretados por Aurora Bautista y Esperanza Roy, que dan al cuento gótico una dimensión muy personal y se adelanta casi medio siglo a esto de la turismofobia o como dios quiera que lo llamen.

 

 

Las mujeres vuelven a protagonizar de forma absoluta “Aquella casa en las afueras”. Esta comienza igual que la adaptación de Hitchcock de la “Rebeca” de Daphne du Maurier, con el monólogo de la protagonista, quien vuelve a la casa que esconde un terrible secreto. A medida que se va desarrollando la trama, la supuesta historia de fantasmas deriva en thriller con psicópata empeñada en matar a la protagonista. Mejor dicho, en quitarle el bebé, puesto que el personaje principal es una recién casada en avanzado estado de gestación que se traslada a vivir con su marido a Madrid; concretamente, a un palacete en las afueras, sin más compañía que una guardería cercana y la dueña del inmueble, que vive en la tercera planta del caserón. Nada más llegar, la muchacha tiene la horrible sensación de que ya ha estado en esa casa años atrás, cuando apenas era una niña, y el sitio era entonces una clínica para practicar abortos. La sospecha de que el marido sabe lo que ella hizo, y por eso la ha recluido allí, para que “confiese” su pecado, la sume en un estado de angustia y paranoia. Esto es aprovechado por la dueña de la casa, que en realidad es la antigua enfermera de la clínica, actual paciente de un psiquiátrico, quien no desea otra cosa que el bebé de la chica, porque se supone ha desarrollado esta peligrosa esquizofrenia tras haber practicado tantas interrupciones de embarazo. O eso es lo que parece sugerir el guion en algún momento (del propio Martín y Manuel Summers, entre otros), y que muchos han interpretado como un alegato pro vida. Pero este mensaje queda bastante diluido debido sobre todo a las interpretaciones de las dos actrices.

 

 

Silvia Aguilar, scream queen del fantástico y sex symbol del cine ibérico, aquí apenas muestra su anatomía. En cambio, recrea perfectamente a la chica de provincia, insegura y recelosa de los deseos del marido, vestida con aquellos trajes a la moda de la serie “La casa de la pradera”, pero en premamá. En el otro extremo está Alida Valli, la estrella del cine mundial que trabajó en varias coproducciones en España, el pelo muy corto y su rostro lleno de fuerza, que compone un retrato conmovedor de la trastornada ex enfermera, con los tics y el vestuario, la bata y los zapatones, que recuerdan el uniforme de un psiquiátrico, o incluso un campo de concentración. Es especialmente feliz el duelo interpretativo que tiene en una escena con Carmen Maura, que aparece en un pequeño papel.

 

 

Los papeles masculinos son casi irrelevantes. El Sr. Chinarro, sí, el Sr. Don Fernando Chinarro, tiene una pequeña aparición como médico. Javier Escrivá, el galán más fino y europeo del teatro y el cine español, interpreta al comprensivo, recto, pero frío y envarado cónyuge de Aguilar (el empresario sale con un ejemplar del diario El País, como diciéndonos que es un demócrata. Aclaro que estamos en 1980), pero lo hace en pocas escenas, incluso ni se encuentra en el desenlace de la película. Otra actriz que rodea al dúo protagonista es Mara Goyanes, actriz veterana del teatro y la televisión, en uno de sus pocos trabajos para el cine.

 

 

La película se cierra, por tanto, en torno al mundo de estas mujeres. Las que cuidan a los niños en un negocio propio, la que espera uno y tiene que encargarse sola de su suerte y, por último, la rechazada doblemente en lo personal y en lo social, que reacciona con la violencia y la locura. Por eso, aunque es posible que sí se escribiera con esa intención, y el final, un poco deslucido, lo corrobora, no tiene esa moralina que se le presupone, sino que resulta un relato concreto sobre los terrores de la maternidad, un tema que desde hace unos años se viene tratando en numerosas películas del género. Es muy recomendable para hacerse una idea del ambiente y las ideas que se tenían en el año 1980, cuando las embarazadas, por ejemplo, se echaban un cigarrito, o expresaban ciertas ideas que ahora serían motivo de rasgado de vestiduras en todos los bandos del Twitter.

 

La casa aporta una dimensión verdaderamente siniestra a la trama, con su decoración destartalada y la escalera, clave en toda película de suspense. Las tomas en la buhardilla, donde Valli guarda el material clínico de las operaciones, en penumbra y cubierto de polvo, está muy logradas. Pero por si faltaba algo a la atmósfera de terror, queda por añadir a quién pertenecía ese inmueble.

 

 

Francis Franco, el nieto como más despierto de la familia del popular dictador, heredó de su abuelo la cara (la cara, espejo del alma) y el gusto por el cine, aparte de una cuantiosa fortuna en terrenos y empresas. Franco, como sabemos, era muy aficionado al séptimo arte, con las proyecciones privadas en El Pardo, y su peculiar y polémica carrera como guionista, según los estudiosos de la crítica internacional. Bien, pues Francis no se quiso quedar atrás y, después de haber sido contratado por Luis G. Berlanga como “asesor cinegético”, para enriquecer con sus propias vivencias los personajes de fascistas, vividores y terratenientes famosos que aparecen en “La escopeta nacional”, decidió alquilar para rodajes una de las casas de la finca “Valdefuentes”, en Arroyomolinos (muy cerca de Móstoles). Era un enorme latifundio que compró el Caudillo en los años cincuenta, a través de una sociedad anónima, con el muy noble propósito de criar ovejas y especular con los terrenos, posiblemente bendecidos por un obispo. Dejando todo atado y bien atado, la finca dio sus frutos: la recalificación de parte de la finca para construir viviendas, y de otra para cederla al alquiler del complejo comercial Xanadú. Más que el hecho de que Francis alquilara la casa para que se rodaran películas como esta o la siguiente del propio Eugenio Martín, “Sobrenatural”, especie de explotación de la película “El Ente”, con sesiones de espiritismo y cámaras Kirlian, y luego una docena de películas de contenido erótico o de terror, a mí, lo de la temprana afición del Generalísimo por montar sociedades y hacer chanchullos con terrenos, ha sido lo que más me ha puesto los pelos de punta, más que la locura de Alida Valli y todos los fantasmas de la ouija. Pero qué sentido de estado, qué visionario.

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