La Pantalla de Madrid: Arrebato

Se acerca la celebración de Halloween y La Pantalla trae una de vampiros para ambientar este final del mes de octubre. Pero “Arrebato” es mucho más que eso… Pasen a contemplar el asombro de La Película. Por Grace Morales.


21 octubre 2016

Iván Zulueta (1943-2009) fue diseñador gráfico, pintor y director de cine. Comenzó su carrera realizando cortos en 35 mm., inspirados en el género fantástico. Trabajó en Televisión Española como director del programa del UHF “El último grito”. Un magazine que resulta imposible de creer que hubiese sido producido en 1968, por su contenido (cultura pop, música, cine, los primeros videoclips realizados en España) y la forma (psicodelia, pop art, los fondos del estudios pintados por el propio Zulueta, que también decoraba los fotogramas…). Al año siguiente dirigió su primera película, “Un, dos, tres, al escondite inglés”, la cual fue firmada por José Luis Borau, al no estar Zulueta sindicado, y que demuestra su talento, adelantado en años a lo que era entonces la cultura española. Contó con la presencia y la banda sonora del dúo Vainica Doble y diversos grupos pop, incluidos los ingleses The End. Con mucho desparpajo y zooms de cámara unos años antes de la era Lazarov, contaba la historia de los dueños de una tienda de discos quienes, hartos de la música comercial, deciden atentar contra los participantes en el Festival de Eurovisión. Eran todos amigos de Zulueta: José Mª Iñigo, Borau, Antonio Drove, Patty Shepard…, que no cobraron una peseta por su participación. La película llegó a presentarse al Festival de Cannes. El añorado Antonio Gasset hablaba de estos comienzos en un documental para el programa “Música Ligerísima” de la 2:

 

 

En 1976, estrena “Leo es pardo”, realizado en 16 mm, un corto cuyas imágenes, rodadas como otros cortos en el apartamento de Zulueta en el Edificio España, adelantan varias ideas de lo que sería su segunda película, sobre los desdoblamientos de la personalidad y la figura literaria de “el otro”.

 

 

“Arrebato” se filma en dos semanas de 1979, entre Madrid y Segovia. Originalmente tiene una duración de dos horas y media, pero por problemas de exhibición el director la reduce a 110 minutos. Se estrena en el verano de 1980 en la Gran Vía y, salvo unos pocos entusiastas, la crítica la recibe muy mal. El público tampoco responde. Con el tiempo, sin embargo, se ha convertido en la película más respetada de la década de los ochenta –tampoco hacía falta mucho esfuerzo para eso, la verdad- y una de las más importantes del cine español. En los días de su estreno causó verdadera estupefacción. Era una apuesta muy arriesgada y aún hoy se ve con asombro. A pesar de una serie de elementos un poco desconcertantes que pueden romper el ritmo, quizá debidos a los cortes en su metraje, se trata de una película de terror, en algunos pasajes con un ambiente realmente malsano, conseguido a través de las imágenes rodadas con Super 8 y el tratamiento del color. Nada igual se había hecho antes, quizá en la Escuela de Barcelona, en ejemplos como “Fata Morgana” (Vicente Aranda, 1965).

 
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El cine es el tema principal de la película, el proceso de autodestrucción de un director de cine de serie B, quien va siendo vampirizado por la lente de la cámara, de la misma forma que lo ha hecho con su alter ego, un misterioso personaje que le manda películas, en las cuales ha dejado testimonio físico de su propia desaparición dentro de la imagen (los fotogramas, antes con la imagen, se velan y tornan rojos como la sangre). En ese trance, el paso al otro lado del espejo, el personaje es arrebatado, no solo por el cine, sino por el uso de las drogas, el medio para huir de la realidad y encerrarse en el paraíso artificial de la película. Un tercer personaje, femenino, aparece para remover el pasado, y poner de manifiesto el deseo imposible del protagonista: fijar de manera permanente lo efímero, la felicidad perdida, los recuerdos de la infancia, la posesión de los objetos (los álbumes de cromos, los discos, los juguetes, las películas…). Todo eso es “Arrebato”, pero también hay espacio para el costumbrismo y el humor en las situaciones y los diálogos, todo ello personificado en el papel de Marta Fernández Muro, gran actriz que da toda una lección en la película.

 

Las imágenes realizadas por Zulueta son impresionantes. Aún dejan una sensación muy incómoda los planos del interior del piso de Madrid, siempre a oscuras, con las ventanas cerradas y los pequeños cortos experimentales que le manda el otro personaje, que se mezclan con las visiones y sueños del protagonista, como ese viaje en taxi por la Gran Vía de noche, repasando las marquesinas de los cines y las películas que por entonces se exhibían. Todo eso está, efectivamente, perdido y fundido a negro. Como gran aficionado a la música, el director tenía pensado una lista de canciones que no se pudieron incluir al no poder hacer frente a los derechos de autor, pero la banda sonora funciona, hipnótica e inquietante, con fragmentos de cine clásico, melodías infantiles y temas a cargo del grupo donostiarra Negativo. El director fue capaz de hacer maravillas con un presupuesto muy pequeño, y escribir esta obra maestra sobre su única pasión, el cine, que irónicamente fue lo que dejó su carrera inmóvil, fija en un plano corto (aparte de las drogas). “Arrebato” es, además de una película dentro de otras películas, una imagen que termina por engullir y trascenderse a sí misma, la autobiografía de su autor, un artista lleno de obsesiones que no supo o no pudo gestionar el resto de su carrera y su vida.

 

 

 

El trabajo de los actores merece mención aparte. Nunca Eusebio Poncela y Cecilia Roth habían estado tan bien hasta ese momento. El primero, como el trasunto del propio Zulueta, interpreta al protagonista, el director de cine de terror adicto a la heroína, que se reencuentra con su novia y actriz de sus películas, (se llama, en un homenaje, muy al estilo almodovariano, Ana Turner) y realiza, entre otras, una escena muy recordada, en la cual canta disfrazada de Betty Boop. En tercer lugar, la presencia fantasmal de Will More (seudónimo a partir de Lord Wildmore, un personaje de Emilio Salgari), como el autor de los cortos experimentales, extraño personaje que se ha negado a crecer y que sufre la vampirización antes que el protagonista. Hasta que no se celebró el trigésimo aniversario de la película, había pasado mucho tiempo sin saber qué fue de este actor, personaje de vida azarosa, quien participó en varias películas en los años ochenta. Su imagen alucinada, histriónica, es la seña de identidad de “Arrebato”. El año entero que la película se estuvo emitiendo en una sesión de madrugada del cine Alphaville es historia de la ciudad. Historia libre y oculta.

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