La Pantalla de Madrid: ¡Arriba Hazaña!

La Pantalla descorre las cortinas del nuevo curso con esta película sobre educación y luchas políticas en un colegio madrileño. Por Grace Morales.


21 septiembre 2016

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Del periodo de la Transición, los años comprendidos entre la muerte del dictador militar y el nuevo estado dirigido por la monarquía parlamentaria, han quedado no pocas películas que relataron las inquietudes, miedos y problemas que ese paso implicaba. La tendencia mayoritaria dentro del mundo de la cultura fue afirmar que la Transición fue un periodo ejemplar, pues se había pasado de la dictadura a la democracia de forma pacífica (“no hubo derramamiento de sangre”) y resultó provechoso para los españoles (“oportunidades económicas y de prosperidad”). Sin embargo, en el cine, de 1975 a 1979, las opiniones estaban mucho más diversificadas. Desde la crítica frontal de directores de ideología marxista, los documentales políticos, el cine quinqui o el extrañamiento reaccionario del destape, hubo muchas propuestas. “Arriba Hazaña” fue una de las películas más destacadas. Primero, porque fue uno de los grandes éxitos de taquilla del año 78. Segundo, porque abordaba el tema de forma muy original. Y tercero, porque sus conclusiones sobre la “modélica transición” se hicieron proféticas.

 

El leonés José María Gutiérrez González, (a.k.a. José María Gutiérrez Santos, 1933-2010), fue un director de cine de obra escasa y fortuna adversa. Ayudante de dirección de otros artistas, como Wells o Berlanga, pasaría a la historia por adaptar, eso sí, a la sombra del autor de la novela, quien también firmó como co-director, la superproducción Pantalón y las visitadoras (1975). Al margen de su relación con el popular y anciano escritor peruano, Gutiérrez firmó “Arriba Hazaña” a partir de la novela debut de José María Vaz de Soto, El infierno y la brisa (1971, reeditada en 2010 por la Ed. Algaida). La novela se basaba en alguna de las experiencias del autor como alumno en un colegio de curas. Experiencias nada positivas, por el clima de opresión ideológica y los castigos físicos a los que eran sometidos los niños.

 

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“Arriba Hazaña” toma esta historia y la sitúa en el año 77. El guion establece un claro paralelismo del colegio religioso con el estado español. En el edificio, que parece La Salle de la Latina, una mole detrás de la Iglesia de la Paloma, conviven los alumnos, muchos de ellos internos, y los curas, que dirigen y toman todas las decisiones. Los “hermanos” visten largas sotanas negras y tienen mucha diferencia de edad con respecto a los alumnos, niños que oscilan entre los 10 y los 17 años, y son obligados a acatar las órdenes de los religiosos (formar marcialmente en el patio, cantar himnos ridículos, etc.) Los mayores están cada vez más descontentos con el régimen de disciplina, especialmente con la que impone el Prefecto (Fernando Fernán Gómez), un sacerdote que ha sido capellán de la Legión en la Guerra Civil y trata a los alumnos como si fuesen soldados y no duda en infligirles castigos físicos. El director (Héctor Alterio), un poco más joven, pero dentro del mismo esquema rígido e intransigente, intenta controlar a los chicos – siempre los está vigilando con unos binoculares desde su despacho- con aparentes nuevos métodos pedagógicos, pero no consigue establecer el orden. Tras una serie de incidentes absurdos, como confiscar un libro de Manuel Azaña, y prohibir al alumnado que lo lea “por rojo”; un chico es sorprendido escribiendo una carta a una chica y es castigado por ello; o romper de un balonazo los cristales de una ventana… el Prefecto obliga a los alumnos a permanecer en la clase de estudio sin dormir hasta que revelen el nombre del o los autores. Desde ese momento, comienzan los “actos delictivos” que dirige un comando anónimo. Matan al canario del que cuida el Prefecto, se amotinan en un dormitorio o lanzan una lluvia de petardos. Los alumnos declaran la rebelión y exigen una serie de demandas – no tener que ir a misa obligatoria, poder fumar, y escoger delegados de clase para discutir con los “hermanos”-. El director, aterrorizado, acepta, pero eso no impide que las gamberradas continúen, hasta que el director, de nuevo, tiene que pedir la mano dura del Prefecto. La guerra se salda con la expulsión de los cabecillas y el traslado de los directores del colegio. Como sustituto, traen al hermano Ramón (José Sacristán), un cura joven que entra como un Adolfo Suárez conciliador (fumando y con el mismo peinado) y su primera decisión es permitir la misa optativa, que puedan fumar los mayores y organizar las primeras elecciones a delegados. El final es feliz, pero hay un pequeño grupo que sigue (y seguirá) protestando, porque la principal reivindicación, la más importante, no se cumplido: no se ha readmitido a los expulsados.

 

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La película provocó las iras de los sectores más conservadores del tardofranquismo, que vieron claramente en ella un símbolo del proceso político español, además de una crítica frontal contra los métodos de la iglesia católica en sus escuelas. Los más jóvenes, sin embargo, se divirtieron con la parte de comedia y las gamberradas que escenificaban actores como Enrique San Francisco, Iñaki Miramón y Andrés Isbert, en un tipo de película totalmente inédita para el cine español, que de este género de colegios y alumnos “anarquistas” al estilo (sin llegar a la ultraviolencia) de If (1968) de Lindsay Anderson, solo habíamos tenido cursiladas como La Casa de la Troya con tunos, y poco más.

 

 

Los chicos utilizan al político republicano como símbolo de su revolución sin conocer nada de él, simplemente porque se lo han prohibido y porque el lema “¡Arriba Hazaña!” es una burla al falangista “¡Arriba España!”, y Hazaña, con “H” les recuerda a los tebeos de las “Hazañas Bélicas”. Por eso, escenas como la del canario crucificado, o la de la paloma muerta en plena misa, son más que arriesgadas para lo poco que se hacía o se podía hacer en aquellos años. Aparte del buen trabajo de los actores, y esa imagen final, en la que se reconoce tanta gente, incluso hoy, destaco la labor de Luis Eduardo Aute como autor de las canciones que los “hermanos” hacen cantar a los chicos a lo largo de la película, que son un delirio cómico de propaganda y exaltación nacional-católica. Aprovechamos para recordarle en estos momentos tan difíciles.

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