La pantalla de Madrid: Brujas made in Spain

Las brujas han vuelto al cine con el éxito de “The Witch”, sobre la pesadilla de una familia puritana y sus animales domésticos. ¿Hay brujería en el cine español? Por Grace Morales


21 junio 2016

Bruja Patty Shepard la noche de walpurgis

 

Pues no mucha, para qué nos vamos a engañar. El cine no se ha prodigado en este género y casi ninguno trasciende el estereotipo creado por la literatura en el personaje de Celestina, hechicera clásica de la ciudad. Después, las brujas se utilizaron en simples roles cómicos o grotescos para las comedias de magia del Siglo de Oro y el Renacimiento.

 

Valle-Inclán las recuperó como parte de su mundo literario (“Divinas palabras”, por ejemplo, que fue llevada al cine) y García Lorca como elemento del folclore popular.

 

De 1923 es la adaptación de la ópera cómica de Ruperto Chapi, “La bruja”, una zarzuela que tuvo mucho éxito a finales del XIX, cuando este género luchaba por ser una alternativa al teatro lírico italiano. Ambientada en la época y el lugar de los hechos de Zugarramurdi, relata un cuento de doncellas encantadas.

 

Brujas El_monte_de_las_brujas

 

El cine no habló de brujas hasta los años setenta, y lo hizo simplemente como recurso del destape y las dobles versiones para mostrar mujeres desnudas, además de un pequeño subgénero dentro del fantástico español. Del 67 es un producto, en la línea de la serie de tv “Embrujada”, titulado “Una bruja sin escoba” (J.M. Elorrieta), coproducción con USA, que protagonizaron María Perschy y Jeffrey Hunter. Lo único divertido son los decorados madrileños de cartón piedra y la aparición de la Sansona del Siglo XX. La Casa de Campo madrileña también aparece en “El juez sangriento” (a.k.a. “El proceso de las brujas” o “El trono de fuego”, 1970), otra coproducción a cuatro países, dirigida por Jesús Franco. Christopher Lee es aquí el inquisidor desatado (ayudado por el siempre inquietante Howard Vernon), quien tortura a bellas vedettes (entre ellas, inolvidables Diana Lorys y Serena Vergano) y es derrotado en un complot político basado en hechos y personajes reales. De la misma época es “Las amantes del diablo” (de nuevo, J.M. Elorrieta, 1971), escrita y protagonizada por Espartaco Santoni, como atractivo nigromante que “recluta” mujeres en la costa de Marbella para su Sabbat (cameos incluidos de Jaime de Mora y Marujita Díaz). Hasta Nadiuska tiene un papel de bruja reencarnada en “Desnuda inquietud” (Miguel Iglesias Bonns, 1976), aunque la cosa se publicitara como una oferta de desnudismo y abusos.

 

 

El gallego Amando de Ossorio, uno de los grandes especialistas del fantastique, rodó “La endemoniada” en 1975. Se lanzó como una violenta explotación de “El Exorcista”, pero en la trama se incluye una maldición de bruja zíngara, interpretada en dos partes por la estupenda Kali Hansa y la gran Tota Alba, en una caracterización tremenda. La niña protagonista, Marian Salgado, fue la encargada del doblaje al español de la película de Friedkin (la veríamos también en “Quién puede matar a un niño”) De Ossorio también es “La noche de los brujos” (1974), pastiche mondo vudú con Barbara King (sic) y Loreta Tovar, como turistas transformadas en mujeres-leopardo, o más bien screaming starlettes con bikinis estampados de leopardo, una de las más fascinantes y divertidas películas de los setenta.

 

 

“El monte de las brujas” (del experto director de fotografía, Raúl Artigot, 1972) es la primera película en la que la brujería adquiere un nivel de cierta dignidad. Una pareja (Patty Shepard, reina del fantástico, y el exótico John Caffari) se pierde en una montaña asturiana y allí los “encuentra” un peligroso culto femenino, como venganza orquestada por Mónica Randall. Es muy estereotipada y el final tiene una sorpresa, pero viene con elementos muy recomendables, como la sesión fotográfica, la música (del madrileño Fernando García Morcillo, autor de docenas de bandas sonoras del cine español), la coreografía del aquelarre y la caracterización de las actrices, más en sintonía con el género de terror que con el vodevil que rodeaba a estas producciones.

 

 

Jacinto Molina dirigió y escribió en 1976 “Inquisición”. La historia del juez implacable, siempre acompañado de un ejemplar del “Malleus Malleficarum”, llega a una aldea cercada por la peste y la emprende contra las mujeres, alentado por la delación de los lugareños (imponente Manolo Iranzo), aquí realiza un giro. La protagonista femenina (Daniela Giordano), lejos de amilanarse por haber perdido al novio en un asalto ordenado por el inquisidor (el propio Paul Naschy), decide abrazar el lado oscuro para acabar con el fanático, siguiendo los procedimientos de la bruja del pueblo (como siempre, fantástica en su papel, Tota Alba). Y el juez pasa de tener un simple interés carnal por la chica a enamorarse perdidamente y terminan los dos en la hoguera. Mientras tanto, el dentista (y cirujano) del pueblo subraya la verdadera intención de estas persecuciones y niega la existencia de poderes demoníacos. El director, cuidando todos los detalles históricos, ambientó la trama en Francia, por consejo de Julio Caro Baroja, aunque la película se filmó en el pueblo de Arganda. En uno de sus mayores éxitos, el guion de “La noche de Walpurgis” (León Klimovsky, 1971), Naschy mezclaba a su maravilloso personaje del hombre lobo Daninsky en una lucha ¿a muerte? contra una malvada bruja/vampira, la condesa Dárvula, interpretada por Patty Shepard, imponente en su caracterización.

 

brujas condesa dárvula patty shepard

 

De toda esta filmografía brujeril, “Akelarre” (1984) sigue siendo la más sobresaliente. Vista de nuevo estos días y a las pocas semanas de “The Witch”, creo que la norteamericana carece de la complejidad y la dureza que tiene esta película de Pedro Olea, como la de Eggers, de intención histórica y como conjuro de pesadillas. En los días del estreno hubo una gran polémica acerca de las intenciones del director, y aunque él negase este extremo, la lectura política sobre su relación con la situación de Euskadi es innegable. Pero más allá de coyunturas, sigue siendo un buen relato inspirado en el proceso de Zugarramurdi del s. XVII. La coexistencia pacífica de los ritos antiguos (el consejo matriarcal que se reúne en las cuevas para discutir y celebrar cada mes) con los ritos cristianos (la abadía de los frailes) en aquel territorio de Navarra, es un equilibrio que se rompe cuando el señor feudal se niega a dialogar con los campesinos. Para acallar las peticiones de mejoras económicas y sociales, el noble recurre, con la ayuda del sacerdote católico del pueblo, a un chivo expiatorio: las brujas. Con la llegada del inquisidor castellano y su carromato de torturas, la violencia estalla en el pueblo. Grandes interpretaciones y diálogos (Mari Carrillo, López Vázquez, Silvia Munt, Félix Rotaeta…), puesta en escena fría y violenta, sigue siendo válida para ejemplificar cualquier situación injusta donde se inventa un argumento peregrino para dar alas a la burricie…

 

Bruja más que bruja

 

Desde otro punto de vista se hizo “Bruja, más que bruja” (1976), de Fernando Fernán Gómez. Como sucedió con “El mundo sigue” (1963), se presenta en este verano de 2016 una copia restaurada para salas. Es un precedente de grandes éxitos como “Amanece que no es poco”, pero con unas dosis de vitriolo que no tiene el clásico ni el cine español desde hace mucho tiempo. Al igual que la obra maestra de Fernán Gómez, “El extraño viaje”, se escribió a partir de un hecho real recogido en prensa: un tipo había matado a hachazos a un pariente para quedarse con su mujer. Adujo que se lo había ordenado la bruja del pueblo. Con esta historia, el director rodó un melodrama rural esperpéntico, que incluye números de zarzuela. Sí, los personajes en determinados momentos se ponen a cantar. Por supuesto, lo hacen doblando de forma exagerada las voces de otros artistas que no les corresponden, al estilo del celuloide rancio. Pero no es una comedia, a pesar de escenas como esta, donde brilla José Lifante:

 

 

El mal ambiente en el pueblo va aumentando. Se crea un cuadro negrísimo sobre la vida española. La ignorancia, el peso de la autoridad, los tabúes sexuales… Los actores, estupendos, Fernán Gómez, Paco Algora y Enma Cohen. La bruja del pueblo, que se revela como el único personaje racional de la película (siendo duramente castigada por ello), es interpretada por una excelente Mary Santpere, desprendida de sus tics de cómica.

 

Jaime de Armiñán firmó una bella película sobre la magia y el teatro (“La hora bruja”, 1985, con Rabal, Velasco y Abril), tenemos la adaptación de Saura de “El amor brujo” (1985), con Enma Penella en el papel de la Hechicera… Hay otras producciones que tocan el tema de refilón, pero sin ahondar.

 

Urxa” (Carlos A. López Piñeiro y Alfredo García Pinal, 1989) tiene un enorme valor, no sólo en lo artístico, sino como testimonio de las costumbres de las curanderas gallegas. Construida sobre tres piezas, cada una en una época, recoge la evolución del culto a la naturaleza de las mujeres y la permanencia del conocimiento antiguo a través del tiempo, la adversidad y los cambios. Una gran película.

 

Bruja Las-amantes-del-diablo

 

Sí, hay películas españolas de género sobre vampiras, sacerdotisas del demonio, chicas diabólicas…, pero con las brujas la cosa está difícil. Los directores siempre las venden como la Bruja Avería. Pero qué voy a saber yo, si sólo soy una mujer con mi escoba…

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