La Pantalla de Madrid: Canciones para después de una guerra

Rendimos homenaje a Basilio Martín Patino, que falleció en agosto y de quien se puede admirar una exposición en el  Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa, hasta el 14 de enero del próximo año. De su filmografía hemos escogido su película más personal y atípica, una obra que por su contenido debería ser materia obligatoria en los colegios. Por Grace Morales. 


16 noviembre 2017

Basilio Martín Patino nació en Salamanca en 1930, dentro de una familia burguesa dedicada a la enseñanza. Estudió Filosofía y fundó el primer Cine Club Universitario de la ciudad, donde se organizaron las célebres “Conversaciones de Salamanca” de 1955, primer encuentro de directores, críticos de cine e intelectuales en torno al nuevo cine español. Después se vino a vivir a Madrid y comenzó su carrera en la Escuela de Cine, donde realizó varios documentales y se vio trabajando para publicidad. Su primer largometraje, sobre un guion que había escrito acerca de la vida estudiantil en provincias, quedó arrinconado un tiempo, hasta que la productora Eco Films le financió en 1966 “Nueve cartas a Berta”. Esta película, íntima y desgarrada, sobre los anhelos de una juventud presa de la situación política español, caló muy hondo en los espectadores de su tiempo, y es el símbolo del llamado “nuevo cine español”.

 

 

Como decía el propio director, el cine español, si bien ha carecido de la base del de otros países, debido a las miserias que todos conocemos, sí que ha sido capaz de realizar unas películas que han conectado de manera increíble con el público. Este ha visto reflejado sus sentimientos, su manera de pensar y sus tribulaciones de forma tan fiel, a través de los actores, las actrices y determinadas historias, que ha obtenido por ello una lealtad incondicional de su audiencia. Más que arte, que lo son, sin duda, sostenía el director, ciertas películas de la historia de este cine son auténticos documentales, radiografías de un tiempo, porque fueron capaces de traducir el sentimiento colectivo de su época, “conectando sinceramente con esos seres vivos que asumían las mismas verdades, tan relativas como todas las verdades” (1974, “El cine español en el banquillo”, Valencia, pág. 311). El director nunca distinguió entre “cine viejo” y “cine nuevo”, o la clásica dicotomía entre “cine censurado” y “cine del Régimen”, sino entre “cine libre” y “cine sometido”, no adjudicando a los censores mayor labor que la de unos funcionarios grises que servían al juego de la autocensura y limitación de los artistas. Una actitud disidente y totalmente opuesta a la de los directores de su generación, más empeñados en señalarse como “opuestos” y otros como “equidistantes”, que en hacerse narradores de historias solventes, no de creadores de guiones geniales que fuesen capaces de salvar la censura, porque para eso solo servían cuatro y los demás, como no, pues se quejaban y no hacían nada. Por eso, tras el estreno de una nueva historia íntima, “Del amor y otras soledades”, primer gran drama contemporáneo del cine español sobre los problemas de los matrimonios burgueses (1969), que supuso la vuelta al cine de Lucía Bosé y un escándalo inesperado por la propuesta, Martín Patino emprendió un proyecto con el que nadie se había atrevido. Narrar la guerra civil, pero de una forma inédita.

 

 

 

 

Canciones para después de una guerra” comienza a realizarse en 1970 y se hace al margen de la industria y de una forma totalmente artesanal y entregada. El director, en colaboración con sus habituales Julio Pérez Tabernero y José Luis García Sánchez, se entrega a un trabajo apasionado de colección de objetos de la época, con las que realizan un montaje con dos ayudantes y Alfredo Alcaín y Enrique Blanco asesorando en los trucos de color y laboratorio. Con miles y miles de metros de película encontrados en archivos, bibliotecas, fotos y discos del Rastro, colecciones de amigos y familiares… desgranan una película absolutamente insólita, si me permiten tantos adjetivos esdrújulos. El resultado es un documental que se cimenta en las canciones que la gente escuchaba y cantaba en aquellos días: los éxitos de la radio, la copla, las estrellas del pop, las vedettes, las orquestas, los himnos de la guerra, etc. Algo a lo que no está acostumbrado el cine de aquí, donde la música desgraciadamente brilla por su ausencia, cuando es la combinación que mejor entiende la imagen. Por eso, la película funciona tan bien. Aparte de la carga política y social, como documento descarnado de unos años terribles, pone a la espectadora en un estado psicológico anterior, lleno de la emotividad que sugiere la música. Es el escalofrío que te recorre en las primeras imágenes, con la entrada de las tropas nacionales en Madrid mientras suena “Cara al sol” (como curiosidad, el equipo de la película corea el himno con mucho sentimiento) o la pena asombrada cuando Celia Gámez interpreta su “Ya hemos pasado”, sobre las ruinas de la ciudad cubierta de banderas de España, mientras los falangistas solo parecen querer una cosa: cambiar los nombres de las calles, quitando las placas en paredes que apenas se tienen en pie. La identificación es increíble: con la gente de a pie, los pobres, las mujeres trabajadoras, los niños. Pasan ante nuestros ojos escenas de los bailes y las canciones ilusorias para disfrazar la miseria, las estrellas del cine y los espectáculos que triunfaban (Miguel Ligero e Imperio Argentina, Estrellita Castro, Concha Piquer y Lola Flores, la voz del añorado Miguel Molina y su “Bien pagá”, sobre unas escenas demoledoras del hambre de la posguerra), las orquestas y los cantantes pop (de Lolita Garrido a Bonet de San Pedro, pasando por Antonio Machín y la canaria Luisa Linares, con su hit de 1954, “A lo loco” acompañada de Los Galindo). Suenan por supuesto, los discursos engolados que daban en el NO-DO, deudores de la retórica falangista, que si se escuchan descontextualizados, son el conjunto de frases más descacharrantes y humorísticas que se puede una imaginar…

 

 

La película trata el mundo de los cabarets, de los anuncios de prensa y radio, la llegada de la televisión, la invasión de la cultura norteamericana, pero de aquella manera (sonando la copla “Americanos”, de Lolita Sevilla) y los primeros enfrentamientos de la juventud burguesa contra la policía, cerrándose con una foto que parece decir “Buuf, vaya marrón que me ha caído”, del joven borbón ante el cuaderno de deberes, en una doble intención sobre sus capacidades intelectuales, sospecho que para nada planeada. Los créditos finales, donde suena la cumbia “Se va el caimán”, sí es mensaje clarísimo a propósito del dictador, que entonces parecía una tortuga sin caparazón vestida de soldado, pero que había sido un cocodrilo.

 

 

La película, lejos de esta visión mía, interesada y torticera, resulta mucho más abierta y conciliadora, como un homenaje al pueblo, tal y como era el espíritu de su director. Por eso creo, insisto, que debería verla todo el mundo, igual que los otros dos documentales, “Caudillo” y “Queridísimos verdugos” (1977) que cierran su trilogía, sinceros y tan lejos de cualquier tribuna del tres al cuarto o militancia impostada de salón.

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