La Pantalla de Madrid: De cuerpo presente

La Pantalla cierra el año con una película merecedora de todos los adjetivos sinónimos de “diferente” o “extraña”. Todavía hoy sigue siendo una deliciosa rareza dentro de la obra de su inclasificable autor, que no es quien la dirige. Por Grace Morales.


12 diciembre 2017

El cineasta Antxon Eceiza (1935-2011) ayudó a la consolidación del cine vasco, tanto desde la tele como en la producción de largometrajes. En sus comienzos, fue uno de los nombres asociados al productor Elías Querejeta y a aquel movimiento de nuevos realizadores, conocido como “Nuevo Cine Español”. Su carrera como director, cortada por un exilio en Sudamérica, contiene títulos bastante difíciles de catalogar (de dramas arriesgados como “El próximo otoño”, “Último encuentro” y “Las secretas intenciones” a reflexiones políticas como “Días de humo” y “Felicidades Tovarich”), siendo este que traemos hoy en concreto el más extravagante de su corta filmografía. Las razones estriban, no solo en la visión heterodoxa del propio Eceiza, sino de quien había escrito con anterioridad el relato homónimo en que se basa la cinta, el escritor y también director, Gonzalo Suárez.

 

Si la carrera de Eceiza transcurrió por caminos poco habituales, lo de Suárez ha sido un juego continuo con la narración, bien desde el periodismo, la literatura y el cine. A mediados de los años sesenta, comenzó a rodar cortos fantastique en 16mm. y diferentes adaptaciones de sus relatos, cuya premisa era mostrar imágenes prescindiendo de un guion formal, como si fuesen viñetas de cómic, fotografías, encuadres… al estilo del cine de vanguardia del momento (Suárez se refería en aquellos años a Andy Warhol). Suyo es el “guion” de la película “Fata Morgana”, de 1965, que terminó dirigiendo Vicente Aranda en solitario, la (desconcertante) historia de ciencia ficción que marcaría el cine de la Escuela de Barcelona. Aún hoy, muchos se sorprenden de semejante producción en fecha tan temprana en el cine de este país.

 

 

No tan conocida o alabada por los estudios y la crítica es “De cuerpo presente”, la adaptación de su relato publicado en 1963 (del libro “Trece veces trece”), que produjo Elías Querejeta y dirigió Eceiza hace justo cincuenta años. La película fue filmada en Madrid y sigue siendo una de las piezas más insólitas del cine español.

 

“¡Señoras y señores, no sean ustedes unos radiactivados!”

 

 

Si en “Fata Morgana”, Barcelona aparecía desierta, poblada únicamente por unos extraños personajes que perseguían a la protagonista, incluso hasta el estadio de fútbol del Español, en el Madrid de “De cuerpo presente”, los barrios de Chamartín y Ciudad Universitaria se transforman en un decorado de cómic para una historia muy poco convencional. Una película parodia de varios géneros y crítica con el formalismo del cine norteamericano. Nelson Braine (Carlos Larrañaga) da vida a la figura clásica del falso culpable de los dramas de acción del cine negro, pero a la manera disparatada del humor europeo. Él ha sido envenenado por orden del jefe de una banda de gángsters (José María Prada) por haberse besado con su chica (Lina Canalejas), pero esta no lo ha matado, solo le ha echado un somnífero en la Coca Cola del combinado. Nelson cree que está más allá que acá (“Estoy terriblemente muerto”, dice al empezar la película) pero se despierta dentro del ataúd, y escapa de sus perseguidores, con la particularidad de que está descalzo y va vestido en pijama. A partir de aquí comienza una huida del protagonista por diferentes espacios y situaciones galantes con varios personajes femeninos, que se enredan con un cada vez más confundido Nelson, que lo único que quiere es un traje y dormir, pero las mujeres le discuten o le brindan su amor, entre diálogos absurdos y cómicos, situaciones que lo llevan a ser conocido como “El sátiro del pijama a rayas”. Vemos a actrices como María José Alfonso interpretando a una taxista, María Luisa Merlo como recién casada que recibe a Nelson cuando este aterriza en su dormitorio tras una persecución por los tejados, o María Asquerino, de esposa de marido muy celoso. La muchedumbre, alarmada por este comportamiento que difunden en la radio, le persigue como si fuese un criminal, en una burla de los mecanismos del thriller, y el protagonista se escapa siempre volando (en la escalerilla de un helicóptero, en el pulpo de una grúa…) como en las escenas clásicas de acción. Tras un cambio de registro, la película entra en el sueño de los concursos de televisión y el miedo de la guerra fría, con nuestro protagonista y su pijama participando en un extrañísimo programa que tiene como finalidad ganar un viaje a Venus (patrocinado por los refugios atómicos “El resistente” y un Agustín González transido por el espíritu del doctor Jiménez del Oso, pero en histérico). Este gag es genial, pero no más que el que viene a continuación: Nelson es conducido a, lo que él cree, son las dependencias policiales, para enfrentarse al tercer grado. En su lugar, un Alberto Closas, en el papel de dinámico directivo de publicidad le ofrece a él, como sátiro del pijama, y por tanto, hombre de mundo, protagonizar la campaña de su nuevo producto, la bebida “Ronsincola”, para decir como sus últimas palabras y por una suma considerable el eslogan de la marca, en el caso de ser detenido por la policía y muerto a tiros (como le pasaba a aquel desgraciado personaje de la tragicomedia de Wenceslao Fernández Flórez en la versión de Rafael Gil, “El hombre que se quiso matar”). El sátiro es rescatado por la prensa: Tip y Coll le hacen una entrevista de impacto e interés humano, que no tiene nada que envidiar a las que se hacen en la actualidad. Los medios cambian el destino del protagonista, que tiene volver a buscar a quienes quisieron asesinarle. Así, aparece en un guateque de melenudos con grupo pop, donde se batirá en un duelo de twist con un tipo vestido de militar de época. Los desatinos no acaban: el noir psicodélico se transforma en western, y Nelson es rescatado por un vaquero (el actor Daniel Martín, un veterano del género de aventuras y del oeste), que lo esconde en su “rancho”-chalet de la sierra, junto al embalse de Manzanares El Real, en una escena de tiroteo de mentira. Durante los últimos minutos, las peripecias del protagonista se encaminan hacia un desenlace fatal, tras ser apalizado por la policía y perseguido por los gánsteres y las mujeres del principio, en un ambiente que mezcla la tensión del género de detectives con la moda pop y la música singular compuesta por Luis de Pablo.

 

 

“De cuerpo presente” es una comedia negra, repleta de guiños a los géneros cinematográficos, que trata en forma satírica problemas graves como la identidad del sujeto en las grandes ciudades y la manipulación de la gente a través de los medios de comunicación. También revisa el cine español de la época, señalando su falta de ideas y construye gags muy divertidos e inteligentes. Son estupendas, además de la elección de decorados y puestas en escena, las apariciones de actores y actrices. El protagonista, Larrañaga, lo borda, como solía hacer siempre, y con él, todos los secundarios, desde Prada a Alfredo Landa, Canalejas, Luis de Tejada o el mismísimo Héctor Quiroga, en una breve y sorprendente aparición como policía (aunque con la voz doblada). Para dar el toque internacional y cosmopolita, la película trajo a la francesa Françoise Brion, que se pasa la historia con unas gafas pop art muy llamativas que estaban de moda aquel año. El guion sigue paso a paso el relato original de Gonzalo Suárez, aunque hay una variante en el desenlace final de la película, que está escrita por Eceiza y otro director imprescindible dentro del grupo de “heterodoxos”, Francisco Regueiro, por lo que modestamente recomendamos tanto el libro como la película. Así como también los primeros trabajos cinematográficos del director asturiano (cortos como “El horrible ser nunca visto”, y largometrajes como “Aoom” o “Ditirambo”), un tipo de cine que no se parece a nada y que nadie ha vuelto a hacer. Mucha gente pensará que menos mal, pero se echa de menos una forma de mirar como esa, arriesgada y sin ninguna clase de cortapisas o autocensura, que es la peor.

 

“Beba Ronsincola y viva mejor”.

 

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