La Pantalla de Madrid: Duerme, duerme mi amor

La Pantalla cierra su homenaje al director Francisco Regueiro con una de sus películas más conocidas, un fabuloso ejercicio de guion y equipo artístico. Si entonces ya era complicada de ver, ahora es un acto de sabotaje al cine español y, por extensión, al sistema. Por Grace Morales.


17 abril 2018

“Duerme, duerme mi amor” (1975) fue concebida por Regueiro, la guionista Esmeralda Adam y Manuel Ruiz Castillo, autor de teatro cómico y personaje clave en la escritura de “Plácido” y “El extraño viaje”. La película está rodada en las nuevas colonias de pisos alrededor de Alcorcón, en San José de Valderas, un paisaje muy similar al que elegirá Almodóvar para su “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (1984), pero en ese caso, en el barrio de la Concepción. La tragicomedia de Almodóvar tiene varios elementos en común con esta, su visión sobre las familias atrapadas en un infierno urbano, pero creo que la historia de Regueiro es más arriesgada y negra en su tesis, así como superior en su crítica a la sociedad del momento.

 

 

Una colmena de pisos, rodeada de las sempiternas obras con sus zanjas, “jaulas”, como las llaman en la película de Regueiro, es el espacio, asfixiante y deshumanizado, a donde se muda la pareja protagonista, interpretada por José Luis López Vázquez y María José Alfonso, quienes realizan dos composiciones asombrosas. Él es pusilánime y egoísta; ella, caprichosa y violenta. Se trata de una mudanza más dolorosa de lo que ya implica una contingencia de esta clase, porque el matrimonio no es que esté aburrido de la rutina, es que se odia a muerte y solo puede mantener cierto equilibrio -para no acabar en comisaria- cuando él le suministra a ella gotas para dormir (el director sugiere que el único sexo que hay se produce bajo esas condiciones, además de presentar al marido como aficionado a otros tipos de fetichismo, aprovechando la carrera de López Vázquez en la saga de “La escopeta nacional”). Regueiro adorna la mudanza y los violentos reproches con tintes surrealistas, y acompaña a la pareja de unos vecinos que son traslación de “13, Rúe del Percebe”, pero del lado más oscuro. En realidad, el mundo que rodea a López Vázquez es un catálogo de diferentes tipos femeninos, con papeles maravillosamente interpretados: la portera (Rafaela Aparicio, en un registro nunca visto antes), una violenta persona que caza ratas y cigüeñas a tiros, y que protagoniza una de las mejores escenas, en mi opinión, de la historia del cine español (cuando empieza a decir enormidades hasta que se la lleva la ambulancia). La vecina “decente” (Lina Canalejas, impecable en el mito de la novia eterna), siempre de luto por el marido que la abandonó. La otra vecina, la “descarriada”, siempre vestida de novia para casarse con un tipo que está a punto de salir de la cárcel, interpretada por Lali Soldevilla. Como Aparicio, aquí se quita el corsé de actriz tonta/cómica y revela la fabulosa artista que fue, renunciando a la voz impostada con la que solíamos escucharla en las comedias.

 

 

En esta pesadilla del nuevo piso, como no podía ser de otra manera, el personaje de López Vázquez se prenda de la viuda. Para avanzar en su relación, hace beber una dosis extra de somníferos a su mujer, lo que provoca que ella permanezca dormida toda la película, como en un estado “Blancanieves” (lo que es reforzado por esa cama cubierta de plumas de almohadón) y tras conocer al personaje de Manuel Alexandre en el pub de abajo del bloque, se decide a matarla. Alexandre interpreta a un pobre hombre que se presenta como aspirante a suicida y que espera pronto lanzarse a la trituradora del camión de la basura, para desaparecer sin dejar rastro. López Vázquez intentará hacer lo mismo con su mujer, pero fracasa, como lo hará en todos y cada uno de sus planes.

 

 

En la película, todos los personajes quieren ser otra persona y al igual que López Vázquez, no lo consiguen, además con unos desenlaces terribles. Él quiere ser un hombre soltero y joven; la mujer, una señora rica y, por supuesto, libre del marido (ella no sabe que a él le tocado la lotería y tiene una fortuna que aparece desparramada en lluvia de billetes en varias escenas). Las vecinas quieren ser amadas y vivir en circunstancias muy distintas (la escena de la boda es para enmarcarla). Incluso la suegra de López Vázquez, en una escena propia de Marco Ferreri o Buñuel, se presenta en el piso para demandar cariño y termina intentando suicidarse, con la goma del gas Butano.

 

Regueiro circula con una apisonadora sobre la sociedad española de los setenta. Sin ser tan estrafalarios como en otras películas, ni tampoco teniendo ésta el nivel de experimentación de la inclasificable “Las bodas de Blanca”, los personajes de “Duerme, duerme, mi amor” son un recuerdo doloroso, por un lado, de aquel tiempo del tardofranquismo, y por otro, de un cine apasionante que se hizo en condiciones muy difíciles, y que casi le costó la carrera a su director. Hasta los años ochenta no volvería a dirigir de nuevo. Pero si alguien pensaba que eso habría suavizado su estilo, se equivocaba: “Padre nuestro” en el 85, “Diario de invierno”, en el 88, y “Madregilda”, en el 93, lo trajeron con más fuerza y rabia que nunca. Escritas con Ángel Fernández Santos, son tres obras maestras sobre el subsuelo de eso que se conoce como lo español y todas sus pesadillas y fantasmas (la iglesia, la familia, la guerra…), un tríptico más valleinclanesco y más duro que lo que el propio Valle hubiera hecho con la España de los ochenta.

 

 

Regueiro, como otros, se ha quedado en el cajón de lo que unos califican como “malditos”, para darles alguna clase de nivel dentro de la maniobra del ninguneo de los menos talentosos, y otros, esa etiqueta condescendiente, la de director “de culto”, de los menos atrevidos. Digámoslo de una vez: los malditos son los otros. Un autor capaz de hacer esta película y escoger, como canción que la abre y la cierra, ese tema que resume perfectamente su espíritu de amour fou, y el comienzo de la debacle social en aquellos años, el “Te estoy amando locamenti”, de Las Grecas, merece otro tipo de respeto.

 

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