La Pantalla de Madrid: Los dinamiteros

La Pantalla tiene el honor de presentar esta película, a la que no se ha hecho demasiada justicia. Madrileña, pero realizada a la italiana, con los mismos esquemas que la comedia neorrealista de los grandes maestros y la participación de un trío de actores sin igual. Por Grace Morales.


15 junio 2017

Juan García Atienza (1930-2011), fue crítico, guionista y técnico en numerosos rodajes, antes de pasar al mundo de la televisión, donde trabajó como director de series y documentales. Sin embargo, su nombre ha quedado asociado para siempre con otra labor: la de recopilar y divulgar los mitos y leyendas y la tradición esotérica de España, que recorrió en incontables viajes y de los cuales que extrajo material para sus libros, especialmente las indispensables y variadas “Guías de la España Mágica” (Martínez Roca). Tampoco se acuerda casi nadie de su primera vocación, escritor de ciencia ficción en los años sesenta, con varios libros de cuentos (“La máquina de matar”, “Los viajeros de las gafas azules”, ambos en Edhasa), un destino truncado por el desinterés de los productores de RTVE en poner en marcha programas de divulgación sobre estos temas.

 

 

El cine tampoco fue propicio. Solo dirigió este largometraje, “Los dinamiteros” (1964), coproducción hispano italiana (Film Columbus y Ágata Films, la empresa de José Luis Dibildos), de las que tantas películas se hicieron en los años sesenta y setenta, sobre todo, de género (del oeste, terror, bélicas, thriller…). Esta, en concreto, es un ejemplo sobresaliente de las películas de robos pintorescos, planeados por gente pobre, que nace en “Rufufú” (la obra maestra de Mario Monicelli de 1958), como parodia del drama “Rififi” y otras famosas de atracos que salen medio regular. De hecho, en Italia se estrenó como “El último Rififí” y cuenta con alguno de los actores y técnicos de la de Monicelli. José Mª Forqué ya había estrenado en el 62 la incomparable “Atraco a las tres” (1962), pero “Los Dinamiteros”, pese a tener ser tan digna como esta, sufrió la desidia de la distribuidora y pronto cayó en el olvido.

 

Se reúne un equipo impresionante de técnicos, españoles e italianos (la música del maestro Piero Umiliani), dirigidos por Atienza, que también escribió el guion, más el fotógrafo Juan Mariné, Premio Nacional de Fotografía 2017, un grandioso experto, capaz de convertir el Madrid de los primeros sesenta en una imagen potentísima, que resalta los claroscuros de la ciudad como pocas veces se ha visto. Madrid es Roma en este cuento triste, pero no trágico ni amargo como un relato de Azcona, sino más liviano y amable, aunque no por ello exento de crítica social y observación de una sociedad que, por mucho que hayan pasado décadas, no termina de superar la desigualdad y el trato injusto a la española hacia los que no pueden defenderse. Esta vez no son los oficinistas de un banco, ni cuatro desgraciados que se juntan para dar el palo de su vida. Son tres jubilados, una abuela y dos abuelos, hartos de cobrar una miseria en la mutua, tras haber trabajado toda la vida, los que deciden atracar la oficina donde les pagan. El detonante es la muerte de otro anciano, compañero de la cola de primero de mes, que fallece en el hospital, solo y sin una peseta. En la película, los protagonistas no utilizan el sustantivo “pensionista”, sino el adjetivo “pensionado”, que tiene un matiz mucho más negativo, de destino irremediable y auténtica clase pasiva.

 

 

Cada uno de ellos desea el botín para un objetivo muy diferente. La abuela, Doña Pura, interpretada por la actriz mexicana Sara García, quiere invertirlo en su hijo y su nieta, que cree que pasan estrecheces porque la nuera no sabe administrar el dinero (la nuera, por cierto, es una joven Lola Gaos). El abuelo tarambana, Don Augusto, quiere su parte para convencer a una de las actrices con las vive en la pensión de la Glorieta de Bilbao e irse de vacaciones a Mallorca. Le da vida el actor Carlo Pisacane, uno de los cómicos más reconocibles de la comedia italiana (ya salía, de hecho, en “Rufufú” junto a Totó). Por último, el tercer abuelo, Don Benito, que vive con su hijo y su familia (en una post “Gran Familia”, con Mª José Alfonso de nuera) no tiene más ambición que encargar un entierro de primera y una tumba con toda clase de lujos, materiales nobles y figuras celestiales, donde reposar junto a su difunta esposa. El actor José Isbert, hace una de sus últimas composiciones, como todas las suyas, absolutamente genial, cuando por ejemplo le explica a Pisacane las diferencias entre las tumbas de los grandes próceres, en la escena del entierro.

 

 

La película está llena de detalles, a veces muy cómicos y burlones, otras realmente interesantes sobre la ciudad, las casas donde viven los protagonistas (ese patio de luces de la familia de Sara García o la cocina, con la pila de piedra). Sobre todo, los planos que se toman del edificio, con la siniestra (como es habitual en el cine español) oficina de la mutua, y la cámara que recorre el ascensor y las escaleras. Esa secuencia tan brillante y tan bien hecha donde los “atracadores” prueban la cantidad de explosivos para conseguir volar la caja fuerte y la broma de metaficción de los tres ancianos que van a documentarse al cine sobre atracos, y cuando la cámara enfoca la pantalla, nos muestra una escena de cine negro… protagonizada por Adolfo Marsillach, Laura Valenzuela y Jack Taylor alrededor de una mesa camilla.

 

 

El título de la película que van a ver, por cierto, es impagable: “Rapiña en Golden City (The Atrack)”. El agridulce final, no tengo claro si fue planeado por el director para evitar la más que posible censura, -tampoco entiendo cómo pasó un título como “Los dinamiteros” el juicio del censor- pero a pesar de todo, la película queda como ejemplo de un cine más que presentable, que podría haber continuado Atienza, en un camino alternativo al de la furia costumbrista de Berlanga, sin llegar a extremos ñoños o caer en el malditismo. Pero, como tantas otras cosas, eso no lo sabremos.

 

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