La Pantalla de Madrid: Me enveneno de azules

La Pantalla abre el año con una película tremendista, obra de un director fuera de etiquetas: Francisco Regueiro y la tragedia familiar, en un Madrid lleno de contrastes humanos y arquitectónicos. Por Grace Morales.


11 enero 2018

El director vallisoletano, que ha sido periodista, dibujante y escritor, es un ejemplo de hacer cine al margen de escuelas y corrientes establecidas. Su filmografía ha tratado aspectos muy poco vistos en el cine español, al centrarse en personajes conflictivos, sometidos al peso de la religión y la familia, a veces rozando lo monstruoso (por ejemplo, el asesino en serie de “Amador”, 1964), siempre con un humor francamente peculiar.

 

 

“Me enveneno de azules” fue muy mal recibida en su presentación en el Festival de Benalmádena de 1969. Cuando digo mal, me refiero a que el patio de butacas la emprendió a tomatazos con la pantalla. No sé muy bien la razón, no sería por las escenas subidas de tono, o quizá sí. Imagino que por el planteamiento experimental, tan moderno, por la falta de diálogos o… El caso es que tras el escándalo, la película no llegó a estrenarse de forma oficial. Por eso se convertiría en lo que llaman “película de culto”, ya que, en realidad, no la había visto casi nadie. En los reestrenos para televisión, los espectadores de finales de los ochenta descubriríamos una historia inusual, realizada al estilo de otras propuestas de aquellos años en el cine europeo, y con un retrato alucinante de Madrid.

 

Imagen: ozoristas.blogspot.com.es.


 

El título pertenece a un verso de Rafael Alberti (de su poemario sobre la pintura, “Me enveneno de azules Tintoretto”) y es el punto de partida de la narración sobre una historia familiar burguesa, padre y dos hijos, cuyas relaciones están, efectivamente, emponzoñadas hasta la raíz. Con la llegada del hijo pequeño a la capital, tras un par de años en París (una de sus botas viene escrita con la frase “Imaginación al poder”), sin haber asistido a la muerte de la madre, los acontecimientos se precipitan hasta el desenlace fatal, del que nos vienen avisando desde el principio. Como en una tragedia clásica, los tres hombres se odian a muerte. El padre se va a casar con la antigua novia del hijo pequeño, mientras el hermano mayor está rodando una película en la que denuncia la traición (?) de la mujer, para también poner en evidencia al pequeño, con imágenes de los dos en actitudes muy explícitas.

 

Además del planteamiento insólito, del guion firmado por Regueiro y el escritor Juan Cesarabea, lo que destaca es el reparto, encabezado por el entonces ídolo juvenil Antonio Morales, aka Junior, pero no como estrella de la canción. La música, en este caso, omnipresente (quizá demasiado), corre a cargo de piezas clásicas. A lo largo de la película no deja de sonar el segundo movimiento de la 7ª Sinfonía de Beethoven, y esto nos muestra los evidentes paralelismos, no sólo en la música, sino en el planteamiento de la historia de Regueiro con esa maravilla que es “Lola“, de Jacques Demy (1961).

 

Imagen: ozoristas.blogspot.com.es.


 

Junior está muy correcto en su papel de señorito desamparado y con crisis existencial. Le acompañan las siempre excepcionales Charo López y María Fernanda Ladrón de Guevara, la primera como la novia, la segunda como la criada, además de una breve aparición de Antonio Casas como el rudo patriarca familiar, y el trabajo siempre interesante de Mercedes Juste, actriz del cine “underground” madrileño. Del equipo técnico, como siempre, la increíble fotografía de José Luis Alcaine y la segunda dirección de Jaime Chávarri. Entre los dos son capaces de transformar Madrid en un decorado fantasmal, casi ominoso, por donde vagan los personajes. Es muy sorprendente la secuencia nocturna de la filmación de la película en el estanque del Retiro. Se nos aparece vaciado de agua, como un teatro griego.

 

 

También es espléndida la localización que hace el equipo de la empresa familiar, porque se trata de un edificio que ya no existe y que podemos contemplar en todo su esplendor, tanto por fuera, como por dentro: la magnífica “Pagoda”, de Miguel Fisac, que albergaba los laboratorios Jorba, uno de los edificios más originales de la ciudad, y que tras un disparate de especulación y litigios entre empresas, oscuros intereses y el Ayuntamiento, fue derribada sin que nadie hiciese nada, a finales de los años noventa.

 

Imagen: ozoristas.blogspot.com.es.


 

No sólo son fascinantes los exteriores (ese Supermercado Aurrerá), sino también otra constante en el cine de Regueiro: los espacios domésticos, siniestros y amenazadores, celdas de tensión que se ciernen sobre sus moradores. El piso familiar, “de la calle Velázquez”, es una mezcla de decoración castellana, elementos pop infantiles y simbología de terror, como en el Hotel Overlook, con sus alfombras, puertas y armarios. Junior contempla en una tele la llegada del hombre a la luna, retransmitida por Jesús Hermida, mientras hace un gesto muy Elvis con la pistola.

 

“Me enveneno de azules” es una película radical que propone, como toda la filmografía de Francisco Regueiro, algo diferente, no solo en la temática –la crisis de la sociedad desde las luchas de poder en la familia y los tabúes sexuales- sino en la forma de llevarla a la práctica, con las técnicas que hizo célebre a la Nouvelle Vague. No es su mejor película, pero en ella podemos disfrutar de un insólito Madrid shakespeariano, lleno de presagios y soledad.

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