La pantalla de Madrid: Navajeros, los apaches del descampado

La editorial La Felguera ha publicado “Apaches. Los Salvajes de París”, un libro sobre los delincuentes de primeros de siglo que se hicieron famosos por sus fechorías. Una más en la historia de las pandillas juveniles, símbolos románticos de libertad y tragedia. Por Grace Morales


10 febrero 2015

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Lo mismo sucedió en España en los años setenta con el fenómeno quinqui. Eran miles de adolescentes, casi niños, procedentes de los extrarradios de las grandes ciudades, más allá de las colmenas dormitorio, donde no había nada, solo chabolas e infraviviendas. Analfabetos, sin trabajo, dentro de una crisis económica gigantesca que llamaron Transición, se agrupaban en bandas para robar bancos, coches, dar tirones o atracar comercios. Fueron protagonistas de una alarma social de primera magnitud, enemigos públicos de andar por casa, se alternaban con el terrorismo de E.T.A. en las portadas de los periódicos y los telediarios. Duraron hasta mediados los años ochenta, cuando desaparecieron tan rápido como habían brillado, por los disparos de la policía, en tiroteos con bandas rivales, o por enfermedades relacionadas con el consumo de drogas, desde la sobredosis al SIDA.

 

 

Fue tan popular su existencia, que a su triste sombra nació una subcultura en forma de música y cine. Casi una veintena de películas se realizaron inspiradas en las andanzas de estos apaches de descampado. Primero en Barcelona, donde José Antonio de La Loma rodó las desventuras del delincuente “El Torete”, la durísima “Perros Callejeros” (1977). La saga tuvo tanto éxito, que el veterano director terminó por juntar en una misma película a los dos personajes: el imaginario Torete, y su reflejo en la vida real, “El Vaquilla”, en una pirueta que hizo las delicias de los espectadores del género, casi todos jóvenes de barrio que pasaban la tarde en las sesiones dobles, jaleando a sus delincuentes favoritos.

 

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En Madrid el género se hizo carne con la visión de Eloy de La Iglesia, quien dio un toque diferente a estas historias de niños perdidos en aquel cochambroso panorama. En la línea abierta por Pasolini, de La Iglesia planteaba un acercamiento íntimo hacia sus relaciones rotas con el mundo de los adultos, la autoridad y el descubrimiento del sexo, la violencia y la muerte. En “Navajeros” relata la vida de uno de los ladrones más famosos de la capital, “El Jaro”, que murió en 1978 con 16 años.

 

La película adorna la biografía e incide en la violencia de la policía, la familia y los tribunales de menores. Muestra al “Jaro” y sus compañeros de banda en el descampado, con un radiocassette y una recortada bailando, en su barrio, San Blas, justo al lado del cementerio de la Almudena, en una imagen que resume y marca sus destinos. La película tiene cierto aire de informe sobre la marginación juvenil,  pues el periodista que interpreta José Sacristán, se pasa la historia intentando tener una entrevista con El Jaro.

 

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“Navajeros”, aparte de esta especie de homilía de buen rollo, es un ejemplo de neorrealismo frisando los ochenta. Aparte de Sacristán, Quique San Francisco y las estrellas invitadas por ser una coproducción con México, Isela Vega y Verónica Castro, los chicos habían sido escogidos de la calle y hablaban, vestían y se comportaban como tal (esa escena que no supera ni ”The Warriors”, cientos de chavales que bajan de todo Madrid a la taberna para vengar al “Jaro”).

 

 

A lo largo del metraje vemos los suburbios, lugares hostiles y arrasados donde se refugian los niños delincuentes, pero también el centro de la ciudad, las imágenes de Plaza España, los edificios de la Gran Vía, donde El Jaro y su banda se encuentran más acorralados si cabe. Las persecuciones en coche delante de la Guardia Civil o ese momento casi cómico en el que se cruzan con un comando terrorista… El Jaro vive intensamente, pero muere de una forma absurda, y de la Iglesia aprovecha este final para filmar a la vez el nacimiento de su hijo, siguiendo con su intento de mensaje conciliador en una película que se ve realmente como una trampa sin salida.

 

La música ayudó mucho al éxito. Burning incluía canciones míticas de su elepé “Bulevar”, además de algunos éxitos de Rumba 3 y, en general, el sonido de verbena que acompañó a este contra-movimiento, y que, por alguna razón, no sabemos si por lo de la droga, tendencia universal, o por el componente homoerótico que le añadió de La Iglesia, hizo gracia entre la inteligentzia del momento.

 

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Los protagonistas también eran debutantes. Destacan José Luis Fernández  “El Pirri”, todavía niño, y José Luis Manzano, quien daba vida al “Jaro” y fue actor con talento. Las desdichadas biografías de ambos están esperando una película de calado aún mayor que “Navajeros”. Nunca en la historia del cine español, realidad y ficción se cruzaron de forma tan dramática.

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