La pantalla de Madrid: Se vende un tranvía

Esta película de Juan Estelrich es un delicioso testimonio de una época horrible, realizado con genio e interpretado por lo mejor de la escena de aquellos años. Por Grace Morales


16 diciembre 2014

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“Cuando se delinque para no trabajar, hay que trabajar horrores”.

 

En 1959, los jefes de programas de Televisión Española se reunieron para ver el primer episodio de una posible película que sus creadores habían titulado como “Los Pícaros”. Cuando este terminó, todos se echaron las manos a la cabeza, se mesaron los cabellos y decidieron que el largo no se haría bajo ningún concepto, y ese piloto no se emitiría nunca en España. Quizá en Rusia o en Biarritz.

 

Muchas décadas desde su producción, vemos ahora “Se vende un tranvía” y tampoco es para tanto. De 1959 es también la popular “Los Tramposos”, que aborda el mismo asunto, pero la presencia de José Luis Dibildos (guion, producción) y Pedro Lazaga (dirección), personajes fuera de toda sospecha ideológica, no hicieron recelar a la censura de las intenciones de la película. También es verdad que “Los Tramposos” cuenta la historia de unos delincuentes que malviven de la estafa, pero aquí, el rosario de timos y visitas a la cárcel termina con una reinserción de chufla: de los tres desgraciados que empiezan, dos consiguen trabajo asalariado, vivienda de protección oficial y unos improbables coches deportivos para lucir a Laurita Valenzuela y Conchita Velasco. No habían llegado “Estudio 1” ni Prado del Rey, y lo más vanguardista era la “Novela”, donde se emitían historias con guiones de don Emilio Romero…

 

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En cambio, “Se vende un tranvía” empieza y termina en la cárcel. Su director, Juan Estelrich, en colaboración con Luis García Berlanga y Rafael Azcona, los guionistas, ya eran viejos conocidos de los sacerdotes y mandos audiovisuales. El comité consideró intolerable las muestras de burla hacia la institución religiosa. En realidad, la crítica que está en el fondo de esta pequeña joya no es solo a la Iglesia, sino que la cámara realiza un barrido sobre la sociedad de posguerra y la foto sale muy poco favorecedora.

 

José Luis López Vázquez (Julián “El Toribio”) cuenta la historia que le ha llevado a ese patio de cárcel que parece extraído de una viñeta de Antoniorrobles, entre manicomio y colegio, en el que los presos juegan al hula hop (enorme falta de respeto por la institución penitenciaria que se le pasó a la censura, siempre buscando referencias sexuales o clericales). Su timo ha sido de campanillas. Ayudado de su banda, en la que sirven de gancho un grupo de actores de la casa: Antonio García Quijada como el rico propietario, Luis Ciges como el conductor, María Luisa Ponte como la superiora del convento que se lleva una propina diaria del empresario, y Antonio Ramírez como el supervisor, se propone venderle un tranvía a un pueblerino (el gran Pedro Beltrán) que ha venido a Madrid a comprar una trilladora. No solo lo consigue, sino que el primo vuelve con un paisano (inolvidable Goyo Lebrero) que quiere comprarse otro. Los ladrones, estupefactos, improvisan una segunda parte y le colocan su tranvía, que “pertenece” al padre enfermo de una piadosa y jovencísima Chus Lampreave, pero esta vez, de menor calidad. “Es que este no está hecho de material austrohúngaro, le dice el paleto a su compañero, palabra fetiche de Berlanga, aunque el pueblerino, para rizar más el gag, haya entendido “australiano”.

 

 

Los tratos se realizan en el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao (llamado “Café Oriental”) y dentro de una iglesia (la imagen de Lampreave, disfrazada de devota e intentando reventar el cepillo, y la de López Vázquez haciendo un gesto raro en lugar de santiguarse, debieron ser las que colmaron el vaso). “Se vende un tranvía” es retrato del hambre, de la busca, del mundo del estraperlo en una época en la que asomaba el desarrollismo, pero éste no llegaba a la mayoría. La historia subraya las relaciones tiránicas entre empresarios y obreros, los favoritismos de clase, y por encima de todo, la codicia. La de los paletos, a los que se les hacen los dedos huéspedes al ver los billetes que enarbolan los timadores, y la de los delincuentes, a quienes se les salen los ojos cuando Pedro Beltrán desenrolla la cinta de su cartera y saca un fajo de dinero. Las escenas son desternillantes, como la de la firma de las escrituras del tranvía, con la aparición de José María Tasso vestido con un uniforme de fantasía, que viene “a cobrar un impuesto”, pero sin especificar de qué clase, en un gesto que reconocemos dolorosamente real, y no exclusivo del mundo de estos delincuentes de tercera. Es antológica la visita al tranvía, el Número 137 (Sol-Cuatro Caminos), un coche que no llegó a realizar el recorrido por la calle Francisco Silvela donde están rodadas varias escenas (para más información, pueden visitar el fabuloso blog Historias Matritenses), o la forma de camelarse al pueblerino por parte de López Vázquez, siempre aludiendo a la figura de su ”cuñado”, interesado en comprar también el negocio. Son muy curiosas las apariciones del urinario de la Glorieta de Bilbao (ya desaparecido) o la impresionante fachada de la tienda de mármoles de la calle Concepción Jerónima (La Latina), labrada en piedra con el escudo de la ciudad, que todavía existe, aunque ahora alberga una tienda de ropa para niños.

 

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Antes de ser llevado a comisaría (con la aparición de otro imprescindible, José Orjas), “El Toribio” casi tiene tiempo de darle el timo a otro incauto, esta vez el propio Berlanga disfrazado de cateto. López Vázquez, con un puro en la boca, al estilo de su admirado Groucho Marx, está a punto de venderle un globo americano de Cáritas “para regar el campo”.

 

 

“Se vende un tranvía” es delicioso testimonio de una época horrible, realizado con genio e interpretado por lo mejor de la escena de aquellos años. Mención aparte la música, de José Pagán y Antonio Ramírez Ángel, en esa corriente de maestros levantinos como Asins Arbó, con sus sonidos absurdos y como de dibujos animados para envolver la farsa. Su mensaje sobre la miseria en la que nos afanamos, vendiendo humo los delincuentes y los políticos, funcionando con enchufes y cuñadismos… no ha mermado ni un ápice.

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