La pantalla de Madrid: Tenemos dieciocho años

El debut como director de Jesús Franco reveló a un artista incomparable, adelantado a su tiempo, por encima de los rígidos esquemas del cine español y las normas de la comedia, en esta película extraña y divertida. Por Grace Morales


24 noviembre 2015

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“Tenemos 18 años” es el primer film de ficción dirigido y escrito por el madrileño Jesús Franco, AKA Jess Frank (1930- 2013), personaje de fama internacional con una larga e indomable carrera, dedicada a la fantasía en fiero combate contra la realidad en cualquiera de sus aspectos. Creador independiente y profundamente vitalista, nunca se sometió a las condiciones del cine institucional e hizo lo que quiso con el escaso apoyo de productoras, críticos y la mayoría de los cineastas y público de su generación. Sólo los seguidores del fantastique de todo el mundo se rindieron a su imaginación, falta de prejuicios y al gusto por todo lo que disgustaba profundamente al resto: los mitos de la cultura popular, el sexo y el terror. Muchos años trabajando como ayudante de dirección, montaje, compositor de bandas sonoras (Franco era músico de jazz) y actor (memorable su papel en “El extraño viaje” de Fernando Fernán Gómez, 1964), fue financiado por Luis G. Berlanga a través de la productora Auster, una empresa a medias con Fernando Vizcaíno Casas, sí, el periodista, abogado y novelista del Régimen.

 

Esta primera película es una parodia inteligente de la comedia española del momento, siempre con guiones blancos de estudiantes a los que les gusta la música pop, cuyos únicos problemas son de tipo sentimental y tienen leves enfrentamientos con la autoridad de los padres, sin entrar jamás en la situación social ni muchísimo menos, política. Franco, que llevaba años trabajando como ayudante de directores como Bardem o Berlanga, escribió esta historia sorprendente, relatada en varios episodios dentro de otros episodios que resultan ser todos inventados. Menos uno. Metaficción en 1959, mucho más audaz que la comedia de hoy. Las dos protagonistas, Licia Calderón (Mª José) y Terele Pávez (Pili, con un peinado fantástico), son dos primas de buena familia que estudian su primer curso de Filosofía en la Complutense de Madrid, cuyo edificio aparece en medio de un descampado (las aulas, sin embargo, están exactamente igual que ahora). Para pasar sus vacaciones de navidad, son engañadas por un primo crápula, que siempre está dando sablazos y aparecerá disfrazado de diversos personajes a lo largo de la película. Lo interpreta el siempre excesivo Antonio Ozores, que vende a las chicas un destartalado Ford T a manivela con el que se van de viaje a Andalucía. Y allí suceden varias aventuras: les roban el coche, tienen un encuentro con un gánster vestido como Tony Leblanc en “Sabían demasiado” que es abatido por la guardia civil y viven un episodio de terror en un castillo durante la Nochevieja, en un fragmento que es puro Jess Franco, muchas similitudes con su inmortal Doctor Orloff y que encierra otro relato dentro de la historia de miedo.

 

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Las peripecias de las chicas son inventadas: ambas las han escrito como si fuesen cuentos para darle un aliciente a esos días de vacaciones que han sido, como el resto de su vida diaria, tedioso y poco atractivo. La realidad es aburrida y carece de expectativas para ellas, que van a clase y solo escuchan farfullar al profesor en un lenguaje inventado. Tienen dos novios insoportables, uno es un existencialista de tebeo (Pablo Sanz, desternillante cuando le grita a Terele, “¡Tú eres la persona que menos asco me da!”), y el de Licia Calderón (Javier García) es un español de orden que ha detectado en la chica un cambio tras el viaje. En la parte final de la película, tras el ritmo de comedia, los diálogos divertidos, más propios de Tono que de Lazaga y el cuento de terror (con toques de chufla), viene una parte dramática, el episodio que las protagonistas vivieron realmente cuando volvían a Madrid. Pili confiesa el encuentro, en un Parque de Doñana fotografiado en tonos lúgubres, con un atracador que se ha fugado de la cárcel y que busca la frontera para huir de España. Es el gánster del episodio de ficción que las chicas habían escrito, pero aquí la realidad se abre paso de forma mucho más siniestra. El hombre perseguido cuenta en un breve monólogo, que tiene más verdad que muchas películas supuestamente comprometidas, su vida truncada por la guerra civil, siempre huyendo de la miseria y de un sistema terrible. Luis Peña, uno de los grandes actores del cine español (“Surcos”, “Calle Mayor”, “Amanecer en puerta oscura”), interpreta a este pobre hombre, que después de agradecer a las chicas su ayuda, emprende el camino, se interna en un maizal, y allí escucharemos su muerte, en una escena conmovedora.

 

El final de “Tenemos 18 años” es, a pesar de su mensaje sentimental, aún más negro que el episodio con Luis Peña. El novio de Licia Calderón, tras escuchar la historia del hombre muerto y haber leído los cuentos, decide que todo eso no son más que fantasías, que ha llegado la hora de madurar –ya tienen casi 19 años– y que pronto se casarán, se comprarán un piso y vivirán una vida real. La pareja lanza los papeles al aire.

 

Esos papeles son el material con el que Jesús Franco fabricó su cine. Historias de monstruos, espías internacionales, asesinos en serie, brujos y hechiceras, crímenes rituales, mujeres poderosas, estampas pop… Todo lo que la Institucionalidad desechara, lo que el cine despreciaba –Don Jesús se reía de las películas de “palento lento”, que filmaban sus coetáneos- , eso está en “Tenemos 18 años”, la defensa de la imaginación como única resistencia, campo de batalla contra los esquemas sociales y mentales aceptados por la mayoría.

 

La película no fue censurada. Peor, fue despreciada. No contiene escenas escabrosas ni declaraciones que pudiesen ofender al sensible padre censor, que nunca pillaba las sutilezas, pero lo extraño de su estructura, la desinhibición en la narración y la mezcla de géneros hizo que la sellaran con la clasificación 2B, es decir, limitada su exhibición a poquísimos cines, lo que provocó un rotundo fracaso. Jesús Franco decidió que nunca más volvería a internarse en terrenos convencionales, ni siquiera para hacer parodia. El compromiso artístico de Jesús Franco era radical, a contracorriente, estaba muy por encima del de aquellos que años después lo redescubrieron y malentendieron sus películas como Serie B para hacer reír. Es lo que tiene el pensamiento pequeño burgués y sus complejos.

 

* (Nota: las imágenes que acompañan al texto pertenecen al blog https://franconomicon.wordpress.com/, un trabajo amoroso y exhaustivo sobre la obra de Jesús Franco que Álex Mendíbil, escritor, guionista y director de cine, lleva manteniendo desde hace años).

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