La Pantalla de Madrid: una de fieras, una de miedo y ahora, ¡una de ladrones!

La Pantalla recupera a uno de los pioneros del cine español, Eduardo García Maroto, y su divertida y adelantada en el tiempo trilogía de cortos sobre los géneros audiovisuales. Nuestro homenaje a una figura injustamente olvidada. Por Grace Morales.


23 agosto 2017

Por suerte, en 2016 comenzó la reivindicación del director con diversas exposiciones y un libro biográfico, Eduardo García Maroto. “Vida y obra de un cineasta español” (Instituto de Estudios Giennenses, 2015), escrito por el especialista Miguel Olid. Mucho antes, el propio don Eduardo nos dejó una biografía de su azarosa trayectoria, “Aventuras y desventuras del cine español” (Plaza & Janés, 1988), que viene presentada con un prólogo de Luis G. Berlanga. El maestro reconoce que su deseo de dedicarse al cine le vino tras disfrutar con el trabajo de García Maroto; concretamente, tras ver estos cortos humorísticos que tanto éxito tuvieron en los años treinta.

 

 

García Maroto dedicó su vida al cine y trabajó en casi todos los ámbitos de la profesión. Fue técnico de laboratorio en Madrid Films, operador de cámara, uno de los mejores montadores de su generación, guionista, letrista de canciones y hasta actor en diversas películas mudas. A comienzos de la década de los treinta aprendió los trucos del cine sonoro y comenzó su carrera como director, en documentales para los recién estrenados Estudios Cea y como ayudante de Luis Marquina en “Don Quintín el amargao” (1935, producida por Buñuel, que también actuó como co-director). El sainete sería también su seña de identidad. En 1934 terminó la primera de sus parodias del cine de Hollywood, “Una de fieras”, un corto, como los dos siguientes, escrito a medias con Miguel Mihura, en el que se ríen de los tópicos del cine desde una perspectiva muy similar a la de Jardiel y sus “Celuloides rancios”, y que tanta rabia le causó al genial escritor. El narrador no es otro que el propio Mihura: él lee un texto desternillante sobre la sucesión de imágenes cómicas, algunas extraídas de otras películas, otras rodadas ex profeso, que muchas veces rozan lo absurdo y parecen extrañamente actuales, pero en un discurso incorrecto y sin autocensuras. En este el tema son las películas de aventuras ambientadas en África, muy parecidas también a las producciones americanas del dúo Woolsey y Wheeler (“So This Is Africa”). Con un plano de la calle Alcalá comienza el primer corto, donde se muestran, en broma, pero totalmente en serio, las tribulaciones para filmar una película en Madrid: la necesidad de dinero y después, el ingenio de contar una historia. Mucho mejor localizarla en un lugar exótico, es más barato y más sencillo ir a rodar al África central que reclutar a los actores en la piscina y llevárselos a rodar al Retiro… Las escenas de la “selva”, con los figurantes pintados de negros, como si fuese un minstrel del “TBO”, son increíbles, especialmente el número musical en el poblado de los caníbales camalungas. La cupletista Gloria de Granada, ataviada con un traje de paja y el pelo como la novia de Frankenstein, interpreta la canción “Agripina” (Agripina, Agripina, es una salvaje fina. / Agripina, Agripina, de la selva dueña es, / que a las fieras y a los hombres / los domina con su amor…).

 

 

Al año siguiente García Maroto estrena “Una de miedo”, seguida de “Y ahora… ¡Una de ladrones!”. La primera es una parodia de las películas de terror que llegaban desde productoras como la Universal y, de paso, del nulo interés o vamos decir escasa capacidad de los artistas patrios por un cine fuera del realismo, el dramón histórico y la españolada. A García Maroto le interesaba hacer “cine bufo”, en sus propias palabras, con gags descontrolados y sin pretensiones de comedia fina, que era la moda.

 

 

“Una de miedo” es un buen ejemplo de este humor, común a la llamada “Otra Generación del 27”. Luis Marquina es aquí el ayudante de sonido en la filmación dentro de los estudios Cea de Ciudad Lineal. La típica historia del grupo que tiene que pasar la noche en un caserón siniestro se transforma en una loca parodia con diálogos impostados en spanglish, apelaciones al espectador y giros que da el narrador conforme va leyendo la trama. Como si fuese una precuela de “Abbott y Costello contra los fantasmas”, pero mucho más fina e inteligente, los protagonistas sufren los “tormentos” de la secta de “Los Carniceritos de Honolulú”, liderada por el propio Boris Karloff español (es Erasmo Pascual, el grandísimo actor secundario) que se limita a tocar el piano e interpretar una copla delirante (Yo salgo de mi tumba todos los días/ y en secreto me subo a los testigos de los tranvías/ y a las gachís que van de pie les digo/ dándoles con un hueso en un muslo/ ¡“Vaya mujer chipén”!).

 

 

El tercer corto parodia el género negro y tiene los mismos protagonistas, encabezados por Don Erasmo Pascual, aunque se nota que para este había un poco más de presupuesto, porque cuenta con más actores y decorados. Las figuras del Museo Histórico Criminológico cobran vida y deciden salir de sus marcos para presentarse en el rodaje de una película española sobre policías y ladrones que se va a organizar en la taberna “El Gato Negro”, y que su director ha asegurado que va a ser buena, pero de las de verdad, no como las otras españolas de crímenes e investigación. Como no podía ser menos, hay otro número musical, una canción hawaiana a cargo de la actriz Sahara Damaris, que canta “Yo soy la vampiresa del Barrio Chino, y a mí me importa todo un pepino…”, mientras actores y delincuentes son obligados a levantar las manos ante las armas y así improvisan un baile estilo oriental, antes de la balacera con la que termina el corto.

 


 

García Maroto fue contratado por Cifesa para dirigir un par de películas, aprovechando el enorme éxito que tuvieron estos cortometrajes. Filmó la comedia “La hija del penal”, otra gamberrada surrealista con guion de Mihura que tuvo gran repercusión en su estreno, a principios del año 1936. No la busquen: se perdió en un incendio, junto con gran parte de los trabajos del director. La guerra civil fue, como para casi todas las personas, un desastre para García Maroto. No encontró trabajo más que como documentalista esporádico del Régimen (participó en el montaje de “Raza”, el imaginativo biopic escrito por Franco y dirigido por José Luis Sáenz de Heredia en el año 1941) y hasta el 39 no firmó su siguiente película, de forma muy precaria, “Los cuatro Robinsones”, que tiene un planteamiento muy original (inspirado en una obra de Muñoz Seca), pero ya no es lo mismo, sometido como estaba a la presión de la censura. Se vio obligado a filmar españoladas como “Canelita en rama” (1945) y a medio exiliarse en Portugal. Después de algún que otro incidente, decidió cambiar el rumbo de su carrera (digamos que el general Millán Astray no compartía su sentido del humor y cuando García Maroto estaba rodando la comedia sobre los legionarios “Truhanes de honor”, lo mandó llamar a su despacho para discutir algunos términos, empezando por el título. Quien dice discutir, dice poner encima de la mesa la pistola).

 

 

A comienzos de los años cincuenta, España se convirtió en un plató de cine que utilizaban las empresas norteamericanas para rodar algunas de sus superproducciones con presupuesto muy barato, antes incluso de que Samuel Bronston comprara los estudios Chamartín. Él era uno de los mejores profesionales, en una época llena de “mejores” y enseguida encontró un lugar como ayudante de dirección en estas películas. Trabajó con Robert Rossen, Kubrick, King Vidor, John Sturgess, Stanley Kramer… Su última película, “Tres eran tres”, de 1955, fue una ampliación de aquellos cortos de los años treinta, que también se ha perdido. Después de trabajar con los directores norteamericanos, decidió dejar la profesión, muy decepcionado por el olvido y el maltrato de todos, los que le consideraban una figura del franquismo, cuando nunca lo fue, y los que jamás le reconocieron su trabajo por querer dedicarse al humor, simple y llanamente. Su obra, la que todavía se conserva, es un momento de una época y unos artistas irrepetibles, íntegros, inteligentes y audaces a la hora de utilizar el cine como profesión modesta pero digna, un vehículo con cuyas ideas se podían triturar las convenciones sociales e ideológicas por medio de un buen chiste o gag visual.

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