La pantalla de Madriz: El guardián del Paraíso

El sereno, vigilante de los sueños de Madrid, en una película de los cincuenta, la época dorada del cine español. Por Grace Morales. 


04 diciembre 2013

 

 

El cine de los años cincuenta es una de las etapas más brillantes en el cine español. No se sabe si porque la falta de medios y la labor de persecución de la censura avivaron si cabe más aún el ingenio de quienes participaban en la escritura de los guiones y la producción, además de contar con un grupo irrepetible de cómicos y regidores, o fue una coincidencia en el tiempo y espacio con el resto de Europa.

 

Un personaje imprescindible en el desarrollo cultural español del siglo XX, el director de cine y televisión Arturo Ruiz Castillo (hijo del editor de Biblioteca Nueva, José Ruiz Castillo), quien fue fundador del grupo teatral La Barraca junto a García-Lorca, impulsor de las bibliotecas ambulantes de la II República y de La Feria del Libro de Madrid, firmó en 1955 una película no muy conocida pero recomendable, sobre las aventuras de un sereno en los aledaños de la Plaza Mayor: “El guardián del paraíso”.

 

Hay infinidad de pelis en nuestra historia acerca de la vida y milagros de los gremios, entre la propaganda artificiosa del régimen político-religioso y los mensajes del sindicalismo vertical: historias sobre la abnegación y el espíritu de sacrificio de militares, sacerdotes, médicos, policías, azafatas, toreros, oficinistas, secretarias, empleadas del hogar… Hasta prostitutas y ladrones, enfocados desde la comedia, (a veces, incluso con una visión crítica) tienen sus películas.

 

He escogido El Guardián por varias razones. Primero, porque es un retrato detallado, costumbrista, del Madrid nocturno de los Austrias en los años cincuenta, pero la espléndida fotografía en blanco y negro, la iluminación y los decorados (recreaciones expresionistas de interiores y atracciones populares, obra del especialista Ruiz Castillo) lo sumergen en un mundo fantasmal de verbenas, cafés y tascas. Los locales son reales, reconocibles, pero siguiendo el ambiente de la historia, el Madrid castizo de taxistas, vendedores de lotería, serenos, modistillas y bohemios torna en un cuadro romántico, casi rozando lo surreal, pero no cayendo en lo tenebroso, siempre amable.

 

Segundo, porque a pesar de que las tres historias que conforman la película se mueven dentro de lo sentimental, abusando en ocasiones de recursos sensibleros, muchos diálogos llevan un doble sentido social muy divertido – todo lo referente a la condición del trabajo de sereno, de tener que vivir de noche, de las condiciones del desempleo y la pobreza en general – y sobre todo, el (duro) mensaje del final. El protagonista, el sereno, tiene como máxima aspiración en la vida ser trabajador en una fábrica, para poder vivir de día, ser un obrero como todo el mundo. Después de una serie de peripecias conseguirá este destino, pero en condiciones burlonas: se convertirá en el vigilante nocturno de una de las fábricas cercanas a la calle del Gasómetro.

 

 

Tercero, porque el reparto es espectacular. Cuenta con una representación de lo mejorcito de la escena de su tiempo. El sereno emigrado de Asturias que está harto de trabajar de noche, aunque lleva su chuzo con la dignidad de una autoridad del Ayuntamiento es Fernando Fernán Gómez, arropado por un círculo de amigos que pasa el tiempo bebiendo vino en grandes cantidades y discutiendo sobre toros, a veces llegando a las manos: José Isbert, el taxista borrachín; Antonio Riquelme, impecable en su papel de carnicero ilustrado, al que llaman El Solomillo (“¡Cultura, cultura y reposo!”. También hace una breve aparición la magnífica Matilde Muñoz Sampedro, como esposa de Riquelme), y un jovencísimo Antonio Ozores, dando vida a un chulapo crápula. La chica es Elvira Quintillá, siempre perfecta, y quien fuese su marido, el maestro José María Rodero, protagoniza el primer episodio de la peli, dando vida a un poeta alcohólico.

 

En el segundo episodio, el más ñoño, brilla como siempre Enma Penella, pero doblada por otra actriz: no escuchamos su voz porque durante un tiempo no se consideró conveniente para el gran público ese tono grave tan personal. Le da la réplica un secundario habitual, el gran Félix Dafauce, en una escena rodada en un club nocturno y que tiene como tema de fondo el estraperlo de las medicinas (No es leyenda urbana que Perico Chicote tuviera la exclusiva del mercado de la penicilina durante la posguerra: la vendía en su bar museo de Gran Vía a precio estratosférico).

 

La historia final incorpora elementos de cine negro – el atraco a la fábrica- , las imágenes de la verbena, y a destacar la presencia del enorme Rafael Bardem en su duelo dialéctico con Fernán Gómez.

 

En “El Guardián del paraíso” nos encontramos con un Madrid perdido, en el que se cruzan coches de lujo con carros tirados por burros, perros abandonados y jorobados que venden lotería falsificada, calles sin empedrar y un ambiente que no nos lleva a los cincuenta: perfectamente podría ser el siglo XIX o incluso antes. Salvo la escena en el hotel de lujo, escogido como contrapunto, la miseria que trasmite la plaza Mayor, los bares bajo los soportales, el arco de Cuchilleros, conecta directamente con un mundo similar al de estos comienzos del XXI, salvo la ausencia de Internet y los turistas, de tan oscuro por los cortes de luz y los sin techo durmiendo entre cartones. Y por supuesto, sin serenos de cuento que vigilen los sueños de la ciudad.

 

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Comentarios:

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David Bizarro says:

Estupenda película. Junto con “El último caballo” de Neville, posiblemente mi castizo outsider favorito, forma un díptico ideal para paliar la avalancha de hipsterismo que nos asola. A reivindicar desde ya mismo.

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