La pantalla de Madriz: La vida en un hilo

Inauguramos las sesiones de 2019 con el cineasta que más y mejor ha retratado Madrid, Edgar Neville, y su actriz fetiche, Conchita Montes, sobre quien se ha publicado una espléndida biografía. Por Grace Morales.


12 febrero 2019

 

La editorial Bala Perdida editó, en noviembre de 2018, Conchita Montes, una mujer ante el espejo, estudio biográfico de quien fue una de las actrices más importantes del teatro español entre 1940 y 1975, además de decisivo personaje en la cultura y el espectáculo de la Generación del 27. Sus autores, Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo, detallan aspectos de su vida como actriz en televisión, cine y teatro, además de otras facetas menos conocidas como empresaria teatral, escritora, periodista y autora del pasatiempo más endiablado de la prensa española, el damero maldito. Por supuesto, enumeran sus relaciones con los personajes de la cultura, la política y la sociedad de su tiempo, y la vida junto a Edgar Neville, de quien fue pareja sentimental durante prácticamente toda su vida. El director ya estaba casado, lo que la puso en una situación muy delicada, dadas las circunstancias socio-políticas.

 

Fue Conchita Montes un personaje muy especial en todos los sentidos; su obra y trayectoria vital, atípica dentro de la España de su tiempo. Empezando por el físico, alejado de los estereotipos corporales que demandaba la dictadura, la convirtió en símbolo de la mujer sofisticada y mundana que era en realidad (dominaba varios idiomas y tenía una vasta cultura). Al mismo tiempo, Montes era una chica bien madrileña que supo explotar a la perfección los tics del casticismo que Edgar Neville elevó a obra de arte en su trabajo conjunto. Pocas actrices españolas han sabido moverse y pronunciar de forma tan precisa, por un lado, y tan original y graciosa, por otro. El método Montes era bien peculiar, hundía sus raíces en el teatro cómico español, al tiempo que bebía de la alta comedia teatral de Broadway y el cine de Hollywood. Dentro del grupo de escritores, artistas gráficos y directores de cine que conformaron la conocida como Otra Generación del 27, ella fue casi la única mujer que fue considerada “como uno más” en las reuniones y proyectos de un grupo tan genial como misógino. Lo mismo sucedía en el plano social: vivía en pecado con Neville, pero su don de gentes la hizo agradable en círculos mucho más intransigentes de la esfera socio-político. Mucho se ha hablado del compromiso de Neville y Montes con la dictadura franquista (y por extensión, con regímenes como el fascista italiano): en el libro queda patente el pensamiento, caótico y contradictorio, de la pareja, así como los problemas derivados de su falta de definición, que los mantuvo bajo sospecha durante el Régimen y después, cuando llegó la democracia, con el ridículo sambenito de ser afines a su ideología. Cuando ni una cosa ni la otra. Ambos, tanto el aristócrata Neville como la sofisticada Montes, eran, como fueron Mihura, Tono, López Rubio y Luis Escobar, libre- pensadores, bon vivants que detestaban cualquier tipo de encasillamiento ideológico, lo que les acarreó numerosos encontronazos con las autoridades.

 

Aguilar y Cabrerizo repasan, con detalle y algunos datos inéditos hasta la fecha, las vicisitudes de Montes y Neville durante la guerra civil, la carrera de Conchita como escritora en publicaciones como Vértice y La Codorniz, su trabajo como estrella en coproducciones italianas y alemanas y su triunfal carrera en el teatro, con su propia compañía, y como adaptadora al castellano de comedias francesas y anglosajonas, estrenos aparte en Londres y París. Son especialmente brillantes en este libro los capítulos dedicados a sus últimos tiempos, los veinticinco años que sobrevivió a Neville y cómo el tiempo borró las huellas que quien había sido la actriz más representativa de la alta comedia española, y el espejo de una sociedad cosmopolita, culta y muy compleja, que no volverá jamás.

 

De todas las películas que Montes rodó con Neville (las que se han salvado; por desgracia, no existen copias de Cuento de hadas (1951) ni de El cerco del diablo, de 1952), la más conocida es la adaptación del libreto teatral El baile, pero prefiero recordar a Conchita Montes en un papel escrito por Neville especialmente para ella, como es el de La vida en un hilo. La película se llevaría al teatro años después, con la propia Montes de protagonista, y es un concentrado de la inspiración y las ideas recurrentes de Neville, muy parecidas en esta obra a las de Miguel Mihura: la fantasía enfrentada a la realidad, el deseo permanente de romper con lo establecido, su oposición al pensamiento pacato, y el reflejo de su propia vida y la de Montes a través de las peripecias de la protagonista. Mercedes (Montes), se acaba de quedar viuda y se va a instalar en Madrid desde su anterior domicilio en una ciudad provinciana. En el tren conocerá a una simpática vidente, doña Tomasita, que tiene el don, no de predecir el futuro, sino de descifrar el pasado: así, le mostrará cómo el desarrollo de la vida y el cumplimiento del destino dependen de decisiones totalmente nimias y azarosas, por ejemplo, tomar o no un taxi.

 

Vemos a Mercedes por primera vez en el andén, despidiéndose de sus parientes políticos: un señor y dos señoras de aspecto tenebroso que insisten en que se lleve con ella los muebles; al menos, un reloj de mesa que era el favorito de su difunto. Por la cara de Montes, comprendemos la impaciencia por librarse de esta familia y del dichoso reloj. Por el contrario, Julia Lajos, la actriz que da vida a la vidente, se manifiesta con un llamativo abrigo de leopardo y un incidente con los patos amaestrados que lleva metidos en una sombrerera.

 

El contrapunto entre ambas actrices, la cómica Lajos, una espléndida actriz de físico opuesto al de Montes, es la viga maestra de esta película: ambas repetirían dúo interpretativo en Domingo de carnaval, ese mismo año de 1945. Entre las dos se establece una química envidiable, y lo primero que hacen es tirar el espantoso reloj por la ventana del vagón. A partir de aquí, la película transcurre entre flashbacks de la vida de Montes con su difunto, el formalísimo y aburrido Ramón (interpretado por otro actor fetiche de Neville, el gran Guillermo Marín) y el mundo encorsetado de la casa familiar, las tías y un ambiente muy semejante al de la familia de Ninette y un señor de Murcia, la comedia de Mihura, y de Don Clorato de Potasa, la novela del propio Neville. La vidente le ofrecerá también visiones de un pasado que no existió, pero podía haber sucedido, si en lugar de haberse casado con Ramón, lo hubiese hecho con Miguel, el simpático y anárquico escultor, a quien da vida el galán de los años cuarenta, Rafael Durán.

 

 

 

Por esta sinopsis, la película aparenta ser una simplona comedia sentimental. Nada que ver con la realidad. La vida en un hilo es un fantástico y ácido retrato de las costumbres de una época acartonada y falta de vida, como fueron los cuarenta en España, y por otro, tiene un espectacular guion y puesta en escena, donde la realidad se desdobla, según la opción elegida por la protagonista, de tener como pareja a uno u otro hombre. Hay situaciones idénticas, pero modificadas por la situación de los personajes, en una forma muy original y nada ingenua de enfocar las relaciones hombre-mujer, bien atendiendo a las convenciones, la necesidad de estabilidad económica (ese marido cuyo único tema de conversación son los puentes que construye), o bien una pareja basada en intereses sentimentales y sexuales, por encima del orden y lo respetable (ese escultor que vive a salto de mata, que tampoco, en determinado momento de la película, es la panacea que la protagonista creía, y que hace reflexionar si no hubiese sido mejor haber continuado sola, pero el texto y la película son de Edgar Neville, y por supuesto, este no contemplaba semejante posibilidad). Pese a que Montes era una mujer sobradamente preparada, Neville retrata a este personaje como una chica de clase media, que a lo único a lo que aspira es a casarse y tener una posición gracias al matrimonio.

 

Unos diálogos formidables, unos personajes estrafalarios que solo podía crear Neville y un ambiente, esta vez no costumbrista, sino casi fantástico, suspendido en el tiempo, donde destaca la música y la presencia de la orquesta del violinista Kurt Dogan (sí, el padre del famoso Nacho Dogan) son los elementos de una de las películas más especiales de su director y de la historia de este cine.

 

Bibliografía:
Aguilar y Cabrerizo: Conchita Montes. Una mujer ante el espejo. Bala Perdida, 2018
Edgar Neville: Don Clorato de Potasa. Temas de Hoy, 1998.
Edgar Neville: Teatro 2. Biblioteca Nueva, 1963.

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