Las fronteras de Diana Coca

Diana Coca aborda los conceptos de cuerpo, identidad y frontera en “Where is Diana?”, una exposición que se puede visitar en Tabacalera hasta el 3 de septiembre,  y que materializa los obstáculos a los que la artista tuvo que hacer frente como artista, mujer y migrante. Por Nerea Ubieto.


27 julio 2017

“Where is Diana?” en la sala de La Fragua de Tabacalera muestra una Diana Coca escurridiza e intrépida que nos invita a seguirla por diferentes escenarios cargados de riesgo y contradicción. Diana repta, huye, se esconde, se camufla, avanza sin miedo, se enfrenta a los obstáculos y traza un recorrido temerario que no entiende de fronteras ni restricciones. Artista, mujer y heroína, en ningún momento escatima ni un ápice de atrevimiento para evidenciar los peligros que coartan la libertad del individuo. Siempre, eso sí, sin olvidar el humor.

 

El proyecto surge en China donde la artista vivió cuatro años; durante los dos primeros había cierta apertura política e intelectual y creativa, sin embargo, con la transición de gobierno al presidente Xi Jinping en el 2012 comienzan los cambios y las limitaciones: “Se empezaron a recortar visados, podía estar menos tiempo en el país y me ponían problemas para volver. Exactamente lo mismo que cuentan los mexicanos en la era Trump, es lo que me pasó a mi: te da miedo salir a la calle porque pueden hacer una redada y no sabes si vas a volver a casa“.

 

Pekín.


 

Se produce una situación atípica en la que los europeos, acostumbrados al privilegio de tener un visado que les abre todas las puertas, comienzan a ser perseguidos por el régimen, especialmente los creativos y los performers por ser considerados peligrosos a nivel de de mentalidad y potenciales generadores de revolución. La artista vivía en Caochangdi, un barrio de artistas, en frente de Ai Weiwei. “Todos los días la policía pasaba por allí, así que tenía que encontrar las grietas del sistema y aprovecharlas para performar. Mi proyecto artístico surge de esta problemática de visados y fronteras. Llegó un momento en el que la presión era insoportable y necesitaba materializarla”. Las fotografías realizadas en China revelan un proceso en el que la osadía de Coca, referente a la invasión del espacio público, se va incrementando: primero saliendo del barrio, después performando en las autopistas y, en última estancia, en las embajadas y el centro de la ciudad. “Salía de las zonas que el gobierno nos tenía designadas para hacer actos micro revolucionarios. Me encantó trabajar en la autopista donde podía interactuar con la gente y entrevistarles, conseguíendo un tipo de opiniones muy diferentes a las proporcionadas por el endogámico del mundo del arte”.

 

Para poder vivir en Pekin, la artista firmó un papel comprometiéndose a no realizar ninguna otra actividad remunerada que no fuese la de marketing manager para una empresa de lentillas de colores, en caso contrario se ponía en manos de la ley china para que hicieran con ella lo que quisieran. La realidad es que también trabajaba como artista y periodista, las profesiones más buscadas, por ello buscó una estrategia para no ser descubierta: el enmascaramiento. Ataviada con un traje ajustado negro a lo catwoman, con una estética cargada de sensualidad, Diana Coca se cuela en los lugares más insospechados para reclamar el derecho a ocupar un espacio que nos pertenece a todos. “El papel que firmé me llevó a cubrirme la cara, el espíritu y el alma. Era un traje que no solo asfixiaba mi cuerpo y respiración, sino mi persona”.

 

Tijuana.

 

El espíritu felino queda plasmado en las grabaciones aparentemente hechas con cámaras de seguridad en el mismo espacio de Tabacalera que dan arranque a la exposición. “Todo está grabado con una cámara de vídeo de seguridad que encontramos en la basura y arreglamos, pero es un fake. Lo mejor es que pude conocer el espacio a través del cuerpo y de la piel. Sabía si el suelo estaba caliente o frío. Tengo una conciencia corporal del espacio y del lugar que antes no tenia, desconocía si las superficies eran ásperas o suaves”.

 

La segunda localización del proyecto es México, en primer lugar Tijuana, donde la artista, después de estar un mes trabajando intensamente en la frontera, decide que quiere volver y pasar una estancia más larga en Ciudad de México. “Tijuana es como el ave fénix, le pasan cosas y siempre se levanta, no permite que la acaben pisando. Estuvo llena de narcos, pero sabe como reconstruirse después de actos violentos”. El desarrollo de la obra en este territorio –caracterizado por concentrar toda una serie de circunstancias extrañas y amenazadoras–, supuso todo un reto. “Es como una espiral que absorbe todas las heridas del capitalismo y del neoliberalismo. Son lugares de resistencia y resiliencia. Yo les llamaría heridas del sistema porque para que exista esa frontera y se den esas circunstancias tiene que haber unos privilegios del primer mundo sobre el mal llamado tercer mundo”.

 

México.


 

En el nuevo territorio de trabajo, Diana Coca vuelve a corporalizar el dolor, la ansiedad y el control del gobierno sobre los cuerpos humanos de una manera mucho más evidente y física. “Los mecanismos de control hacen que no te puedas mover correctamente. A mi se me contusionó todo el cuerpo. En China no tuve tanto miedo y quizá tendría que haber tenido más. En Estados Unidos, al tenerme que mover con el pasamontañas, mi mayor temor era que me disparara la patrullera estadounidense porque cada semana matan gente por allí”.

 

Frente a la violencia indiscriminada y el fenómeno migratorio extendido en el Mediterráneo, la artista propone una obra esperanzadora en la que el espectador pueda encontrar una alternativa. “Creo que es más fácil trabajar la performance desde el amor que desde la violencia. Me gusta ir más allá del nihilismo destructivo que no plantea una reconstrucción. Como ser humano y creadora tengo una responsabilidad estética y ética con las imágenes que van a ser compartidas en la sociedad”. La visión positiva viene de la mano de la naturaleza: en los jardines de Ciudad de México donde la artista se convierte en flor y en las imágenes con el mar como protagonista, como es el caso de la fotografía de gran formato que cierra la exposición. “La imagen final encierra todas las contradicciones porque el mar es como el cuerpo humano: en su forma natural se resiste a ser controlado. ¿Qué sentido tiene insertar barreras al mar? No puedes poner palos hierro hasta el infinito”.

 

México.


 

La ruptura de límites preestablecidos como uno de los ejes central de la exposición va mucho más allá de lo territorial para adentrarse en temáticas de género o cuestiones más personales. Hay un planteamiento feminista que se nutre de la teoría de la performatividad de Judith Butler para cuestionar los gestos y comportamientos estereotipados ligados a la heteronormatividad. Por otro lado, la artista se enfrenta a su propio muro emocional que la había llevado hacia la incomunicación. “El viaje en un primer momento te libera, pero luego hace justo lo contrario, te empieza a atrapar en el nomadismo. Genera soledad interna a nivel de intimidad, todos son personas de paso. Pasé de ser la Diana que creaba comunidad a aislarme y dejar de reconocerme a mi misma. Tenía que cambiarlo”.

 

En “Where is Diana?” la artista se reencuentra a través de una multiplicidad de identidades que pone al alcance del espectador.

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