Leche condensada sobre el cielo de Bailén

La historia del plano más increíble que nunca se haya rodado en Madrid (y casi que en ninguna otra ciudad). Por Ángel Agudo


15 octubre 2014

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Hubo un extraterrestre entre nosotros. Es difícil de creer, pero es así. Por un capricho del destino, nuestro extraterrestre nació en Vigo, creció en Cuba y más tarde llegó a Madrid, pero era un extraterrestre. Le llamaron Manuel Mur Oti. Llevaba chaquetones y fumaba, nada de decir “Teléfono, mi casa” ni de vestirse de gitana. Era excéntrico, poeta, hipersensible, novelista que casi gana el Premio Nadal, algo vividor y un director de cine que, hoy visto, era capaz de hacer que Douglas Sirk pareciera el responsable de una de Stallone. Ziggy Stardust y el Mayor Tom hubiesen pagado una fortuna por sentarse cinco minutos a su lado.

Extraterrestre es la única palabra que puede definirle. Por eso los libros de cine siguen mirándole con escepticismo, como teniendo que abrir y cerrar los ojos a toda velocidad para convencerse de que Mur Oti estuvo ahí y que no fue el delirio en mitad de una borrachera. Y eso a pesar de haber rodado el plano más increíble de los rodajes madrileños.

2

 

La historia de tan demencial hazaña comenzó en 1927, cuando Antonio Zozaya, escritor y periodista olvidado por el tiempo, publicó “Miopita”, la historia de una chica que en su desgracia, iba quedándose ciega hasta que se suicidaba. Zozaya acabó exiliado durante el franquismo y el libro, al igual que sus otras novelas, vivió su propio exilio en las estanterías de las viejas librerías de cambio en las que la gente vendía y compraba sus lecturas. Todo hasta que un ejemplar pasó por las manos de un extraterrestre llamado Manuel Mur Oti.

Con su productora recién fundada y su segunda película como director por delante, el genio de Vigo se propuso adaptar la novela, convirtiéndola en el melodrama madrileño más desquiciado y sofisticado jamás concebido. Las verbenas, los cafés, los intelectuales de los cafés, las bocas de metro, las clases sociales, incluso una Plaza de Oriente por la que la gente paseaba con el traje de los domingos. El Madrid de la posguerra, en manos de Mur Oti, había encontrado SU película.

En un regalo inesperado para la memoria de la ciudad, la pobre chica de Zozaya –transmutada en hija de republicano— se había convertido en una guía de aquel Madrid. El cineasta buscó en el Barrio de la Morería la casa en la que la protagonista viviría con su madre. Fue un proceso lento y laborioso, pero terminó encontrándola en el número 1 de la Calle de Caños Viejos, junto a la calle de Segovia y bajo la sombra de un Viaducto cuya presencia se extendería por la película. Todavía hoy, con un fotograma de la película en la pantalla del móvil, pueden reconocerse el lugar donde vive el personaje y la esquina en que se cita con su amor no correspondido.

 

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La elección del lugar para crear el fresco madrileño no había sido casual. En el puzzle imposible de la personalidad de Manuel Mur Oti, había un elemento clave: era muy católico. De modo que en su versión, Miopita no se suicidaría… Intentaría tirarse desde el Viaducto tras subir desesperada las escaleras que hay junto a dicha calle. Encaramada sobre la barandilla del puente, escucharía las campanas de las iglesias de todo Madrid, disuadiéndola, y correría a buscar el refugio de la fe en la Real Basílica de San Francisco el Grande. Las campanas de la ciudad como la voz de Dios y la iglesia de la Plaza de San Francisco como el lugar en que alcanzar la redención. Ahí es nada.

Semejante locura requería de una gesta cinematográfica a la altura, y para ello se diseñó el plano imposible: un movimiento de cámara que siguiera a la protagonista desde lo alto del Viaducto hasta la iglesia en cuestión, convirtiendo la calle Bailén en el Vía Crucis del personaje. Hoy día no habría dinero en ninguna película para pagar un permiso de rodaje como ese.

 

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Durante el amanecer de un día de verano de 1950, Mur Oti y su equipo situaron a una jovencísima Susana Canales en mitad del puente para que corriera los casi 400 metros que la separaban de San Francisco el Grande. Pero eso había que complicarlo más: la escena del “milagro” de Mur Oti debía ser aún más sobrecogedora y en toda la secuencia tenía que llover. Llover como si la ciudad entera llorara por la desgracia de la protagonista.

Prepararon lluvia artificial, pero las emulsiones de la época apenas fotografiaban algo tan transparente como el agua, de modo que en mitad del Madrid de la achicoria y el estraperlo, el cineasta se hizo (en el mercado negro, es de suponer) con un cargamento de leche condensada para mezclar con el agua y conseguir así una textura que marcara la lluvia. Los trabajadores de la película, al ver el alimento desperdigado por el suelo de una ciudad que pasaba hambre, empezaron a levantar la voz. Madrid no estaba para bromas como esa.

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A Mur Oti, como buen extraterrestre, las quejas le dieron igual. Puso la cámara dentro de una furgoneta de reparto e hizo que Susana Canales empezara a correr mientras un camión lanzaba la mezcla de agua y leche que simulaba el diluvio universal sobre la calle madrileña.

La actriz metió varias veces el pie en las vías del tranvía -pueden verse sus “tropiezos” en la pantalla, así como sus gestos de dolor —sufrió lo indecible y tras el “corten” hubo que llevarla a un portal para que le dieran friegas y no cogiera una pulmonía—, pero el plano se hizo y con él, Mur Oti consiguió el movimiento de cámara más increíble de la historia de la ciudad. Casi 400 metros de carrera que en pantalla duran algo más de dos minutos. Un prodigio en el que pueden verse, como fantasmas, el tranvía que se asoma a lo lejos y la pequeña tienda de ultramarinos que ha existido junto al Viaducto hasta no hace demasiados años. Todavía no estaban ni los restaurantes, ni los bares, ni siquiera la vieja tienda de pósters y fotografías de cine. Solo los edificios tristes de la ciudad y una lluvia de leche condensada sobre la calle Bailén.

Madrid todavía no se lo ha agradecido lo suficiente. Quizá, algún día, alguien coloque ahí una placa en la que ponga “Aquí un extraterrestre hizo llover leche condensada”.

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Comentarios:

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Luis Gómez says:

Interesante artículo. La verdad es que el plano es mítico, y más de una vez he pensado si no habrá sido el germen del plano de Eduardo Noriega corriendo por la Gran Vía vacía en “Abre los ojos” (http://www.youtube.com/watch?v=MVutgve0t9s). Habría que averiguar si, en los años en que Amenábar estudiaba en la Complutense, hubo algún ciclo de Mur Oti en la facultad.

La película, por cierto, se titula “Cielo negro”, que no cuesta nada decirlo. Ni poner un enlace al plano… http://dai.ly/xlkydd

Sobre la dificultad de fotografiar la lluvia, no tiene nada que ver con “las emulsiones de la época”. Ni las emulsiones de épocas posteriores (ni las cámaras digitales actuales) habrían sido capaces de fotografiar algo transparente. El problema con la lluvia es que hay que iluminarla lateralmente o a contraluz, y eso es inviable en un plano tan largo. Habría que colocar luces potentísimas por todo el recorrido de la calle (una locura de dinero, y casi imposible ocultarlas del plano) o bien montar una luz que se desplace en paralelo a la cámara, lo cual daría un cantazo importante y seguramente se metería en plano, con lo que habría que hacer varias tomas (poco aconsejable en un plano de estas características, a no ser que quieras que la actriz acabe tirándose por el Viaducto, pero de verdad).

Al final, esa idea de bombero de usar leche condensada tampoco sirvió de gran cosa, pues en la mayor parte del travelling, iluminado con una luz frontal montada junto a la cámara, no se ve la lluvia en absoluto.

En cualquier caso, la anécdota es maravillosa.

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