Leticia García y Carlos Primo: “Madrid sigue siendo una ciudad dada a los contrastes”

¿En qué puntos convergen la moda y la política? “El nuevo traje del emperador” (Capitan Swing, 2014) es el ensayo de Leticia García y Carlos Primo que desvela este y otros enigmas. Hablamos con ellos sobre la moda en España, Cibeles, el normcore, las celebridades madrileñas y mucho más. Por Cati Bestard


26 septiembre 2014

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El nuevo traje del emperador” forma parte del libro digital Muckracker#1

 

A pocas semanas de la pasarela de Cibeles y teniendo en cuenta el estado del país, ¿ha habido alguna referencia política en los desfiles que merezca la pena destacar?

No muchas, la verdad. La moda nacional de los dosmiles no se ha metido demasiado en temas polémicos salvo contadas excepciones, como el David Delfín de sus inicios. Tal vez Cibeles no sea el sitio más adecuado para hacer reivindicaciones; al final es un circuito con unas normas muy convencionales y los que desfilan allí, en su mayoría, intentan vestir a un público medio. No es Nueva York, Milán o París, la moda aquí se vive de otra manera, aún no hemos logrado que se conciba como algo cultural, y quizá por eso el discurso político no sea prioritario.

Otra cosa son las marcas o las tiendas que apuestan por ejemplo por la moda sostenible y con procesos laborales transparentes, como Ecoalf o Rughara. No desfilan, pero podríamos decir que su apuesta gira en torno a un concepto político.

 

¿Quienes son las nuevas celebridades de la moda madrileña? Si es que existen…

Puede que haya celebridades a distintos niveles. Si hablamos de diseñadores, tendríamos que mencionar a Maria Ke Fisherman, que están marcando el camino a muchos otros, aunque paran poco por Madrid. Entre los diseñadores que desfilan en Madrid (aunque no vivan aquí) destacaríamos también a Etxeberría, ha apostado por algo muy atrevido (empezar centrándose en la ropa masculina y trabajar casi exclusivamente con el cuero) pero lo ha hecho de una forma bastante brillante, y eso le está haciendo ganarse adeptos nacionales e internacionales.

Y luego, como figuras de la moda madrileña, nos encanta el modelo (de negocio y de diseño) de García Madrid. Otros diseñadores y marcas que hacen de Madrid una ciudad interesantísima son, por supuesto, Carlos Díez o Andrés Gallardo, pero también Senyor Pablo, Shallowww o Pintón.

 

Si como decís la moda es una herramienta esencial para tomarle el pulso al presente, ¿cuál diríais que es el presente de Madrid en base a la moda que veis en la calle?

Yo diría que es un presente disimulado. Hay crisis y dificultades económicas, pero la moda es una buena herramienta para hacer como si no pasara nada. No nos vestimos como pobres, aunque lo seamos. En lo estilístico, Madrid sigue siendo una ciudad dada a los contrastes, los extremos y las declaraciones de intenciones. Hay algo de creatividad y un maremágnum de tendencias fagocitadas, asimiladas y procesadas de mil formas distintas. Las pequeñas marcas están introduciendo pequeños toques de disidencia, aunque el fast fashion y las grandes cadenas textiles generan más uniformidad de la que nos gustaría. El presente de Madrid es contradictorio, pero eso también lo hace especial. En Madrid puedes encontrarte en la misma manzana a alguien que copia de arriba a abajo las tendencias que ve en las revistas, a un señor con chándal y riñonera, a alguien vestido de forma completamente anacrónica y a otro que presume de logos. La no uniformidad es lo que lo hace interesante.

 

¿Puede una subcultura combatir a la televisión y a los medios? ¿Hay alguna manera de fracasar en la presencia mediática que permita mantenerse en la autenticidad? ¿ejemplos?

El fracaso es algo muy subcultural, y siempre tiene que ver con lo marginal o lo auténtico. Por eso, cuando las subculturas llegan a los medios, muchos de sus acólitos consideran que han dejado de ser marginales y, por lo tanto, auténticas. Por eso hay algunas que salen indemnes de su paso por la televisión. El hip hop, el tuning o el reaggeton han pasado por reality shows, programas de tronistas y Callejeros, y a pesar de eso mantienen núcleos de seguidores totalmente fieles y con un nivel de implicación plenamente subcultural. Al final en una subcultura la moda sirve para condensar la idiosincrasia subyacente. Siempre se acaba cuestionando su autenticidad, sobre todo cuando los medios y la industria de la moda se hacen eco de ella. Pero si se trata de subculturas que están compuestas por grupos pequeños muy unidos entre ellos (como puede ocurrir con los chonis o los hiphoperos) el sentimiento de pertenencia y el orgullo del grupo suelen resistir.

 

¿Qué lectura hacéis de la tendencia normcore?
Es una tendencia que satisface una necesidad muy común en los medios: la de ponerle una etiqueta, preferiblemente anglosajona, a un fenómeno existente. Nos servimos del lenguaje para hacernos más sofisticados. En vez de arreglarnos, nos hacemos estilismos. En vez de ordenar, bodegonizamos. En lugar de seleccionar contenidos, los comisariamos. Lo interesante y lo arriesgado del normcore es que todo es potencialmente normcore. Y si todo es normcore, nada es normcore. Por eso es un contenedor léxico inagotable e irresistible para muchos.

Es curioso, además, como empezó a hablarse de la tendencia condensándola en elementos como las chanclas de piscina, las Birkenstock o los forros polares del Uniqlo. Supuestamente, esa es la normalidad, pero hacía mucho tiempo que no se veían en ninguna parte.

 

Quiero mostrar mi descontento con el sistema. ¿qué me pongo esta temporada?

En un sistema basado en el consumo, el único acto de resistencia es el no-consumo. O el consumo de segunda mano. O consumir sin tarjeta de fidelidad, sin tuitearlo ni poner una foto en instagram. Vestir, y punto, es un acto en sí.

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