Los crímenes de Jarabo

El crimen despierta nuestros intereses más oscuros… Hoy os contamos la historia de un cautivador y elegante asesino madrileño con aires de Humphrey Bogart. Por Diego Parrado


27 noviembre 2014

José María Jarabo (con mujeres)

 

Anoche en el Club de la Venda Negra abandonamos las historias de aparecidos y profanaciones de tumbas para abordar el tema de los asesinatos que han sacudido nuestra ciudad. Por alguna razón, el crimen despierta nuestros intereses más oscuros, y entre todos los asesinos que ha visto nacer y morir la Villa y Corte de Madrid, hay uno que merece especial atención: el cautivador Jarabo.

 

José María Jarabo (1923 – 1959) importó a España el noir americano. Con 17 años, dejó Madrid y el Colegio del Pilar (uno de los mejores de la ciudad) y se trasladó con su adinerada familia primero a Puerto Rico y más tarde a Nueva York, donde cometió una serie de delitos (tráfico de drogas y de pornografía) que terminó pagando en la cárcel. Fue allí, en la lóbrega prisión en la que pasó cuatro años rodeado de tipos con pinta de Robert Mitchum, donde toda la vileza y la falta de escrúpulos (además de cierta elegancia) que esos años salpicaba las novelas de Raymond Chandler, penetraron en la mente de Jarabo y desembarcaron en España cuando, en 1950, nuestro Humphrey Bogart regresó a Madrid.

 

Durante varios años, Jarabo desplegó en la capital sus trucos de Brooklyn y fue responsable de múltiples tretas y engaños. Bajo multitud de identidades falsas, y haciendo gala en todas ellas de los mejores trajes y coches, Jarabo logró granjearse el favor de la flor y nata de la entonces pueblerina ciudad, a la que Jarabo dio un toque de distinción a la vez que le pasaba el sable; mirando al flamante Jarabo se tenía la impresión de que Madrid era menos pueblo y más Nueva York, aunque fuese el Nueva York del otro lado del río Hudson.

 

Pero por supuesto, fue una mujer, una femme (aquí más pava que fatal) la que precipitó el destino de José María. Se trataba de Beryl Martin Jones, una inglesa que, como otras cien, había encontrado en la chulería de Jarabo una vía de escape a su infeliz matrimonio y que no dudó en entregarle a su amante un carísimo anillo (se dice que de unas 50.000 pesetas de las de entonces) para sufragar las veladas en Chicote y las meriendas del Ritz que Jarabo, un tipo elegantón, pero arruinado, ya no podía costear.

 

El dinero duró lo que el descorche de una botella de cava. Finalmente, Beryl tuvo que regresar junto a su marido a Lyon, ciudad donde residían, y no tardó en pedirle a su amante que recuperara la joya prestada, pues su esposo se la había reclamado. Jarabo quiso auxiliar a su amada y acudió a la casa de empeños en la que había entregado el anillo; sin embargo, se encontró con que los propietarios le pedían 10.000 pesetas y una carta de Beryl reclamándolo, por ser ella la dueña de la pieza. Pero la avaricia de los señores no quedó ahí: lograda esa suma y entregada la carta, le pidieron otros 10.000 so pena de quedarse con la misiva, que comprometía el honor de Beryl.

 

Jarabo decidió entonces hacerles pagar caro su usura: una noche, aprovechando un descuido del sereno, se coló en el portal de uno de los prestamistas y se dirigió a su vivienda con una pistola que se había agenciado. Introducido en la casa por la criada, esperó a que llegara el hombre y le dio un tiro en la nuca. Antes había matado a la chica de servicio para deshacerse de cualquier testigo, y cuando la mujer del prestamista, que estaba embarazada, llegó a su vez al domicilio y descubrió los dos cadáveres, también ella recibió un tiro. Y allí, en esa casa de muerte, puesto que el portal estaba ya cerrado, Jarabo tuvo que pasar la noche en compañía de sus víctimas. Pero la tétrica velada que compartió con los tres cuerpos no quebrantó sus nervios, pues dos días después fue a la casa de préstamos en busca del otro socio y descargó en su cabeza dos tiros.

 

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Poco después, fue detenido por la policía cuando intentaba recoger en una tintorería el caro traje que tanta sangre había arruinado, un error propio de su galantería. Jarabo no ofreció ninguna resistencia; todo lo contrario: pidió cocido para todos en L’Hardy y, entre cucharada y cucharada de garbanzos, confesó a los agentes su horrible crimen. Finalmente Jarabo fue condenado al garrote vil en un juicio al que asistió lo más granado de la sociedad de la época; Sara Montiel, entre otros.

 

Corría el año 1959 y España se despedía de una época de la que el cuádruple crimen de Jarabo fue su apoteosis. Las décadas venideras quedarían retratadas por asesinos muy distintos a Jarabo; asesinos que jamás arriesgarían su libertad por llevar a limpiar su traje, y que mucho menos moverían un dedo por el honor de una antigua amante.

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