Los exorcismos de Carlos II

Seguimos explorando el Madrid más inquietante y macabro. Esta vez, dentro de Palacio. Por Diego Parrado


16 julio 2014

Hemos bautizado estas reuniones como “El Club de la Venda Negra”. Nos proponemos reavivar con ellas el alma oscura de Madrid; conjurar las tinieblas de la ciudad para reconfortar los lúgubres corazones de sus vecinos más borrascosos. Estas historias son para su retorcido divertimento.

 

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Siguiendo con el tema de la exhumación de cadáveres, Inés nos presentó un suceso acaecido en la Corte de Carlos II (1661-1700), monarca español apodado como “El Hechizado” y último de la Casa de los Austrias. Inés fumaba a escondidas, y de cuando en cuando una frase de humo se colaba en su terrible historia. Empezó leyendo una misteriosa carta:

 

“Anoche me dijo el demonio que el Rey se halla hechizado maléficamente para gobernar y para engendrar. Se le hechizó cuando tenía 14 años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud, corromperle el semen e impedirle la generación”.

 

La carta fue escrita por fray Antonio Álvarez Argüelles, un afamado exorcista asturiano con el que se había contactado desde Madrid ante las crecientes sospechas de que sobre el Rey pesaba una maldición. Carlos II, en efecto, no lograba engendrar un hijo. Y además siempre andaba enfermo. Fruto de la endogamia mantenida durante siglos por su familia, en realidad el marchito monarca había nacido envenenado por el incesto: sus abuelos eran al mismo tiempo sus bisabuelos; su padre, que estaba casado con una hija de su hermana, era también su tío abuelo, y su madre resultaba ser además su prima.

 

La bomba genética terminó estallando y con todo tipo de taras nació el último rey de la Casa Austria, un niñito enfermizo al que luego el Embajador de Francia describiría de la siguiente manera: “El Príncipe parece bastante débil; muestra signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura (…) asusta de feo”. Sus numerosas patologías lo asemejan a un personaje salido de la imaginación de Edward Gorey: el sarampión, la rubeola, la viruela y la epilepsia se cebaron con su triste cuerpo, amén de cierto retraso mental, una adicción al chocolate y varios problemas gastrointestinales, renales y urinarios.

 

Pero sobre todo, el Rey era estéril. Su primera esposa, María Luisa de Orleans, había sido atiborrada en vano con toda clase de pócimas de fertilidad, y fue  precisamente la ingesta de estos brebajes lo que le causó la peritonitis que se la llevó a la tumba. Cuando se vio que su segunda mujer tampoco lograba quedarse embarazada, empezó a sospecharse que el problema estaba en el propio Rey, y que sólo un hechizo podía explicar la mala fortuna del muy desgraciado. Fue entonces cuando tuvo lugar uno de los episodios más grotescos de la historia de nuestro país.

 

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Mientras el Rey soportaba penosamente sus dolencias, llegó a oídos de su confesor la fama de un fraile asturiano que tenía el poder de hablar con el diablo, don del que se había valido para exorcizar a unas monjas que estaban poseídas. Enseguida se solicitaron sus servicios desde Madrid y, por boca del exorcista, el demonio corroboró el encantamiento del Rey: la mala salud de Carlos II se debía a un hechizo. Se recetó entonces al monarca la ingesta en ayunas de aceite bendito, aunque pronto la imaginación de los religiosos se inflamó y  estos empezaron también a administrársele purgas de huesos de mártires pulverizados, o a colocarle pichones recién muertos sobre la cabeza y entrañas de cordero sobre el abdomen.

 

Pero todos estos remedios palidecen ante el macabro exorcismo al que fue sometido el infeliz rey: aprovechando que los restos de sus antepasados estaban siendo trasladados al nuevo panteón de El Escorial, se destaparon sus ataúdes y se celebró una ceremonia en la que los cadáveres de su padre Felipe IV, sus abuelos Felipe III y doña Margarita, sus bisabuelos Felipe II y doña Ana, y sus imperiales tatarabuelos Carlos V y doña Isabel, fueron siendo exhibidos ante el enfermo. Se creía que así, con tal cantidad de poder reunido, se espantaría de una vez a los demonios que tanta desdicha le causaban.

 

La horripilante procesión de momias terminaba con el féretro donde se pudría el cuerpo de su amada María Luisa de Orleans, y se dice que el pobrecito Rey ya no se recuperó jamás de la impresión que le produjo tan espantosa visión.

 

Por fin, el Día de Todos los Santos, ni los nervios ni el estómago del último de los Austrias quisieron poner más resistencia a una muerte que empezaba a antojársele dulce.

 

Las últimas palabras del miserable fueron: “Me duele todo”, y acto seguido quedó libre de las crueldades de este mundo.

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