Madrid a través de sus placas

En Madrid las calles tienen tanta historia, que sus paredes no pueden callar los sucesos de las que fueron testigo. Convertidas en placas, todo tipo de historias y leyendas siguen resonando en la ciudad. Nuestra breve ruta es un resumen de la vida de una villa con mucha cultura, revoluciones sociales, conflictos bélicos, crímenes e historias de alcoba a sus espaldas. Por David Arias


30 junio 2016

El primer Madrid

 

Los asentamientos más antiguos que se han podido atestiguar, se encontraban enfrente de esta placa, en la calle Segovia. La llamada fuente de San Pedro era un arroyo que descendía la Cuesta de los ciegos, que discurría por el trazado de lo que es hoy esa empinada y castiza calle. Es considerado como el arroyo-matriz, llamado Matrice, el cual da nombre a la villa. Los asentamientos de la Edad del Bronce bebían de sus aguas y se disponían en torno a él formando poblados desde Las Vistillas hasta esta zona de La Latina en los siglos XIII-XV a.C. Debajo de la placa, en la era medieval, se apostaba un foso protector de la primigenia muralla musulmana. En las profundidades de esta esquina milenaria de Madrid aún se puede transitar por un pasadizo de origen desconocido que conecta el lugar con la llamada puerta de Moros.

 

El hogar del patrón de la ciudad

 

Pegado a la iglesia de San Andrés se encuentra la casa de San Isidro, o al menos donde transcurrió gran parte de su vida. Allí servía a los Vargas, una adinerada familia que poseía casoplones por toda el Madrid medieval e importantes terrenos explotados por jornaleros sin mucho futuro más que deslomarse por sus señores. Estos señores feudales contrataron como jornalero a un mozárable con talento zahorí, lo cual explica su relación con pozos o acuíferos de la ciudad. Tanto Isidro como Santa María de la Cabeza sirvieron en este palacete que ha sido reconstruido sobre los restos del edificio renacentista desaparecido por deterioro en 1972. Allí se cree que salvó a los hijos de los Vargas con un milagro que evitó que el crío muriese en el fondo del pozo que aún se conserva en su interior. Un lugar para entender el Madrid del primer milenio.

 

san isidro

 

La puerta del valle

 

Primordial en la muralla cristiana de la ciudad, la puerta de Valnadú en etimología árabe significa “la puerta que da al valle”. Su nombre ofrece pistas sobre su utilidad, que no era otra que unir la ciudad medieval con el valle a sus pies mediante un puente que sobrevolaba el barranco de la Hontanilla. La puerta tenía un sinfín de motes que se fue ganando con el paso de los años y las civilizaciones. Uno de ellos, “la puerta de los baños“, nos recuerda que en tiempos de dominación romana existían dos baños donde la ciudadanía se lo pasaba en grande cuidando el cuerpo y la mente. También era conocida como la puerta de las Atalayas por ubicarse en un enclave defensivo privilegiado en una esquina del actual Teatro Real. Estaba justo enfrente de la fuente de los Caños de Peral, donde se refrescaron los madrileños durante siglos. A su lado se levantaba otra puerta, la De La Sagra, y una piedra con cinco agujeros y un hueco para la mano. Esta costumbre musulmana era un amuleto contra el mal de ojo y cada viajero que pasaba por delante, debía situar su mano allí y escupir. Este método le valió otro sobrenombre más: la puerta del diablo. Estrecha y con una arquitectura similar a la puerta de acceso de la Al-Alhambra, fue derruida por Felipe II en 1567 para ampliar la plaza donde se situaba. Poco después, usando sus materiales y los de la contigua torre Gaona, se construyó el mítico teatro de Caños de Peral.

 

valnadu

 

Un genio de las letras, un siglo difícil y una disputa por una dama

 

Quevedo y su ingenio sin fin podrían tener placas conmerativas en cada calle de aquel Madrid de los Austrias. No obstante, nos hemos encontrado con un vestigio de su carácter más allá de su pluma en la Plaza de San Martín, donde se encuentra el monasterio de Las Descalzas. Cuenta la historia (o quizás la leyenda) que el devoto Francisco de Quevedo se encontraba inmerso en un profundo rezo en la iglesia de San Ginés, cuando algo perturbó su furor religioso. Un energúmeno le soltaba un manotazo en la cara a una dama que apenas podía contener las lágrimas de rabia. Además de prodigioso escritor y religioso, a Quevedo el gustaba jugar a ser un caballero con las mujeres y con su espada. Por ese motivo, se enzarzó con el agresor y le sacó de la iglesia mediante amenazas y empujones. En la calle la discusión subió de tono y cómo no, terminó en un duelo de honor, como se estilaba en aquellos tiempos. El florete de Quevedo terminó atravesando a su enemigo y venciendo en este curioso duelo. La historia se propagó por Madrid como la pólvora llegando hasta la actualidad en forma de lustrosa placa.

 

quevedo

 

El teatro del Siglo de Oro

 

Pocos teatros del mundo pueden presumir de haber estrenado tantas obras cumbre como el corral de comedias de La Cruz. En este lugar cargado de historia teatral, estrenaron sus obras leyendas como el propio Quevedo, Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca. El corral nace en 1579 por impulso de las cofradías de la Pasión y de la Soledad, en la calle Cruz, junto a la Plazuela del Ángel. En su interior se agolpaban reyes, nobles y amantes del teatro sofisticado y ácido propio del Siglo de Oro. Durante casi dos siglos, fue una de las referencias castizas del arte teatral junto al mítico corral de La Pacheca. En el siglo XVIII se encontraba en unas condiciones un tanto penosas, por lo que el Ayuntamiento madrileño de la época le encargó a su arquitecto de confianza, Pedro Ribera, que lo rehabilitara para devolverle su esplendor perdido y convertirlo en un teatro de inspiración italiana con capacidad para 1.500 afortunados espectadores. En 1743 se iniciaron las obras y el resultado fue tan controvertido que en el siglo XIX, Galdós aún alucinaba con la mala reconstrucción del teatro de la Cruz. Aún le dio tiempo a estrenar mitos como “El sí de las niñas” de Moratín o “Don Juan Tenorio” de Zorrilla. No obstante, la mala reputación de Pedro Ribera durante el siglo XIX, un Calatrava del XVIII, llevó a la administración a nombrar al viejo teatro como “oprobio del arte” y mandarlo derribar. Aún resistiría en pie unos años hasta que la calle Cruz se quedó muda en 1859.

 

la cruz

 

Cervantes y su última voluntad

 

El súmmum de las letras españolas se encuentra enterrado en Madrid, en el convento de las Trinitarias ubicado en la calle Lope de Vega, en pleno Barrio de las Letras. El genio literario descansa allí como petición póstuma en su testamento. Tras luchar en Lepanto y de regreso a España, Cervantes fue apresado en Cadaqués por una flota turca comandada por por Mami Arnaute, que vendió al legendario escritor a un traidor griego de nombre un tanto guasón, Dali Mami. Cinco años de esclavitud fueron suficientes como para agradecer eternamente a quien logró su libertad. Fue la orden de los Trinitarios quien le liberó de su cautiverio. En esta iglesia de estilo barroco se encuentran, supuestamente, los restos de Cervantes y de su mujer, Catalina de Salazar. También se hallaron huesos de niños con síntomas claros de raquitismo, algo muy común en una era de hambrunas. Aún existe polémica por dilucidar si el ingenio de las letras españolas se encuentra en este lugar donde quiso pasar la eternidad. Las investigaciones prosiguen, pero parece que la placa no miente.

 

La alcoba de Casanova

 

Personajes como Giacomo Casanova no podían faltar en las noches históricas del Madrid más clásico. El famoso seductor y aventurero se dejó caer por Madrid desde 1767 a finales de 1768. El amante italiano más universal no perdió el tiempo y durante sus correrías nocturnas por Madrid descubrió la ciudad que se ocultaba tras los candiles. Se convirtió en un apasionado del fandango, un baile que consideraba irresistible para cualquier mujer. También mantuvo conversaciones con turistas y personalidades extranjeras para fundar una colonia en Málaga. Su habitación en la mítica fonda de calle Cruz tenía un pestillo que solo se podía accionar por fuera –cortesía de la Inquisición y su obsesión por controlar los actos puros e impuros de los amantes–. No obstante, Casanova tenía una vocación insaciable por descubrir nuevos mundos y por ese motivo se adentró en la calle del Rosal, ya desaparecida tras la construcción de la Gran Vía. Allí encontró la llamada “Casa del Pecado Mortal”. Un romance con una bella española que le cautivó y a quién apodaba La Dama Duende, le tuvo ocupado en este hogar del pecado. Él la creía mística y mágica, no solo por sus cualidades en la alcoba, sino porque desprendía luz de su mano derecha. Todo tenía una explicación menos cool aunque un tanto cómica. En esa calle se encontraba una hermandad religiosa que daba la brasa a la concurrencia con saetas y recogiendo a gente supuestamente descarriada. Los vecinos, imaginamos que para que finalizase el tormento de sus canciones, les arrojaban monedas envueltas en papel al que prendían fuego para ubicarlas en la oscuridad de las calles del Madrid del siglo XVIII. Casanova abandonó la fonda de la calle Cruz en 1768, pero dejó su impronta amorosa en una ciudad como Madrid.

 

casanova

 

Un motín fashion

 

Madrid siempre ha tenido un punto guerrero y reivindicativo. En 1766, la situación no era muy distinta a la actualidad. Gobiernos, despóticos, precios elevados, alimentos inaccesibles para una gran mayoría de la población y mucha corrupción. En esa época, además, se añade el empeño de un ministro del rey Carlos III en modernizar la corte. Los madrileños no prestaron mucha atención a las promesas de alcantarillado o a la instalación de fosas sépticas en la ciudad, sino que más bien se dejaron llevar por su nacionalidad italiana y un polémico edicto que marcó el fin de Esquilache. El mítico motín que lleva su nombre se produjo como reacción popular a la prohibición estatal de llevar amplias capas o sombreros de ala ancha, ya que se creía que fomentaban el anonimato y la delincuencia. En un clima creciente de malestar por el precio de los alimentos básicos, todo se desbocó un 23 de marzo, domingo de resurrección. En la plaza Antón Martín, un hombre vestido con un provocativo sombrero de ala ancha y una larga capa vacilaba a los militares del cuartel que allí se ubicaba. No era un acto suicida, detrás de él aparecieron casi 2.000 personas de todas las calles de Lavapiés, lo cual provocó la huída de los incautos soldados que allí estaban, dejando libre el polvorín del cuartel. Los miles de sublevados lograron alguna de las medidas que solicitaban, como el destierro de Esquilache o un control gubernamental del precio de los alimentos, pero perdieron en su propuesta estética. Poco a poco, las capas y los sombreros de ala ancha se fueron dejando de llevar, aunque la clase dominante los seguía utilizando en el siglo XIX con aire carnavelesco.

 

esquilache

 

Dos puntos de encuentro de literatos

 

La plaza del Ángel fue en su día el lugar donde se concentraban todos los intelectuales del siglo XVIII, como Moratín, José Cadalso o Francisco Cerdá. Quien quisiera ser alguien en el Madrid de las Letras de la época se pasaba las tardes en aquel Café de San Sebastián donde eran visibles carteles prohibiendo hablar de política o instando a solo hablar de amor, versos o toros. Algo que, evidentemente, nadie obedecía. La política era parte del día a día en este local, aunque ciertamente era una especie de selecto club de escritores. Uno de sus últimos dueños fue Juan Antonio Grippini, un italiano con muchos contactos en la capital y que también fue propietario de otro local de leyenda donde podías codearte con los escritores de moda.

 

Grippini fue dueño de La Fontana de Oro en la calle Victoria, muy cerca del Palacio de Tepa que se levantó sobre el viejo café de San Sebastián en 1808. Este legendario lugar dio nombre a una obra de Galdós y fue durante el siglo XVIII y XIX la referencia cultural más importante de la ciudad. Durante las épocas políticas más convulsas, las ideas liberales del llamado “Club Patriótico de La Fontana” fueron un soplo de aire fresco en aquella España anquilosada. En 1843 un francés de nombre Casimir Monier invirtió en la vieja fontana, renovando su fonda y dotándola de baños y otras comodidades que parecían imposibles en la España de entonces. Por su habitaciones se paseó Alejandro Dumas cuando se encontraba narrando la boda de Luisa Fernanda en 1846. Poco después se transformó en el gran hotel de Embajadores, mucho más pomposo pero sin el alma de la auténtica Fontana. A finales del siglo XX, un pub irlandés recuperó la esencia de aquel lugar, fusionando su entorno castizo con las típicas características de un local de Irlanda.

 

La mazmorra de Madrid

 

La historia más oscura del Madrid más intransigente tiene lugar en la calle Torija, frente al célebre Café de Chinitas. Allí se alzaba la sede del Tribunal de la Santa Inquisición. Esta institución, como ya es sabido por todos, se dedicaba a juzgar y expurgar pecadillos mundanos como el sexo, la libertad religiosa o cualquier cosa no relacionada directamente con los estrictos dictados de aquella demoníaca iglesia. En las paredes de este lugar aún resuenan los ecos de los inocentes que pasaban por una puerta decorada con el símbolo de la institución y por el temible lema: “Álzate Dios y juzga tu causa“. Los condenados eran trasladados a la plaza de Santo Domingo donde estaba el monasterio de idéntico nombre, desaparecido en 1869. A pesar de estar cerca de ambos puntos, el trayecto se hacía eterno para el reo, que soportaba insultos, escupitajos y vejaciones varias. Una vez en el monasterio se le comunicaba alegremente su destino: arder en la Plaza Mayor, lugar de ejecuciones hasta finales del siglo XVIII. Los tiempos de la Inquisición llegaron hasta 1834, con un breve periodo de cordura en el que se abolió durante la ocupación francesa y lo que duró el subidón de la Constitución de Cádiz.

 

inquisicion

 

El callejón de Valle-Inclán

 

Ahora que ha vuelto a ser tendencia y todo un merecido trendic topic, “Luces de bohemia” es una parada imprescindible en el Madrid literario y en la prosa más selecta del castellano. Un pasaje memorable de ese incunable de la literatura española da lustre a una callejuela donde antaño se encontraban dos espejos de cuerpo entero, uno cóncavo y otro convexo. Su función era promocionar un local de patatas bravas y entretener a la concurrencia infantil con sus deformes reflejos en ese siglo XIX no tan lejano. Allí se gestó uno de los esperpentos más geniales del escritor, donde veía la historia deformada de España, el paso del tiempo de un país de pandereta sin filtro. La cita que ha inundado Twitter es solo una de las miles que contiene ese “Luces de Bohemia” gestado, entre otros lugares, en este callejón que no olvida los reflejos esperpénticos de España tan bien retratados por Valle-Inclán.

 

valle inclan

 

El hogar del Ratón Pérez

 

¿A quién no le ha frustrado perder un diente y no encontrar el consuelo del regalo del ratoncito Pérez? Este icono de la infancia de todos los niños españoles y latinoaméricanos, residía en la confitería Prast en Arenal, 8. Hoy nos lo recuerda una placa y un museo en su honor. La historia del ratón generoso viene de lejos. Hay un precedente de esta fábula en el libro “El buen ratón”, escrito por la baronesa de Aulnoy en el siglo XVIII, aunque el cuento que nos han relatado nuestros abuelos y padres proviene de 1894. Se cree que su autor es Luis Coloma y que fue escrito como un relato exclusivo para el futuro rey Alfonso XIII. A pesar de ello, hay mucha controversia puesto que Galdós lo cita en “Las Bringas” en 1884 como un cuento popular. De todas formas, el ratoncito Pérez siempre será parte de la memoria colectiva de generaciones enteras. Su hogar aún está disponible para todos aquellos que quieran reencontrarse con sus dientes de leche y los regalos que nunca llegaron.

 

raton perez

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