Madrid de Perico Chicote: No hay color

Podría acercarme al Museo Chicote, cercano a mi domicilio y entrevistar a sus responsables. O bien podría ofrecerles a ustedes un publirreportaje por el que tener copas gratis durante una temporada. Pero lo que me interesa del Chicote es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Es su historia, sus grietas y sus mitos. Lo que en realidad me interesa, es un Madrid de elegancia desfase y dinero. Un Madrid amoral y estético. Un Madrid perdido y olvidado. Por Diana Aller


19 noviembre 2013

 

1916, Hotel Ritz de Madrid. Entra a trabajar como camarero un joven de 17 años, lleno de sueños, extremadamente sociable y muy divertido. Se llama Pedro, pero todos le llaman Perico. Es risueño, divertido y pese a las dificultades naturales de un chico sin estudios ni dinero, (trabajando desde los 5 años) es extremadamente alegre y feliz.

 

Madrid ya tenía esa estructura de pueblo impersonal, acogedor y monstruoso, y Perico, oriundo de la calle Limón, vio cómo se construían a lo largo de los años 30 los primeros edificios altos de la Gran Vía, por la que transitaba mientras medraba en su trabajo, que se convirtió también en su afición: se dedicó a coleccionar botellas de licores y alcohol del mundo entero.

 

Cuando reunió una pequeña fortuna y un gran nombre, montó su museo de botellas, precisamente en la Gran Vía Madrileña. Y así, en 1931, abrió el Museo Chicote: porque de eso se trataba, de todo un museo en el sótano del local. En la parte de arriba se servían cócteles que Perico perfeccionaba cada día. (De hecho, lo primero fue el servicio al público, y años después llegaría el Museo). No fue difícil que se convirtiera en lugar de referencia cultural.

 

Primero por su estratégico lugar, cercano a teatros y comercios; y segundo, porque la “escena” del momento se componía de empresarios, actores, pintores y unos cuantos acólitos adinerados que vivían la vida bebiéndosela en el Chicote. Pero que en total, no eran muchos.

 

En cuestión de meses se convirtió también en un lugar de referencia internacional. Cuando las estrellas extranjeras del momento paraban en España, visitaban la Gran Vía (a partir del 39 sería la avenida de Jose Antonio) y se dejaban ver en el museo Chicote.

 

Allí se besaron apasionadamente Ava Gardner y el torero, actor y poeta Mario Cabré. Allí se emborracharon Joan Crawford o Rita Hayworth; y en sus baños depositaron orines Cary Grant, Gregory Peck o Cantinflas. Todos pasaron por allí: Liz Taylor, Heimingway, Rainiero de Mónaco, Laurence Olivier, Jacinto Benavente, Errol Flynn, Sofía Loren, Gina Lollobrígida, Vittorio de Sica, Bette Davis, Lana Turner, Orson Welles, Giulietta Masina…

 

Todavía hay quien afirma que se comunica con El “Cock”, el local contiguo de la calle Reina; porque ésta se utilizaba como sala clandestina, de juego y de lo que hoy llamamos “after”.

 

Ir al Chicote era salir por un Madrid lleno de… Ruego me perdonen la expresión porque de tan manida ha perdido su significado que es verdaderamente éste: un Madrid lleno de GLAMOUR. Artistas que conversan y se emborrachan, que discuten, sufren de celos e infidelidades, pero que forjan una leyenda, a fuerza de lanzar copas al aire, besarse por las esquinas y trasnochar como si así se prolongara la juventud.

 

He explicado que esto no es un publirreportaje porque pese a toda la historia que guarda en sus entrañas el Museo Chicote, nada queda de aquellos fastos etílicos. Ni se conserva la colección de botellas de Perico Chicote, ni los dueños son de la saga de aquél. El local ha ido cambiando de manos, que han querido explotar su historia y clientela, sin abonar culturalmente el terreno. Queda eso sí, el dulce resquicio art decó de una época dorada, de una cristalera que guarda historias y sueños. Es un lugar bonito, agradable, pero inmerso de lleno en la cultura del despojo: su clientela poco tiene que contar; al menos, poco más que la de cualquier otro local de la Gran Vía. Los cócteles siguen siendo buenos, pero los precios resultan desorbitados. Por supuesto es impensable fumar en el interior, y se exhiben obscenas, un montón de fotos a modo de invitación a una época de esplendor que no termina de volver.

 

Detesto a quienes piensan que antes siempre era mejor que ahora, a quienes no son capaces de ver que el futuro es prometedor… Pero les aseguro que aquí no hay color.

 

No hay mujeres fatales que derriten con la mirada, sino chicas con mechas que derriten los hielos agarrando de forma tosca las copas. No hay juegos de seducción que terminarán en mito; sino jóvenes que parecen viejos y pretenden hacernos creer que tienen dinero. Es otro Madrid. No. No hay color. 

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Comentarios:

Añadir comentario
Vanesa says:

Y otro lado del Chicote de verdad. En la postguerra era uno e los mayores y mejores centros de extraperlo. Si querías penicilina o medias de seda, que eran dos de los productos más complicados y deseados, aquí tenías que acudir.

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