Madrid es decir siempre lo siento

Con la intención de escribir una nueva cartografía emocional y social no sistemática de la capital, la editorial Caballo de Troya pone a Mercedes Cebrián a las riendas de una antología de quince relatos titulada ‘Madrid, con perdón’. Por Elena Cabrera.


07 diciembre 2012

En el momento de convocar a una segunda presentación de la obra colectiva Madrid, con perdón, su antóloga Mercedes Cebrián indicó que aquélla se haría en Fnac Castellana y, para que nos ubicáramos, nos dió tres indicaciones que, para entenderlas, es necesario tanto conocimiento madrileñista que quedé conmovida: “un poco arriba, donde el antiguo edificio de HABITAT, al lado del Cortinglés de Generalísimo”.

 

Fan de Merceces. Mucho. En esa segunda presentación el 28 de noviembre Grace Morales, Carlos Pardo y Juan Sebastián Cárdenas repitieron la jugada que Álvaro Colomer, Jordi Costa, Natalia Carrero, Elvira Navarro y de nuevo la propia Mercedes ya habían realizado en La Central Callao el 15 de noviembre, presentados por Manuela Villa de Matadero Madrid y Constantino Bértolo, director editorial de Caballo de Troya.

 

Los arcos de la vaguada. Foto: hijadesastre. CC BY

Resulta excéntrico que una editorial tan ex-céntrica como Caballo de Troya facture un libro tan centralista como este Madrid, con perdón. Por eso, creo yo, se disculpa ya en el título, para que no se pierda la excusa en alguna página interior. Quieran que no, es inevitable colocar este libro junto a otro similar y anterior, Odio Barcelona, y hacer odiosas comparaciones. Dijo la antóloga en la primera presentación que no tuvieron presentes aquel libro que Melusina editó en 2008 pero que entendía que si Barcelona se había hecho su librito porqué no íbamos a tener los madrileños el nuestro, con perdón.

 

Por lo dicho, vemos que ser madrileño en la postmodernidad y en esto que vino después significa un algo así como darse un golpe en el pecho y decirse pues no estoy tan mal, pues no soy tan feo. Los que odiaban Barcelona lo hacen porque detestan lo buena que es; los que se aproximan a Madrid en este otro libro la aman, en cambio, por sus defectos.

 

En este momento de este texto mío tocaría un párrafo en el que yo extraigo con pinzas un pelo de aquí y un pelo de allá, picoteando en diferentes relatos un conjunto de referencias para cumplir con dos objetivos de cualquier artículo de la categoría libros: que se note que me lo he leído y que la lectora se haga una idea de qué tipo de popurrí tenemos entre manos. Pero no lo voy a hacer. Lo voy a copiar: “El Pirulí por aquí, la M-30 por allá, el Retiro para sentarse y la Gran Vía para un corre y verás palante y patrás. Voces: magrebíes en Lavapiés, latinos por Cuatro Caminos, cantonesas en Argüelles, gallego en La Moncloa, speakinglish en los campos de refugiados de Puerta de Hierrro, La Moraleja o Monte Claro. Un Madrid que es centro y periferia, término medio y puerto sin mar, capital y fuerza de trabajo, aluvión y secano, Broadway con persistente olor a bocadillo de calamares, Blade Runner y La ciudad no es para mí, tres churrerías, cien mil bares y unos Tipos Infames, pen drive, toros y el que no corre vuela, El Corte Inglés, Hotel Kafka y la calle del Pez, el FNAC, La Central del Reina Sofía y de Callao, y la librería La Modesta, donde sueño con que algún día vendan libros de esta editorial”.

 

A título personal, que es el título al que escribo siempre estas líneas en este medio, me interesa de un libro como este dos cosas: la psicogeografía urbana (vidas presentes solapadas con los fantasmas de vidas pasadas imbricadas sobre un callejero y ver qué pasa con todo eso) y mi autobiografía (que, como espumilla de la marea, alcanza los pies de estos autores que son, prácticamente todos, mis cogeneracionales). Por esto último, me parece vivir dentro de Una bolsa llena de cómics, de Jimina Sabadú y de Gaudeamus porque no nos queda nada, de Mercedes Cebrián.

 

 

He sido feliz leyendo Fenomenología de La Moraleja, mi relato preferido, escrito por Carlos Pardo, autor nacido en Madrid en 1975 (exactamente igual que yo) que nos mete en el autobús que le llevaba todos los días al Colegio Base de esta elitista urbanización y, casi sin notarlo, como pasa con los años escolares, curso a curso nos lleva al momento presente, casados, triunfadores o fracasados, recordando cómo eran las cosas entonces y cómo ahora. A mí me gusta mucho que me recuerden los sitios que ya no existen en los lugares por los que aún paseamos: la avenida del Generalísimo, Galerías Preciados, la calle General Mola, los bajos de Discoplay, los Wendy’s, el Madrid Rock, el Sears de Serrano, el economato de Telefónica, la cafetería Galaxia, el anterior edificio Windsor, el Voltereta. Le escuché hace poco a Mauro Entrialgo que alguien le había dicho que sabemos que somos viejos porque cuando abre una nueva tienda somos los que preguntamos aquí qué había antes. Las calles de Madrid se parecen, en general, a la interminable y atascada calle General Ricardos que, como escribe Grace Morales, “en sus aceras se sientan ancianos y parados a ver cómo clausuran, uno por uno, los negocios y la gente”.

 

Citando a Fernando San Basilio, cuyo relato cuento también entre mis favoritos: “¡Ah, se hace tan difícil hablar de las cosas que verdaderamente importan! Por ejemplo, las muchas maneras de entrar en La Vaguada!”.

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