Madriz Curator: Gonzalo Golpe

Editor independiente, especialista en autoedición y producción de fotolibros, profesor y comisario (aunque no le termine de convencer ese término). Gonzalo Golpe habla del mundo de la edición y de sus procesos curatoriales. Por Irene Calvo.


28 junio 2017

Gonzalo Golpe es editor independiente y profesor, especialista en autoedición y producción gráfica, coordinador expositivo y editorial, comisario y gestor de proyectos artísticos. Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Edición y Publicación de Textos por la Universidad de Deusto, dirigió “Siete de un Golpe”, un taller especializado en autoedición de fotolibros, ediciones de artista y producción gráfica. Su nombre se puede encontrar detrás de la edición de algunos de los grandes proyectos de fotógrafos como Cristina de Middel, Chema Madoz o Miguel Ángel Tornero.

 

Fotografía: Alejandro Marote.


 

Actualmente forma parte de La Troupe, un colectivo de profesionales de las artes gráficas dedicado al trabajo de autor, tanto editorial como expositivo. También colabora como editor en The Portable Photo, una colección de aplicaciones de autor de fotógrafos españoles contemporáneos, impulsada por el estudio Espada y Santa Cruz, y es el director de 64P, una colección de ensayos fotográficos publicada por La Fábrica Editorial. Además, imparte talleres sobre autopublicación, producción gráfica editorial y edición de fotolibros.

 

Gonzalo no está interesado en las exposiciones colectivas, ni aun siendo hipotéticas. Sin embargo, sí cree en los diálogos entre artistas y aquí ha sugerido dos. El primero es entre Elena Alonso, que desde el dibujo se relaciona con otras disciplinas como la arquitectura y la artesanía, atendiendo a las problemáticas de la afectividad del entorno; y Alejandro Marote, fotógrafo miembro del colectivo Blank Paper, en sus trabajos explora el entorno y las tensiones que se generan entre sus diferentes elementos formales. El segundo diálogo es entre Alberto García-Alix, uno de los grandes fotógrafos de La Movida, su imágenes son crudos acercamientos a la realidad, retratos directos y, normalmente, en blanco y negro; y Bernardita Morello Ganadora del Fiebre Photobook Dummy Award Artes Gráficas Palermo 2015, llegó a Madrid tras ejercer como fotógrafa de moda. Sus trabajos son reflexiones sobre el mundo que nos rodea y las diferentes maneras de vivirlo y sentirlo.

 

¿Cómo definirías la labor de un/a comisario/a?

 

Yo no soy comisario y supongo que hay tantas formas de entender esta labor como comisarios en ejercicio. Tampoco me gusta ese término, tiene demasiados ecos que pueden ser interpretados en clave autoritaria. Prefiero el término de curador que, además, establece un nexo directo con la labor del editor, dado que la curaduría significa estar al cuidado de algo, que es una forma clásica de definir el trabajo del editor.
Yo, como editor, trabajo con una autoridad delegada por los autores, ese es mi punto de partida. Desde allí creo que lo que hago es gestionar distancias: entre el autor y su obra, entre la obra y el lector, entre la obra y el editor, entre el editor y la comunidad lectora. Analizo y ayudo a gestionar esas distancias y las interacciones que se producen a diferentes niveles, en lo íntimo, lo personal, lo social y lo público. Creo que en esto se nota mi formación de filólogo y mi interés por la comunicación y la poesía.

 

¿Qué crees que hace falta para ser comisario/a?

 

Creo que existe una gran diferencia, tanto en el caso de los editores como curadores, cuando la persona que ejerce esa labor tiene una autoría propia. Esto también ocurre, por ejemplo, en el diseño editorial o expositivo y en la preimpresión, diría que en cualquiera de los oficios vinculados con la edición, producción y exhibición de obras de autor, ya sea mediante exposiciones o libros, el tener una obra propia, una pulsión creadora, les debería permitir un ejercicio de su profesión más consciente y pleno. En el mundo del arte no se entiende que un comisario pueda ser también artista, se actúa de forma recelosa, como si el habitar un mundo propio dentro de ese sistema le incapacitase para desarrollar una labor más de corte sistémico. Supongo que, si de navegar se tratase, no sería lo mismo enseñar a manejarse en aguas tan procelosas como las del arte si se ha navegado antes en infinidad de aguas y climas que si se ha estudiado, si se ha sufrido naufragios, si tienes tus propias cartas marinas.. Si hablo de mí, la edición, la enseñanza y la poesía son tres espacios de actuación que fuera de mí pueden parecer diferentes, pero que en realidad se retroalimentan constantemente dentro de mí. Y sin duda es la poesía, el aliento, lo que las vincula y anima.

 

Elena Alonso. “placa blanda 5”. De la serie “Canto blando”. Gouache sobre papel encolado en madera,
2016.

 

Alejandro Marote. De la serie “B (Water)”, 2014.


 

¿Por qué has elegido a estos/as artistas?

 

No hago exposiciones colectivas, de hecho, no recuerdo haber visto una que me interesase realmente, pueden estar bien resueltas, generar infinidad de conexiones e incluso ser coherentes o pertinentes, pero la verdad es que como curador/editor prefiero otros formatos expositivos que me permiten una mayor capacidad de inmersión en el discurso y en el trabajo con los autores, como los diálogos, por ejemplo.
Disfruto mucho de juntar a dos autores con un tema preconcebido o simplemente llevado por una intuición. A lo largo de estos años he hecho varios diálogos y es una fórmula que me sigue gustando, de la que disfruto mucho y que creo que sí puede arrojar resultados de hondo calado. Un editor no sólo gestiona obras, también temperamentos, afinidades, modos y tempos y creo que para mí todo esto es más controlable y apetecible si se da a menor escala y un núcleo de trabajo más íntimo.
Así puestos, en una onda de diálogos creativos y tirando sobre todo de la curiosidad y la intuición, me gustaría mucho plantear un diálogo no sólo entre autores, sino entre disciplinas, géneros y edades. Tengo claro que Elena Alonso y Alejandro Marote harían una pareja de lo más interesante. Hace tiempo que les sigo, conozco bien sus respectivas obras y creo que ambos están en un momento muy interesante tanto a nivel de producción de obra como de repercusión de lo que hacen.
Otro diálogo que me resuena desde hace no mucho en la cabeza, sería un dúo entre Alberto García-Alix y Bernardita Morello. Hay algo común a ambos, algo que es complicado de nombrar, que nace en las tripas y se tensa como una goma entre ellos y lo que fotografían, como un pálpito que les permite sentir cuándo tienen la foto. Este símil es de Alberto, no mío, me lo explicó una tarde que le preguntaba sobre la distancia de disparo y el porqué hacía fotos. Creo que no podré volver a ver sus fotos sin pensar en esa goma elástica que puede quedarse floja o romperse por forzarla demasiado.

 

¿Cuáles son tus referentes o ideales a la hora de comisariar?

 

Referentes ninguno, no al menos si hablo como editor. Por supuesto que hay exposiciones, ideas de montaje, combinaciones de autores y temas que me interesan, pero no establezco con ellos una relación de presencia continua de inspiración o guía en mi quehacer, que es lo que parece indicar eso de reconocer o tener un referente. Yo trabajo junto con los autores desarrollando un proyecto conjunto. Es algo orgánico y que tiene fuentes comunes, puntos de origen o destino que pueden ser compartidos, pero cuando se trata de un proceso tan íntimo me gusta pensar que lo que se pretende es alentar lo personal y no reconocer filiaciones, eso mejor dejárselo a los críticos, que sin la comparación como herramienta de discurso sus palabras perderían mucha jerarquía… Como espectador y de lo último que he visto me gustó mucho el comisariado que Nicolás Combarro ha realizado con la obra de Café Lehmitz de Anders Petersen y que está dentro de la Carta Blanca que PhotoEspaña ha otorgado este año a Alberto García-Alix. Nicolás ha sabido trasmitir al gran público la enorme ternura de ese trabajo.

 

Alberto García-Alix. “Otto 1987”, 1987.

 

Bernardita Morello. De la serie “Edén”, 2015.

 

¿Qué tienen en común la curaduría y la edición?

 

Para mí, el editor es un interpretador; su labor no pasa por dar sentido a la obra, esa es la misión del autor, su trabajo consiste en arrojar luz sobre las particularidades del proceso y el soporte elegido, para que el autor pueda tomar el control de la materialización del discurso. Un editor es alguien que más que un conocimiento especializado sobre el producto libro, tiene una relación íntima con la producción, gestión y difusión del conocimiento humano. Debe ayudar al autor a identificar y acotar la esencia del mensaje para poder distinguirlo pertinente de lo superfluo, lo accesorio de lo fundamental, así como a preparar la obra para su difusión sin que la forma o el canal elegidos desvirtúen el propósito del autor. Es alguien capaz de dimensionar el discurso, hacer que éste sea más eficaz, menos redundante, más coherente al medio elegido. Los autores necesitan de los editores y viceversa, pero esta relación debería darse siempre en una clave igualitaria, de autoridad compartida, de respeto. De todos modos, un editor no solo hace libros… Todo conocimiento es susceptible de ser editado, independientemente del medio y el dispositivo que se utilice. Se tiene una visión muy limitada del trabajo del editor y a menudo se suele confundir con el del publicador. Creo que puede haber muchos puntos en común entre un curador y un editor, pero todo depende no del rol que desempeñan, sino de cómo lo hacen, por eso es tan complejo opinar, porque detrás de esa etiqueta hay siempre una persona, con sus intereses, sus ambiciones, sus principios… Yo creo que independientemente de cómo negocie con su ego y el de los autores, al final lo que cuenta es cómo gestiona esa autoridad que le otorga el sistema frente a los autores y frente a la comunidad. Para mí por mucho que el comisariado o la labor de un editor puede (e incluso debe) tener un espacio para la definición personal creo que antes que nada es una labor de servicio: a los autores, a las obras y a la comunidad. Realiza un trabajo de irrigación del cuerpo social, que puede tener como objetivo alimentar, desarrollar o revelar diferentes aspectos de su funcionamiento.

 

¿Qué ocurre cuando comisarías un proyecto que viene de un fotolibro? ¿Se trata de un proceso de adaptación al espacio físico o, por el contrario, trabajas una nueva interpretación del proyecto?

 

Pienso que el libro es un dispositivo espacio-temporal, es decir, es un mecanismo comunicativo que confiere al autor la capacidad de plantear un diálogo al margen del tiempo y el espacio. El autor de fotolibros toma un espacio contenido entre planos de papel, limitado por un lomo y unas cubiertas, y construye una narración a través del pasar de páginas, cuya primera instancia puede ser de naturaleza física, pero que en el ejercicio comunicativo pasa a ocupar un espacio mental y emocional dentro del lector. La modulación de este espacio y tiempo compartidos es la razón de ser del fotolibro. Esto es lo que el libro ofrece y demanda como soporte de creación. El libro es una materialización más del proyecto fotográfico, en este sentido la fotografía funciona de forma diferente a otros medios artísticos, es más versátil. El autor trabaja en un tema que acaba plasmando en un proyecto, de este devienen diferentes manifestaciones, como las exposiciones, el fotolibro, una app, una página web de proyecto, un audiovisual… Pero lo primero es siempre el proyecto. Por lo tanto no es nunca un proceso de adaptación, sino de interpretación, de lo que el espacio y el medio pueden ofrecer al fotógrafo para expandir su discurso, al menos idealmente hablando.

 

Como editor apuestas por la autoedición y la autopublicación, ¿te interesa también el autocomisariado? ¿Cuál es el papel del editor y del comisario en estos casos?

 

El mismo, no desaparecen, sólo se transforman, cambian de referentes y probablemente su soldada sea menor(si cabe…), pero siguen siendo imprescindibles.
Nunca antes fue tan sencillo ser editor o autoeditarse un libro y, de la misma forma, nunca antes el mundo del libro estuvo tan necesitado de voces autorizadas que construyan, desde el criterio y la experiencia, modelos editoriales sensatos y flexibles de autores que llenen las estanterías de obras plenas de sentido. Algo similar está ocurriendo en el mundo de las exposiciones de fotografía y creo que es una muestra de salud. Sin embargo, creo que hay palabras como “criterio” o “talento” que en este ámbito son especialmente peligrosas, incluso dañinas. El mundo del arte es un mundo profundamente clasista, como lo son también los festivales, las galerías y pueden serlo también (lamentablemente) las escuelas.
Parece que el galerista, el comisario, el maestro, son seres cuya experiencia y conocimientos los dotan de forma inmediata del poder de la visión preclara, son faros que han de alumbrar a los autores sus secretos, tahúres que conocen las reglas de ese mundo secreto, llamado Arte, al que todos quieren acceder y del que ellos tienen las claves de entrada. No es justo generalizar, pero cuando se oponen tantos intereses, a menudo antagónicos, a los que animan la pulsión creadora, es fácil que el resultado sea insatisfactorio para muchos de los que participan, sobre todo para los verdaderos financiadores de todo esto: los autores.
Yo siempre les digo lo mismo a los autores y a los alumnos: “Lo mejor que tienes por ganar en esto es a ti mismo”.

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