Marta tiene un marcapasos

EL MUSICAL BASADO EN LA DISCOGRAFÍA DE LOS HOMBRES G LLEVA DESDE EL 10 DE OCTUBRE AFINCADO EN LA GRAN VIA REMEMORANDO LA ESENCIA DE LOS MANIDOS AÑOS 80.
Por María Aller 


26 noviembre 2013

 

Nací en 1982. Soy la pequeña de tres chicas en mi casa. Me llevo ocho y diez años con ellas. De modo que es algo normal que pasase mi infancia rodeada de música de Los Inhumanos, Los Ronaldos, Mecano, etc. Además, mi pronta afición por la televisión hizo que aprendiera a manejar el video Beta antes que a hablar. Así, entre capítulo y capítulo de Las Chicas de Oro, veía las cintas que mis adolescentes hermanas se dedicaban a recopilar, rebosantes de video clips y actuaciones del programa “Tocata”. Recuerdo mejor los videos de Dire Straits o Pet Shop Boys que a Los Diminutos o los Snorkels, y siento más apego a los videoclips “Take on me” de A-ha, el “Who’s that Girl” de Madonna, o “Stuck with you” de Huey Lewis and the news que a Oliver y Benji.

 

 

Pero si hay algo de esa década que me dejó marcada fueron sin duda los Hombres G. Memoricé sus canciones, Sufre Mamón fue la primera película que vi en el cine, y David Summers se convirtió en mi primer mito sexual mucho antes de que yo supiera lo que significaban esas dos palabras.

 

En su segundo largometraje, Suéltate el pelo, aparece mi barrio, y el día que estuvieron de rodaje, mi hermana y yo bajamos a verles junto a la asidua marabunta de fans. Creo que ese fue el primer recuerdo de que se me congelara la sangre por primera vez, cuando Daniel Mezquita, el guitarrista, me quiso saludar. Ni le miré, estaba bastante ocupada intentando esconderme detrás de mi hermana. La misma jugada se repitió cuando paseando con mi madre por la Castellana, nos cruzamos con Javier Molina, el batería, y mi madre se paró para que me firmara un cuaderno de “pinta y colorea”.

 

Sí, soy una chica cocodrilo. Y como tal fui feliz en el 2003 con su vuelta y más en sus conciertos, en los que siempre acababa igual: afónica, a punto de llorar y con ganas de quitarme el sujetador, como buena fan que soy de ellos. Por eso tenía mi curiosidad de ver el musical, al que fui con una amiga, otra hermana pequeña –total, me tragué el de Mecano, ¡éste no iba a ser menos!-.

 

 

La Gran Vía ya tuvo su anterior revuelo ochentero en el 2005 con Hoy no me puedo levantar, y el actual espectáculo sigue el mismo esquema: argumento que engrana las historias de las canciones, en algunos casos insertadas con calzador. La protagonista es Marta, una chica con problemas de corazón que viene a España a conocer a su padre, un hippie que ha montado un chiringuito en la playa llamado Nassau. Allí conoce a Nico, un chico muy tímido, y también a Indiana, un tipo muy gallito.

 

La trama y las coreografías van ornamentadas con colorines y jolgorio quinceañero, todo muy en la línea “a tope de power”, como buen musical de estas lides que se precie: una escenografía de nivel, y unos actores con mejor voz que el propio David Summers.

 

Pero los ochenta ya han pasado, y los romances empalagosos han cambiado de texturas y ya no son lo que eran. Ni tampoco los roles sexistas, afortunadamente. La historia representada era de lo más propia para épocas pasadas. Para actualizarla se ha decorado con redes sociales y chascarrillos de hoy en día. Por mucho que se empeñen en decir lo contrario, los jóvenes han cambiado de veinte años hasta ahora, y esto hace que chirríe un poco, igual que ciertos gags sexistas que se ven sobre el escenario.

 

 

Ahora España está más modernizada, y por tanto sus adolescentes también. Las aulas que antes llenaban alumnos de COU ahora las ocupan chavales con gadgets en sintonía con la actualidad, y que saben más del mundo de lo que hubieran querido sus padres. Y esta función que rezuma inocencia y altas dosis de ñoñería resulta arcaica a día de hoy.

 

La vuelta a los escenarios de los Hombres G hace unos años ha hecho que su música siga gustando a los hijos de sus primeros fans, pero su musical va dedicado a una generación que pasó sus años de instituto entre la candidez y la ignorancia. De ahí que sea normal ver sobre todo entre el público a cuarentañeros, cincuentañeros, pijos madrileños de a pie en aquellos años, pertenecientes a la primera legión de fans.

 

Como ultra fan que he sido es normal que considere esta función un sacrilegio. De acuerdo, me ha entretenido, pero me quedo con los directos de su década pletórica. La esencia de esos años ya pasó, no intentemos exprimir donde no hay.

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