Mirar del revés para no ver lo mismo

Las galerías Leandro Navarro y Maisterravalbuena presentan una insólita colaboración: dos exposiciones tituladas igual, “El tomillo y la hierba en el techo de mi habitación”, que ponen en diálogo obras de Antonio Ballester Moreno y Benjamín Palencia. Hasta el 27 de octubre. Por Juan Canela.


03 octubre 2018

Corrían los años treinta del siglo pasado cuando Alberto Sánchez (Toledo, 1895-Moscú, 1962) y Benjamín Palencia (Barrax, Albacete, 1894-Madrid, 1980), fundadores de la Escuela de Vallecas, salían a pasear cuando el sol más apretaba por los suburbios de Madrid recogiendo ramitas, piedras o pequeños objetos que luego pintaban en sus lienzos. Influenciados por el surrealismo, elegían las horas de más calor para subir a los cerros y mirar el paisaje del revés metiendo la cabeza bajo las piernas, y así aprovechar los estados alterados producidos por la fatiga, el calor y el mareo. Pese al desconocimiento del movimiento por gran parte del público, en los últimos tiempos ha brotado un interés desde distintos espacios artísticos y culturales, que no hace más que corroborar la innegable importancia de la Escuela de Vallecas en la conformación de una vanguardia singularmente española. Palencia y Sánchez compartían intereses con los poetas de la generación del 27, y sus ideas transitaban entre una nueva pedagogía que desde el arte se acercaba a la naturaleza y las costumbres populares, proclamando una modernidad basada en las tradiciones y desconfiando ya del Movimiento Moderno, el maquinismo y los lenguajes artísticos racionales.

 

Benjamín Palencia. “Arquitecturas”, 1928.

 

Antonio Ballester Moreno. “Triángulos amarillos”, 2018.

 

El estudio de Antonio Ballester Moreno (Madrid, 1977) se encuentra situado en aquellas zonas que Sánchez y Palencia frecuentaban en sus caminatas. Desde ahí desarrolla una práctica artística que ha ido evolucionando para hacerse cada vez más esencial y telúrica. Comenzó con el audiovisual, pero pronto pasó a la pintura para ser más consecuente con sus ideas, acercándose a lo próximo, a lo artesanal, a la tradición, a la naturaleza, a la tierra, a la vida enraizada todavía en los ciclos vitales. Entendida como una actitud casi punk, la pintura le permitía liberarse de la tecnología y trabajar con sus propias manos, aplicar en la práctica lo que venía ya pensando desde sus inicios. Lo manual, poder pintar, pero también hacer pan, vino, cultivar los alimentos, hacerse la ropa. Ahí, en pequeños actos de volver a realizar ciertas labores que poco a poco se van olvidando, es donde podemos romper la dinámica a la que nos condena el sistema. Si en aquellos años del inicio del pasado siglo aquellos artistas que pisaban la entonces tierra rural de Vallecas desconfiaban de la modernidad, hoy ya no hay duda de que necesitamos redimensionar las indiscutidas premisas ontológicas de corte racionalista y dualista que sostienen al mundo moderno.

 

El año pasado, Ballester Moreno realizó en La Casa Encendida la exposición “¡Vivan los campos libres de España!“, que generaba ya un estrecho diálogo con la Escuela de Vallecas y desplegaba el imaginario del artista, en el que la geometría, los colores primarios y las formas sencillas conforman un paisaje desnudo de exotismos. Las montañas son triángulos, dos triángulos son estrellas, el sol y la luna son círculos, y las telas de yute pintadas de dorado son los infinitos campos de trigo castellanos.

 

Antonio Ballester Moreno. “Luna y planetas”, 2018.


 

Bejamín Palencia. “Rostro”, 1930.


 

Esta exposición fue el germen de “El tomillo y la hierba en el techo de mi habitación”, un proyecto que se presenta estos días en las galerías Maisterravalbuena y Leandro Navarro y que pone en diálogo obras de Benjamín Palencia y Antonio Ballester Moreno. Al leerlo, pensé rápidamente en uno de esos hatillos de plantas medicinales o aromáticas que cuelgan de los techos de las casas en el campo. Pero en realidad la frase está tomada de un escrito de Palencia de 1932 en la que defiende un hacer que se base en lo inmediato y lo conocido, pero a través de una mirada desafiante que ponga al revés la lógica de lo aprendido. Una forma de hacer que sigue teniendo vigencia, y cuyas directrices y consecuencias tienen todo el sentido del mundo no sólo en diálogo con la práctica del propio Ballester Moreno, sino con aquellas corrientes estéticas y de pensamiento que abogan hoy por otros modos de entendernos en el universo. Si Palencia quería traducir al lenguaje pictórico la vida interior de una piedra, un arroyo, la hojarasca o una zarza, en la práctica de Ballester Moreno color, forma y ritmo nos colocan en un entorno natural en el que todo se relaciona con todo generando un evidente espacio común entre seres terrestres.

 

Vista de la exposición en la galería Maisterravalbuena.


 

El diálogo que se genera a nivel estético con los dibujos de uno y las pinturas de otro no es obvio, pero se intuyen dos miradas alejadas en el tiempo con una búsqueda común de la esencia, del origen, de lo ancestral. Nos enfrentamos entonces a los resquicios temporales, a las influencias pasadas, a un importante legado que muchas veces perdemos por los compartimentos demasiado estancos que construimos. La colaboración entre ambas galerías es algo inédito en nuestro contexto. Leandro Navarro es una galería dedicada al arte moderno, y Maisterravalbuena a las prácticas más contemporáneas. Ambos circuitos suelen funcionar casi sin tocarse, aún siendo obvio que no existe una divisoria entre épocas sino un flujo natural y constante. De ahí la singularidad y pertinencia del esfuerzo del proyecto al visibilizar la riqueza de este tipo de conversaciones, algo que debería ser mucho más habitual. En los espacios de ambas galerías encontramos algunos de los dibujos de Palencia de los años 30 que conversan sutilmente con algunas pinturas de Ballester Moreno colgadas del revés, jugando un poco con aquel mirar entre las piernas para no ver lo mismo. Pareciera que las orgánicas, delicadas y surrealistas formas de los dibujos de uno encuentran un extraño encaje con las geométricas formas de colores planos del otro. Soles, lunas, campos, extraños cuerpos humanos y animales, lluvia, caminos, o figuras ancestrales conviven en una amalgama vital que acentúa la perpetua corriente natural. En este mundo híper-conectado, líquido y veloz una vuelta a cierta esencia es necesaria. Y las obras de Antonio Ballester Moreno y Benjamín Palencia nos invitan a atender a lo muy cercano, a crear conexiones sensibles inesperadas y a conformar un lenguaje poético a partir de un estrecho diálogo con la tierra y una intensa presencia del ser.

 

Vista de la exposición en la galería Maisterravalbuena.

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