Moda Low-Cost. Nueva arma de seducción masiva

¿Es posible vestirse siendo fieles a nuestros valores sin traicionar a nuestros bolsillos? Por Lola Elkin


03 noviembre 2015

Foto: Pabloibanez.

Foto: Pabloibanez.

 

Dos bragas a 3 euros, vaqueros ajustados a 9,90, pijamas por menos de lo que vale un metro bus… Lo que antes sonaba a mercadillo de domingo frente al Carrefour, hoy sirve de reclamo a la revolución del Low-Cost.

 

Si hablamos de moda, la moneda siempre tiene dos caras. Por un lado, están los que opinan que gastarse grandes cantidades en ropa, además de superficial, es tirar el dinero, y por otro los que dicen que comprar en tiendas baratas es una forma de contribuir a la explotación de la mano de obra barata y por ello un acto irresponsable. Parece que la tarea de acertar con el qué ponerse sin que suponga una traición a nuestros valores o un asalto al bolsillo, no es nada fácil.

 

La fiebre consumista está siendo de nuevo motivo de crítica estos días tras la reciente apertura de la macro tienda de la cadena de ropa Primark en la Gran Vía madrileña. El consiguiente escrutinio mediático de su política de precios reducidos no se ha hecho esperar —otra paradoja del capitalismo— siguiendo con el escándalo de la recientemente destapada explotación laboral del grupo Inditex en sus fábricas de Asia. Lo cierto es que, tenga o no doble rasero, el Low cost es una tendencia muy en sintonía con los tiempos que corren, y con esta misma dinámica de contradicción, hedonismo y ahorro hacen piña los hipermercados de moda barata, que se instauran en el eje comercial de la ciudad con mayor ostentosidad que firmas de mucho más postín.

 

Vía Campaña UNICEF

UNICEF.

 

Pero la llegada del gigante irlandés al centro solo evidencia lo que desde hace años es una realidad, que comenzó con la proliferación de los Lefties de Armancio Ortega por el centro y se extendió con la sutil conquista de los barrios por parte de numerosas cadenas asiáticas tipo Oasis o Modelisa —con las consecuencias directas que su facturación sumergida encierra para la economía del país—; de las tiendas online ya ni hablamos. Que el mundo de la moda tiene y ha tenido siempre cierta incoherencia, y que conlleva un trasfondo sórdido oculto tras el glamour de su portada (modelos anoréxicas, mano de obra infantil, etc), no es nada nuevo. Tanto la alta costura como el Low cost parten de un mismo principio: hacer dinero y, aunque parezcan polos opuestos, lo cierto es que siguen directrices paralelas a la hora de conseguirlo. Escandalizarse a estas alturas del juego parece que tiene más de sensacionalismo que de verdadera consternación.

 

Los consejos de los expertos en esto de vestirse para algo más que abrigarse parten de un sensato principio: encontrar el equilibrio. Algo que viene a significar que, ni te vuelvas loca elaborando a diario diferentes cutre-looks con tus recién adquiridas gangas, ni te gastes medio sueldo en renovar tu armario cada temporada. Si no quieres parecer la metáfora andante de una cocina de Ikea en formato textil —repetida en serie con cero originalidad y carisma—, lo mejor es que del Low cost te quedes solo con lo básico (véanse calcetines, medias, camisetas, algún vestido y pantalón) y que inyectes algo de personalidad a tu estilo eligiendo otras prendas y accesorios más exclusivos y con mayor detalle.

 

Para esto, en Madrid tienes desde un extenso ramillete estacional de mercados de diseño (como el Mercado Central de Diseño, el Mercado de Motores, el Ciento y Pico Market o el Nómada Market), muy en boga también de un tiempo a esta parte, hasta las tiendas de ropa vintage y de segunda mano repartidas por Malasaña (Magpie, Retro City, El Templo de Susú, La Mona Checa, Williamsburg, Miss Vintage, entre muchas otras), o las de firmas más alternativas del eje triBall (Monkey Garden, Espacio García, Nest, Dolores Promesas, Scarly o Kling), bautizado hace unos años con el atractivo pseudónimo del “Nuevo Soho Madrileño”.

 

Confessions of a Shopaholic

 

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