Moríos todos: la nueva canción protesta y el monstruo de Frankestein

Cuatro bandas de Madrid que cantan miserias políticas. Por Ángela Cantalejo


11 noviembre 2014

“El rock and roll es fuego, es como el viento o la lluvia, es un elemento. No tiene nada que ver con dinero ni con nada (…) El rock and roll es burlarse del mundo”.

—David Briggs

 

Ornamento y Delito.

Ornamento y Delito.

 

Han aparecido últimamente críticos dispuestos a demostrar que esto de la música indie es la nueva manera que tienen los White Western Males (Hombres Blancos Occidentales) de “elitizar” todo lo que pasa por sus manos. Al final, sólo consiste en desatar el afán individualista por superar a la masa y ganar la carrera del consumismo posicional, que no viene a ser otra cosa que demostrar metafóricamente a tu vecino quién la tiene más grande, ya sea con una bici de 4.000 pavos, ropa raída súper trendy del armario de tu tía muerta que se vende a 100 euros el kilo o vinilos rara avis de ediciones limitadas e insufribles.

 

No negaremos que la contracultura ha hecho mucho daño en todo esto poniendo de moda ser guay, antiliberal y, preferiblemente, cultureta politoxicómano. Lejos queda ya el meadero de Duchamp que se mofó en la cara de todos nuestros leídos bisabuelos o la declaración de intenciones del “Yo soy el anticristo” de nuestros entrañables amigos Sex Pistols. Pero lo que no terminan de entender los de cuna ilustrada es algo tan sencillo como que la música es, sin lugar a dudas, el arte menos elitista de todos. Al menos, la música urbana. Y no lo digo yo, lo dicen figuras de la estética musical como Enrico Fubini cuando afirma que la música no tiene, generalmente, forma académica. Personas completamente ignorantes de esta disciplina pueden acercarse a ella de forma intuitiva porque hay algo visceral e instintivo en el sonido. Un acercamiento a la definición de música pop, en definitiva, con la que nada ni nadie podrá especular o traficar por mucho que se empeñen.

 

Huyan, por tanto, de la concepción de “independiente” como “auténtico” o “genuino”: harán un gran favor al deshumanizado mercado si son tan ingenuos de creerse la falacia de que algo o alguien, en estos días de espejos y clones, es auténtico. Al fin y al cabo, la historia del arte es la historia de la imitación y la copia, no lo olvidemos. Lo que demuestra que, finalmente, los que sienten la música de verdad intentarán alejarse raudos de su manipulación puramente mercantilista para abrazar el concepto “indie” como lo que era en su estado primigenio: hago lo que me da la gana como me da la gana sin importarme un carajo lo que dicte la industria. Y todo el que cumpla esta premisa, es indie.

 

Dicho esto, no vayan a creer tampoco que lo que diremos a continuación es algo sorprendente o innovador. No lo es. La canción protesta lleva sin ser “original” desde los cantos de los esclavos en los campos de algodón que, por entonces, maquillaban las letras para evitarse latigazos del capataz de turno. No vamos a obviar que el blues y el jazz hicieron lo que pudieron. Tampoco olvidaremos que nadie cantó jamás “Strange Fruit” como Billie Holiday, ni siquiera Billie Holiday. Y es que, contaban por los mentideros de la época, que cada vez que terminaba de interpretar el tema corría hasta el camerino para vomitar. Se ponía literalmente enferma. Como si ella misma fuera esa fruta marchita y rara a la que cantaba, ese “cuerpo negro que se balancea en los árboles sureños” como los ahorcados a cientos por el KKK.

 

“Strange Fruit” y los vómitos de Lady Day nos demuestran que la canción protesta nunca podrá ser algo complaciente o servicial, al igual que el indie, aunque algunos quieran lucrarse agradando a todos.  Desde ese mítico tema en contra de la segregación racial hasta nuestros días, han pasado por el escenario de la música crítica numerosos artistas de todas las nacionalidades que se convirtieron en la voz unánime de su sociedad demostrando que la injusticia y la frustración se pueden cantar, igual que el amor o la tristeza, sin que sean dominio de izquierdas o derechas; sin que tengan que ser benévolos con unos u otros. Se trata, gran parte de las veces, de centrar la diana de la protesta en quien permite, impasible y sin mirarse el ombligo, que la situación continúe.

 

El mejor ejemplo lo hemos encontrado en los casi debutantes Biznaga, que con su primer LP “Centro Dramático Nacional” (2014), aúllan letras como esta de su tema “Maquinas Blandas”:

 

“El culto a lo personal es una trampa
La autonomía de la gente, una falacia
Sana disidencia, rebeldía inofensiva
Redoble de conciencia teledirigida

 

Tira esa mortaja ya, y vete de rebajas
La universidad no sirve para nada
Convalida títulos, homologa moldes
Imita a tus ídolos, conoce a tus clones”.

 

 

Duele. La crítica social es, quizá, más cruda y más hiriente que la crítica política, basada esencialmente, en una rabieta infantil hacia el padre autoritario. La crítica social nos hace responsables, ahonda en el verdadero problema: el votante que tolera, aturdido por las bondades de la vida acomodada, que Papá Estado llene bien su saco mientras agujerea el hatillo del resto. Somos algo así como soberanos sadomasoquistas, un punching ball de la nación que tan irónicamente expresan Los Punsetes, otra banda madrileña que ya nos tiene acostumbrados a su irreverencia, aunque algunos mojigatos hayan querido asociar el salvajismo de la letra de “Me gusta que me pegues” al maltrato machista. Nosotros, más bien, vemos la impotencia de toda la sociedad hecha canción.

 

“Me gusta que me pegues, me siento importante,

Y no me defiendo por no molestarte (…)

Afílate los puños en mi cara, escúpeme a la cara por una buena causa (…)

tus golpes son siempre pertinentes”.

 

 

Más letras incendiarias encontraremos en breve en el segundo álbum de Pasajero, que saldrá a la luz a principios del año que viene y cuyo single, “Intocables”, arremete directamente, de forma algo más poética, contra la chusma cleptómana de lo público:

 

“La zona gris bajo el control de los cerdos
devora el corazón y quiere más dinero

Pero caeréis,
es cuestión de tiempo que arda vuestro plan con vosotros dentro

¿No veis que no sois intocables?”

 

Foto: Karlos Sanz.

Foto: Karlos Sanz.

 

Al más puro estilo del punk clásico, nos despedimos con los gamberros y brutales Ornamento y Delito. Su último trabajo, “El Espíritu Objetivo” (2014), el disco más político de todos los anteriores y que incluye temas como “El Fin de las Ideologías” o “Laissez Faire”, donde se entonan estrofas como “todo lo vuelves mierda: coche de mierda, hospital de mierda, universidad de mierda, grupo de mierda”. Mención aparte merece uno de los temas descartados para el álbum, llamado “Razón de Estado” y que reflexiona sobre el estado de la democracia y las instituciones:

 

“La justicia choca contra
La razón de Estado.
Fantaseas con volar
Por los aires el Senado.
¿Les falta legitimidad?
A qué te atreves quién te aplaudirá.

 

Tú no tienes fe en Alá
Ni amor a la patria
Y no sabes qué hacer ya
Con la democracia,
Si la palabra no es capaz
De atar más que sonidos al azar,
Si la palabra no es capaz
De obligar a nada”.

 

 

Sociedad enferma y bandas (o cultura, en general) que tratan de hacer frente a esta disfunción terminal con cuidados paliativos en forma de canciones, poemas, pinturas, grafittis o fotografías. Terminará muriendo de vieja y de mentirosa. Y nos daremos cuenta de que la sociedad es un artificio que engendramos todos hace tiempo: un Frankestein colectivo.

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Comentarios:

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Lope says:

Me gusta!!! Razón…y grupazos!!!

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