Nat Simons: “La música debe ser un fin en sí misma”

Esta madrileña se ha metido en un buen berenjenal: es guapa, simpática (aunque no demasiado extrovertida), canta en inglés, hace discos bien bonitos de música americana y, para más inri, parece ser poco ambiciosa en esto del éxito. ¿Una rara avis del panorama musical actual? Por Ángela Cantalejo


08 julio 2015

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Natalia García (o Nat Simons, artísticamente) es casi una recién llegada al mundo de la música. Antes probó otras disciplinas como la poesía, la pintura o, incluso, el cine pero “ser tan dispersa” no ayudó mucho a encontrar su verdadera vocación y lograr “profundizar realmente en algo”. Pero un buen día comenzó a aprenderse de memoria el repertorio de Bob Dylan y, con los cuatro acordes que tocaba en la guitarra, empezó a componer canciones para él, como si el bueno de Bobby estuviera a su lado escuchándola y sonriendo. “Me introduje en esto por la música americana, pronto empecé a componer mis propios temas y, un día, gracias al empeño de mi ex pareja, me subí a un escenario a cantar”. Y resultó que por fin había encontrado “lo suyo”. “Es todo bastante contradictorio: por un lado, subo al escenario temblando, con la cara roja y ardiendo de la timidez; por otro, con el pensamiento de que ese era el sitio donde debía estar”.

 

Así que empezó a tomarse a sí misma en serio y todo vino rodado: la grabación de su primer LP, Home On High (Manifiesta Records,2013), ser elegida “Mejor Artista Español” por los oyentes de Toma Uno, en Radio 3; tocar en el Primavera Sound como artista emergente, publicar un EP hace tan solo unos meses y, este próximo fin de semana, ser el plato fuerte de la representación patria en el Huercasa Country Festival, el primero de nuestro país especializado en country-folk de raíz americana.

 

Aún así, reconoce que por el camino ha habido muchos elementos disuasorios: “Mucha gente no entiende por qué canto en inglés y lo entiendo. Pero cuando compongo no tengo referencias de música española, sólo de rock-folk de los 70 cantado en inglés. Supongo que sería como si alguien quisiera escribir la letra de unas sevillanas en japonés, simplemente no sale.” Y es que, ante todo, Nat Simons es una mujer realista y es consciente de que su música es difícil de encajar en el panorama “indie” actual. “Realmente este género lo cultivan pocas bandas o solistas en España, pero estoy acostumbrada a no encajar” y ríe. “Nunca me he sentido cómoda con la gente o los espacios donde me tocaba estar, supongo que será porque siempre queremos lo que no tenemos y siempre he soñado con vivir en otras épocas o en otros lugares”. Eso sí, ahora que ha encontrado su sitio, su escena, parece que nada puede pararle los pies “me hice independiente con 20 años, me fui a Londres, he vivido en muchos sitios y, la verdad, estoy acostumbrada a vivir con tan poco que, aunque a veces haya momentos duros, soy capaz de hacer malabares para poder dedicarme a lo que me gusta”. Esta tenacidad la demuestra también al hablar de su relación con la música: “Mi música acabará cuando acabe mi ilusión, pero no por nada más. Al final, no es más que el eterno debate de si compones para ti o para el público, para vender…Pero la música es un fin en sí misma, no puedes usarla como medio para otra cosa”.

 

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Le mueve la pasión y no puede evitarlo. Confiesa que se sentiría “eternamente infeliz y gris” si tuviera que trabajar en una oficina y reconoce que le encantaría tocar en un teatro con Ryan Bingham, “en un sitio con buena acústica, que para el sonido soy muy muy meticulosa”. También lo es con la producción de sus trabajos y por eso, en su nuevo EP, Trouble Man (2015), ha querido intensificar el sonido rock y abordar matices “más eléctricos”.  Reconoce que le gustaría experimentar con estilos más oscuros y está profundizando en ello para sus próximas composiciones aunque, pinte como pinte el futuro y le lleve donde le lleve la música, nunca olvidará aquella noche en que cumplió el sueño de tocar en mitad del campo: “Siempre había idealizado la vida campestre hasta que tuve que cantar con una nube de mosquitos que invadía mi boca, mis ojos, mis orejas… hasta que alguien del público decidió que era mejor fumigarme entera”, recuerda entre risas.

 

Natalia no tiene prisa. Hace tiempo que encajó en un sonido precioso, con aroma a hierba cortada, cálido como este sol de julio luminoso y certero. Lo hizo, precisamente, porque nunca le hizo falta encajar en nada.

 

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