Ni putas ni canallas

Una crónica sobre la calle Padre Xifré. De la mítica sala Rockola a las máquinas de vending, sus aceras han sido testigos de todo. Por Elena Cabrera


06 octubre 2015

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La calle Padre Xifré tiene dos orillas. En una de ellas nunca pasa nada, a excepción de las riadas de alumnos y alumnas que entran y salen, a unas horas muy concretas, del enorme colegio religioso Padre Claret. El resto del tiempo, en especial por la mañana, es una acera simple y sencilla, más bien aburrida, de pared enladrillada. Los antiguos alumnos cuentan que, en un pasado no muy lejano, a los niños y niñas malas los curas les pegaban con la regla en la yema de los dedos. Dicen que ahora ya no lo hacen, pero en el barrio no solo se acuerdan de eso, sino también de cómo algunos profesores y maestros se cruzaban la calle para rondar, de reojo o no, a las trabajadoras del sexo que ofrecían sus servicios en la acera contraria, que es la verdaderamente interesante de esta historia.

 

No obstante, del mismo lado que el Claret cruzando el paso de cebra medio borrado sobre el asfalto de la calle Corazón de María, nos situamos al pie de Torres Blancas, uno de los edificios míticos y místicos de Madrid. El arquitecto de Torres Blancas, que por cierto, no son blancas, era un gigante aburrido de jugar a las damas que un día cogió todas las fichas y empezó a hacer torres un poco desordenadas y le quedó una cosa extraña y mágica desde fuera y una tortura para amueblar desde dentro. Los dueños de los salones circulares se ven obligados a hacer sus muebles a medida. En contrapartida, reciben el delicioso olor del diesel de todos los coches que pretenden entrar a Madrid por la Nacional II, así como la envidia de los conductores que, parados en el atasco, observan la imponente belleza de la arquitectura de la torre. El mismísimo Jim Jarmusch se quedó fascinado con el encuadre y en su película “Los límites del control” montó la terraza de un bar (inexistente en la vida real) en Padre Xifré para sentar allí al solitario Isaach De Bankolé.

 

Volviendo a la acera exputera y excanalla, que es la que nos interesa, vemos que no queda rastro de las obreras del amor. Con el reciente cierre del bar Oca’s el pasado verano por jubilación, ha muerto el último vestigio rocanrolero de la mítica calle Padre Xifré. En esta corta travesía, encontramos hoy el enorme supermercado de la salud Hidelasa, donde aceptan el pago en pesetas para comprar una silla de ruedas; un Carrefour Express que pretende hacerle la pascua al supermercado alemán Aldi que está a unos metros más abajo; el local de trasteros en alquiler llamado Vifra, con su fachada pintada de hortera verde chillón; el mencionado Aldi, imprescindible recurso para las economías precarias del barrio durante los últimos años y, por último, el bar de poco éxito Bio Rico, que ni bio ni rico.

 

Lo más triste de todo es que el nuevo negocio que ocupa el mitiquísimo bar Oca’s no es otra cosa que un portal naranja, sin puerta, lleno de máquinas de vending donde lo mismo te tomas un café con leche por 70 céntimos, que compras condones o una ensalada de atún. Pocas cosas más deprimentes que ver el Oca’s convertido en un autoservicio de comida rápida, bebida mala y olor a pis en los escalones. Extrema soledad homicida y vigilancia las 24 horas del día. Una célula sensible al movimiento provoca que, al entrar, una voz grabada anuncie con tono engolado: “bienvenido a Pica-Pica 24 horas. Le advertimos de que por su seguridad y por la nuestra está siendo grabado”. ¿Vuestra seguridad, dices?

 

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Era precisamente aquel bar el único lugar donde los viejos del barrio que conservaban las últimas memorias de lo que fue la calle Padre Xifré en su época gloriosa se reunían desde hacía casi 40 años. Tenían historias que contar, a regañadientes, eso sí, de aquellos tiempos del Rock-Ola ubicado en el portal de al lado, el de los trasteros verdes. Piso la misma acera que pisó Siouxsie, Iggy Pop, Spandau Ballet, Thomas Dolby, Depeche Mode, Killing Joke, Echo and the Bunnymen, The Church, yo que sé. Me imagino a John Foxx subiendo la vista antes de entrar en la sala y alucinando con Torres Blancas. Veo a Poison Ivy procurando no romperse un tacón con los socavones de las aceras. Pienso en las peleas que llevaron al cierre de la mítica sala de conciertos, en las broncas y el barullo, que debía ser excitante, como cualquier puerta al inframundo. Busco qué puede quedar todavía de aquellos tiempos en esta calle. Y sólo quizás el pavimento de algún trozo de acera; los árboles, que son las típicas acacias madrileñas; las farolas, quizás, y ese hombre que camina por el barrio con el pelo largo, la piel de tatuajes arrugados y una cadena rocker sujetando su cartera, presumiblemente vacía. Anda con dificultad, a menudo se apoya en un bastón, y a veces monta un puesto de libros de segunda mano encontrados en la basura.

 

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Los vecinos de esta calle, esquina a la pija Clara del Rey, sin duda deben vivir más tranquilos hoy que cuando esto se llenaba de punkis, modernas y rockeros. Por esta calle arrastro yo tristemente mi carro de la compra saliendo del Aldi, supermercado donde no hay ni música para no tener que pagar a la SGAE. En la batería de coches aparcados en zona verde ya no se sienta nadie esperando que empiece el concierto, bebiendo una litrona, pintándose los ojos en el espejo de la moto. Solo yo, apoyada en un capó, mirando el garaje de alquiler de trasteros y viajando en mi absurda máquina del tiempo psicogeográfica. Mientras miro atontada la fachada me pasa por detrás un inédito camión de agua de la limpieza que me moja los tobillos. Pego un brinco y el conductor se ríe. Me río yo también. La mañana está soleada y ya pasó la hora en la que los peatones van con prisas. Este acontecimiento es lo más punki que le ha ocurrido a la calle Padre Xifré en toda la mañana.

 

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Agarro mi carro y marcho al Aldi para hacer mi compra barata de la semana.

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Comentarios:

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Fernando says:

Un triángulo mágico aquél, el formado por esa acera con sus meretrices y el Rock Ola, esos pisos de lujo llamados Torres Blancas y el colegio de curas donde estudié… Qué tiempos…

Kailing says:

En mis años de bachillerato que estudie en el Claret, era demasiado pequeño para ir al Rock Ola, pero los lunes escudriñábamos los alrededores en busca de restos de un mundo tan desconocido como anhelado… y a veces temido cuando se oía hablar de navajazos con nocturnidad. Antes de que llegara a la mayoría de edad cerro el Rock Ola.

José Luis says:

No sé si mucha gente sabe que el padre Xifré era uno de los compañeros del “pare Claret”, con el que fundó su Congregación. A nosotros, en el Claret, no nos lo enseñaron, como tampoco que el padre Claret hablaba y escribía en catalán antes que en castellano. Y es que el nombre de la calle tenía una sombra de vergüenza por el negocio que allí se hacía.

Rock-Ola fue un mito, y recuerdo los camiones de la Televisión Española parados a sus puertas, por las tardes, para grabar algunos conciertos. En el imaginario de los claretianos, el Rock-Ola fue un escenario de lucha entre “mods” y “rockers”. En el cercano cine Dúplex, recuerdo que pusieron durante muchos meses la peli Quadrophenia, icono “mod”. Los ochenta al menos también tenían curas sin sotana y partidarios de la Teología de la Liberación.

Hoy, esa calle es además la casa de alguien a quien David Trueba dedicó un reportaje para “Su Dos Noticias” en el final de la época libre de RTVE, antes de que desembarcaran los elegidos por mis compañeros de colegios religiosos concertados, los de la España de bien, con putas en la calle Xifré y claretianos oficiando misas para la Virgen de Mayo (“Si en verdad Dios te ama, da las palmas”) en la acera de enfrente. La de ponga un pobre en su mesa y la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Vecino de Prospe says:

Para ensalzar los locales que había antes no era necesario despotricar con tanto ahínco los negocios actuales. Con ello, lo único que ha conseguido la autora a mi parecer es ganarse la antipatía de los que preferimos que haya un local de maquinas expendedoras a un prostíbulo enfrente de un colegio o respetamos el Aldi y el resto de locales que hay en la actualidad.

Es un despropósito de crónica, la naturalidad se resiente por lo impostado del relato, que exagera sin un ápice de objetividad el sentido de las calles y elementos del barrio. Un ejemplo de ello es llamar pija a Clara del Rey o apostillar que las Torres Blancas no son blancas (ejemplo éste con el que demuestra que no conoce tanto la historia del barrio y sus edificios como cree).

En definitiva, una visión distorsionada del barrio, adulterada para parecerse a una realidad que solo existe en la cabeza de la autora. La próxima vez que quiera alabar algo, céntrese en eso y le quedará un relato más apasionado y creíble, y no el esperpento que acabo de leer.

Un saludo, un vecino del barrio de toda la vida.

Miguel de La Prospe says:

Gratificante artículo. Ya antes de Torres Blancas e incluso del colegio y parroquia Antonio Mª Claret esa zona era conocida por la “charca del cojo”. En aquellos tiempos que ni la la conocida posteriormente como “Pista de Barajas” en honor al aereopuesrto capitalino y actual N II de las VI “radiales cuyo Km 0 se ubica orgulloso en las aceras del Puerta del Sol, abrevaban obejas, que el pastor, con ese defecto físico, cuidaba y famoso tambien por el “macho” que montaba poniendo en fuga a la chavalería de entonces.
Pero ¿De que hablo? Ni tan siquiera era Prosperidad. En aquellas épocas aquello era la Guindalerá pura y dura. Muestra de ello la extinta parroquia del Pilar que en los “treinta” ardió a la entrada de la actual calle de Cartagena; incluso la foto de un autobus 1 accidentdo sobre un citroen 11 ligero nos pemritió demostrar su existencia de manera gráfica.
¿Como agrdecer este artículo que enriquece a La Prospe como enriquece a Madrid y con el a todos quienes le habitamos?
GRACIAS, gracias de todo corzaón
Miguel, vecino de Prosperidad

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