Nuevo callejero de Madriz

Este texto pretende documentar un pequeño experimento de carácter psicogeográfico. Algo así como el dietario de una deriva. La hoja de ruta, física y mental, ha sido trazada a partir de un puñado de canciones pop, cuyo principal nexo es Madrid. Por Jorge Navarro


03 octubre 2014

Estacion

 

Me coloco los cascos y subo el volumen al máximo. Estación de Méndez Álvaro, Km cero de mi itinerario musical. Unas baquetas dan salida a ‘Estación Sur de Autobuses’ de Los Claveles. Los brillantes arreglos de guitarra y un teclado ululante me introducen de lleno en el caos de este sitio, una de las principales válvulas de entrada y salida de la ciudad, donde convergen las historias y conviven, sin mezclarse, en un ajetreo fantasmal, que a ratos es angustia y a ratos aburrimiento. Aquí el cruising es una forma radical de filantropía. Hay un teléfono escrito en una pared. Rumano, 23, la chupo gratis. La letra del tema no puede ser más grafica y, melódicamente, va enumerando uno a uno, y de manera exacta, los elementos que componen la desoladora estampa del edificio: el señor que pide, los de seguridad, la voz metálica de megafonía que advierte “mantengan sus pertenencias controladas”. Hay kilos de sordidez como para fletar un bus de los grandes. Huele a humedad y lejía, los carteristas pululan camuflados entre ancianos y extranjeros, que se apoltronan ojerosos y despeinados en los bancos. A pesar de la cantidad de gente, se respira un aire de soledad y tristeza muy intensa. ¿Hay algo más deprimente que una sala de espera? Realmente siento ganas de coger carretera y manta, y desaparecer. Los Claveles suelen conseguir una comunión perfecta entre música y paisaje urbano, a través de sus canciones puedes recorrer la Castellana, Recoletos, El Retiro o los pasillos de la Real Academia. Me largo mientras pienso en la cantidad de ilustres nombres que han asimilado la capital como el escenario ideal de su discurso estético. Desde Carrere a Ceesepe, por poner sólo dos ejemplos, no han sido pocos los cronistas ligados al discurrir de la ciudad. Su estilo y la manera en la que la han retratado forman parte ya del imaginario colectivo e influyen, inevitablemente, en nuestra concepción Madrid.

 

¿Habéis oído ‘Paleto’? Es el último corte del ‘Pesadilla Adulta’ de Juanita y Los Feos. Oculta entre no pocos hits, es una canción que, a pesar de ser muy saltarina, siempre consigue ponerme triste. No se está mal en la ciudad, se está mejor que en el campo. Habla de ciertas aspiraciones urbanitas de falso confort y progreso, que han convertido la vida moderna en una espiral de estrés y esmog. Correr a trabajar con un ritmo frenético, me llena respirar anhídrido carbónico. Es una de mis favoritas. ¿Por qué no la tocarán nunca en directo? Resulta curioso; tres años separan a ‘Paleto’ de ‘Vallecas’, el tema que abre su último disco ‘Nueva Numancia’. Aquí Los Feos parecen haber querido retomar esa línea temática para oscurecerla aún más. Ahora, alejados totalmente de los fastos del centro, localizan sus historias en barrios dónde la precariedad hace de la capital un territorio hostil. En la zona desolada la gente no se mira a la cara. Huele a polvo y a miseria, las horas pasan más lentas.

 

puerta del sol

 

Atravieso la Puerta del Sol mientras esquivo a personas con pelucas de colores y bolsas de grandes almacenes. La desesperación es una hermandad numerosa. Los captadores de las ONG’s parecen saber de esto, juegan a la ubicuidad e intentan detenerme mientras los hombres anuncio vociferan: compro oro, buffet libreeee… coma todo lo que pueda. La gente se cruza sin rozarse, se mueve en pequeños enjambres de muchos colores que viran de un lado a otro buscando la luz de los escaparates. A ratos extraigo uno de los cascos y oigo trozos de conversaciones superfluas que el ritmo de mis pasos desordena aleatoriamente. El montaje veloz de los parpados ametralla los planos y los actores practican una mímica grosera. De pronto, la calle es el escenario de una película muda, cuyo argumento va del drama al slapstick según se suceden las canciones. Subo el volumen al ver un par de lecheras, voy preparado e integro ‘Dos Policías’ de Los Punsetes en el  itinerario.

 

 

Dos Policías en la vía Carpetana, dos en la plaza de Santa Ana, dos policías en la Calle Mayor, dos más en Atocha y en Barceló… y no dos, sino 5, 10 y hasta 15 policías para solucionar un conflicto entre un par de mendigos que pelean por una ‘yonkilata’. La cosa se calienta; la cerveza es lo único que estos tipos tienen que perder, así que Un par de policías los separan y el resto invitan a la dispersión, porque aquí no ha pasado nada. Me largo, subo hasta plaza del Carmen y luego giro en dirección Montera. Para no quitar el pie del acelerador un bombo y unos aplausos marcan el ritmo. Ya se divisa Gran Vía y una voz macarra y nasal escupe la historia de ‘Lola Tomillo’, famosa lumi de la calle Barquillo… Cuarenta años trabajando en el cine y no le dieron el Oscar, o es que la academia tiene puta idea o es que no se han pasado por el cine Montera.

 

Camino a Malasaña pienso en ‘La estación fantasma’ de Los Coyotes y lo asocio a ese inframundo bajo los adoquines de Madrid de ‘La torre de los siete jorobados’. Me saca de mí un abrasivo punteo al que le siguen versos que hablan de Vespas en Cartagena y calles del ritmo en Tribunal. Se trata de ‘Ayer y Hoy’ de los Concepción Glory Boys, el grupo que más le ha cantado a esta ciudad, como ellos dicen, joven y eterna. Su música parece funcionar a la manera de un retrovisor a épocas pasadas, épocas de tribus salvajes de las que ya casi no hay rastro.

 

plaza de la luna

 

Exploro la corredera de San Pablo y las traseras de la Plaza de la Luna. Llaman la atención la nueva comisaría y el enorme gimnasio con cristaleras sobre el edificio del clausurado cine Luna. El paisaje urbano ha mutado y los códigos, en muchos sentidos, ya no son los de antes. Hay poca grasa y poca aventura. No queda riesgo, todo es confitura y productos envasados al vacío. Tres chicas rubias, aunque no sé si de Serrano, como en el tema de Los Lagos de Hinault, demuestran que Los emblemas retornan como mercancías. Las tiendas de magdalenas parecen haberle ganado la partida a la mugre y la furia. Allí donde estén, Walter Benjamin y Malcolm McLaren estarán partiéndose de risa mientras los auténticos se mueren del asco.

 

Cojo el metro sin rumbo fijo. Ando a toda velocidad, deambulo en zigzag, Cambia mi estado de ánimo, las canciones ahora son más lúgubres. ‘Cocodrilos de Marfil’, extraño y bonito título. No hace tanto que vencimos, no hace tanto que me fui. No hemos vuelto a encontrarnos en las playas de Madrid. El vagón esta atestado. Especialmente me llama la atención un tipo de traje, exquisito gusto en el vestir, zapatos impolutos, peinado perfecto y con los nudillos desgarrados, prácticamente en carne viva. El vagón entero masca chicles y tragedias, en silencio se asoman a sus dispositivos, luego estiran el brazo y flash, capturan el momento para no tener que vivirlo. Nada parece real, sino más bien un simulacro. 

 

 

Ornamento y Delito tienen un par de canciones incómodas sobre Madrid. Yo vine aquí por el acontecimiento, a Madrid. Primera fila, voy tomando asiento en Madrid. Ya está pasando, ya está sucediendo. Tragar saliva se vuelve áspero decido salir de aquí. Paseo por Las Vistillas, por el puente de los suicidas y me asomo a Las perversas mamparas de metacrilato, con las que el perverso Manzano te impedía saltar como cantaban Nudozurdo. Llego a Plaza España y subo Gran Vía suenan Pelea! y Radio Futura, lo frenético se vuelve cadencioso y mi integración con el paisaje es total. Con un suave balanceo voy por ahí, a la hora en que cierran los clubs. Con un suave balanceo, sin sonreír más de lo necesario. Tras un signo de vida voy…

 

Recuerdo nuevamente el verso de Los Claveles que anunciaba la llegada al final de algo. Terraza del Círculo de Bellas Artes, empieza a refrescar, la tarde es naranja, pero definitivamente ya no es verano, suena ‘Perdido’ de Cómo vivir en el campo. Las guitarras emiten brillantes notas con algo de reverb, pasado el minuto cesan y la sección rítmica continúa por su cuenta; el bajo repite las mismas líneas, creando el espacio propicio para que una voz, algo afectada, intervenga: Que si no quiero salir, que si no salgo a bailar, que si me quedo en casa. Mierda de viernes en casa. Perdido en mi habitación prendo fuego al colchón y el cielo es una marrón mancha de caca.

 

azotea circulo

 

Adoro los tejados del centro de Madrid. Las vistas son impresionantes desde aquí arriba: la Minerva de la terraza del propio Círculo, los aurigas del edificio BBVA, la Victoria alada presidiendo la metrópolis. Al otro lado la Cibeles, La Casa de América y la calle Alcalá como una alfombra infinita sobre la que transitan los coches. Todas las canciones cobran un significado especial. ‘Si Quieres, salgo’ de Cosmen Adelaida –Pero iríamos para estar entre coches que transitan la ciudad, entre luces que iluminan la ciudad. Accidentes y señales. Accidentes y señales–, ‘Masculino’ de Espíritusanto –Saldré otra vez sin rumbo fijo, pero sin ganas. Recorreré la misma ruta de ayer, por si esta vez te dejas ver.

 

Pienso en el millón de nuevos muertos que actualizarán el poema de Dámaso y en como adoro el foco de neuras que es a veces esta ciudad. ‘No se acaban las calles’ decía una canción de Nacha Pop, y la música influye poderosamente en la manera de percibirlas. Nos afecta de tal manera que acaba transformando radicalmente el ánimo y el paisaje urbano. La música varía y el retrato pasa de la euforia a la decadencia por medio de engranajes secretos. La mimesis se enturbia y música y entorno se contaminan mutuamente. Los transeúntes, los coches, los semáforos se integran en la canción y parecen sincronizarse con una armonía invisible que gobierna la calle, y ejerce de inmenso embudo que absorbe y fagocita a su antojo. La ciudad te conoce, te tiene muy calado. Es tu timidez frente a su audacia ¿Habéis oído ‘La ciudad y tú’ de Kikí d’Akí? Hacedlo y lo entenderéis todo.

 

Aviso:

 

Este itinerario no guarda un orden lógico. El texto tiene forma de collage, de corta y pega confeccionado a base de chispazos que iban transformándose en anotaciones, por eso transmite cierta sensación invertebrada en la que el lector debería poder ordenar los párrafos de otra manera y seguirían funcionando casi igual.

 

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Comentarios:

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Bit says:

Muy buena la reseña! ánimo y gracias

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