Nunca fumarás solo

Salimos a la calle con los activistas canábicos, que se manifestaron en defensa de su planta favorita el pasado sábado 9 de mayo. Por David Arias


19 mayo 2015

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Madrid esconde en su interior un cogollo de marihuana. Lo pudimos comprobar el pasado 9 de mayo, dando una vuelta por el centro de Madrid acompañados de activistas canábicos y usuarios de la planta en su reivindicación anual cargada de humo y lucha. Se echó en falta más gente que quisiera pasarlo bien durante el único momento donde se permite el consumo legal de marihuana, aunque las imágenes de esa tarde no se olvidarán fácilmente entre los asistentes a la marcha.

 

Nos acercamos a LaSanta LeClub, uno de los CSC más respetados de Madrid, para vivir un día señalado en el calendario de los miles de usuarios lúdicos y medicinales de la hierba en Madrid. En el interior de su sede, en el distrito centro de la ciudad, preparan las antorchas con las que pretenden iluminar la ceguera administrativa respecto al viejo tabú verde. Saben que su propósito es complicado mientras el presidente lleve la negativa a la María hasta en su nombre de pila. Un vinilo nos lo recuerda en este lugar adornado de buena música de jazz. En su coqueto local los socios se cargan de canutos, razones e ilusión para salir a la calle. Se trata de un ritual que repiten cada año.

 

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Hay un ambiente festivo en la asociación. Las últimas noticias sobre las despenalización del cannabis en el mundo les hacen ser optimistas. Medidas como la regulación de la María en lugares como Uruguay, Colorado o Washington suponen un cambio de mentalidad alejado de la arcaica prohibición, erigida en honor al magnate Rumdolph Hearts y de la primitiva DEA. En el horizonte, la nueva ley reguladora de Navarra y la reunión del comité de la ONU en cuestión de estupefacientes en 2016. Pasos de gigante para un movimiento con casi un siglo de vigencia en nuestro país. Los herederos de los primeros consumidores, que regresaban a España provenientes de las guerras en Marruecos, se proponen cada año acercar su planta a la gente mediante una mani-fiesta.

 

Atrás quedan momentos difíciles, con intervenciones, detenciones y un cierto acoso policial. Las devoluciones, su trabajo de concienciación y la apertura de mesas de debate con organismos de todo tipo han abierto un camino inaudito para el movimiento. La prohibición les ha hecho más fuertes y todo apunta a que esta tarde será un momento divertido pero sobre todo trascendente. Hay cosas que celebrar. Llega la hora de encaminarse a Sol. Transeúntes curiosos solicitan información y se apuntan a la marcha del millón de porros. Por una tarde, el gris asfalto de la ciudad se tiñe de verde y muchos quieren experimentarlo. Este año el lema es “Cultiva tus derechos” y reclama los derechos de los cultivadores y usuarios de cáñamo.

 

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El punto de encuentro está perfectamente delimitado por las organizaciones convocantes: Madfac, Regulación Responsable, FAC, y AMEC. Se respira libertad y un pequeño reproche: hay menos afluencia de público que en anteriores ediciones, a pesar de la buena salud del movimiento canábico en Madrid, donde se registran más de 90 asociaciones. El número de socios y de asociaciones ha crecido exponencialmente, pero el activismo parece que ha descendido. Se echa de menos a los que no están y se aprovecha el momento para divertirse con los que están. Nunca fumarás solo, sin duda.

 

Una de las máximas de esta manifestación es la diversión. Los asistentes pretenden mostrar al mundo un estado de consciencia en el que hay más espacio para el espíritu que para el cuerpo. Eso transmiten y es un propósito que difícilmente podemos encontrar en otros lugares.

 

La marcha se convierte en un lugar de reencuentros y recuerdos. Hay buen rollo y libertad. Se reparten cientos de globos verdes, cuya inocencia contrasta con las grilleras y los uniformes azules que custodian a una renovada generación de consumidores con ganas de pasarlo bien en la vía pública.

 

El calor aprieta y, pese a los consejos policiales, se comienza a generar una intensa nube convertida en el caparazón de la manifestación. El recorrido nos tiene reservado alguna que otra sorpresa. La marcha se inicia a modo de fiesta. Los altavoces provistos por la organización atronan la ciudad con una cuidada selección musical, compuesta por mitos como Lauryn Hill, Lee Perry o Bob Marley, entonando viejas canciones dedicadas a Jah. La subida de Montera cargada de THC, mucho calor y pancartas se hace dura pero los cánticos del lema, “La policía se fuma mi María”, a la puerta de la comisaría de Montera, insuflan suficiente mala leche para proseguir el camino.

 

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Apenas 200 metros más allá del inicio de la marcha, el mundo ya no es igual. Irrumpes en una realidad cotidiana con un porro, una pancarta y más de 4.000 personas fumadas y todo cambia. La ciudad actúa como si tal cosa fuese normal, pero la reacción de la gente y sus caras son un poemario de la capital. Todos preguntan y muchos hacen fotos. Alguno se une y otros aprovechan una china en su bolsillo para hacer un canuto. También se producen caras de rechazo pero en general, el surrealismo canábico es bien recibido por el pueblo de Madrid. Una ciudad que parece un escenario, un simple atrezzo en manos de la oleada canábica.

 

La marcha corona Montera. Entramos en Gran Vía. Nadie se lo cree. Le han dado la Gran Vía a María. La fiesta sube de decibelios y el asombro se convierte en euforia. Caminar por la calle emblema de la ciudad rodeado de marihuana es un acontecimiento irrepetible. Unos tipos con un canuto gigante de pega nos sirven de punto de fuga de una imagen increíble.

 

La policía nos escolta y cierra la marcha mientras la gente se divierte en medio de esa auténtica boina de humo canábico en el que se ha convertido esta mani. La Gran Vía necesitaba una profanación así, después de todo lo que han hecho para erradicar sus vestigios culturales. En su esquina de siempre, nos encontramos con los heavies de Gran Vía, que aplaudieron nuestra marcha. Los socios de LaSanta reflejan la alegría y la satisfacción de haber llegado hasta aquí. Fuman en señal de triunfo, aunque son conscientes de que el camino no termina en este paseo por la arteria de la ciudad.

 

A esas alturas, en cualquier manifestación, es necesario el avituallamiento líquido. Y en una en la que sus asistentes no dejan de usar sus narices como chimeneas no queda otra que abandonar la comodidad del asfalto verde de Gran Vía para buscar provisiones. Cuando sales de la nube regresas a la realidad gris de las calles de Madrid y de los mendigos de la plaza de la Luna. Dejas atrás el optimismo de la marcha y te sumerges en la realidad. Un estadio que no puedes alterar ni a base de estupefacientes.

 

Una vez refrigerados, nos encontramos con una expectación en las ventanas digna de un Borbón. Las chicas del amor de la Gran Vía nos muestran sus encantos y sus fiestas privadas desde las ventanas de sus casas de citas. El marketing y la viralidad son necesarios en cualquier oficio. Llegamos a la zona de los teatros e incluso El Rey León se inclina ante la nueva reina verde de la calle. Para entonces, las pancartas no son un ejemplo de simetría. Es normal, la marcha lleva más de dos horas para cruzar la calle y llegar a su destino en Plaza de España. La gente está fumada y la mente va mucho más rápida que las piernas.

 

A la llegada a Plaza de España, los estandartes de las asociaciones presentes toman el suelo de la plaza y posan orgullosas ante cientos de canutos humeantes. El de La Santa, con un peso estimado de 4,5 gramos de hierba, no pasa desapercibido. Allí, los discursos de los dirigentes y las conversaciones entre los socios hablan de lucha, de propiedades médicas, de dolores del alma y del cuerpo evaporados y de la libertad necesaria para respirar el humo que se desee.

 

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La música nos despide hasta el año que viene. Los activistas recogen sus pancartas y se encaminan a sus sedes, cansados pero satisfechos. Han salido a la calle para reivindicar un hábito pero también una medicina. Y sobre todo una planta, presente a lo largo de nuestra historia, con multitud de aplicaciones y divinizada por los persas, los griegos o los seguidores de Jah. El pasado 9 de mayo logró además que la Gran Vía cayera rendida a sus encantos. ¿Quién sabe si el siguiente en caer a sus pies sea el Congreso buscando dineros? Sin duda, la María va a decir mucho de nuestro futuro. De momento, siempre nos quedará pasear por la Gran Vía en tardes como la de aquel loco sábado de mayo.

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