Paco León: El cine español se hace

El director presenta su tercera película “Kiki, el amor se hace”, una versión de una producción australiana que él ha asentado en Madrid. Candela Peña, Luis Bermejo, Natalia de Molina y Alexandra Jiménez, entre otros, le acompañan en una comedia que manifiesta que a todos nos pica algo. Por María Aller


01 abril 2016

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La primavera la sangre altera. Salimos a pasear, las altas temperaturas nos desinhiben y el deseo sexual sale del letargo del invierno. Qué mejor maestro de ceremonias para dar la bienvenida a la estación del florecimiento que Paco León. “Kiki, el amor se hace” es un canto a la tolerancia y al sexo ligado con amor. Como él ha dicho, no hay nada mejor que democratizar el “follisqueo”. La cinta es un remake de “The little death” (2014), que él ha adaptado libremente junto a Fernando Pérez y tiñéndola de colores pastel.

 

Las confesiones ante Bertín se han dejado atrás y ya está abierta la veda para que se hable sin tabúes. El cineasta tiene una personalidad capaz de llegar a todos los públicos, incluso al más comedido. Con “Kiki” muestra filias sexuales personalizadas en vecinos de Madrid: gente de distintos barrios hablan de lo mismo. En lo elemental todos somos iguales, sin importar la condición. El amor, el humor y el sexo son ingredientes esenciales del cine español y Paco hace buen uso de ellos para cocinar un plato único y novedoso. Expresándose con espontaneidad y la llaneza propia del clan León, habla sobre su comedia erótico-festiva. Pasen y degusten. Rían y disfruten.

 

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Los personajes se llaman igual que los protagonistas, ¿era para alcanzar más naturalidad?

Al principio fue por pereza. Fernando (Pérez) y yo teníamos el casting en la cabeza, y venía mejor poner el nombre del actor que queríamos que le diera vida. Me gustó dejarlo así, porque cuando Belén (Cuesta) me llama Paco o yo la llamo Belén, ocurre algo de verdad. He vuelto a jugar, al igual que en las “Carminas”, abriendo huecos para que la realidad se colara dentro de la película.

 

Es el primer trabajo que no es propio. ¿Qué te llamó de esta historia?

El tema en sí, el sexo relacionado con el amor, me parece algo muy grande. “Carmina y amén” giraba en torno a la muerte, y es más apetecible hablar de sexo. Ha sido muy divertido y he querido hacerlo más fácil. Fernando Pérez ha sido cómplice total para hacer la adaptación. Hemos cogido lo que nos gustaba de la original, y lo que nos parecía mejorable o ajeno, lo hemos traído a lo cercano. En esa voluntad de buscar una diversidad nos parecía muy corto que todas las parejas fueran heterosexuales y fieles, estaba muy cerrado para hablar del sexo. Inventamos la trama donde una pareja no parte de una filia concreta, sino que quiere mejorar su vida sexual y de ahí sale un viaje iniciático por diferentes filias. Vi que podía aportar esa manera que tengo, o que me gustaría, de naturalizar el sexo, y tratándolo de una manera romántica. Cuanto más honesto es, se presenta más cercano para el público. Yo he traído la historia a la puerta de mi casa, al barrio de la Latina, a la verbena de la Paloma y a Madrid, que tiene esa mezcla y esa complejidad: pijos de Serrano, modernos de Malasaña, hippies de Lavapiés… Es muy moderna y a la vez cateta y provinciana; tiene esa dualidad, que por extensión se ve en el mundo latino. El que vengan de diferentes partes a la ciudad iguala todo. El sexo y la muerte es lo que nos une, nos pone a todos en el mismo sitio. El follisqueo gusta, y todos venimos de un kiki, el sexo es algo natural como animales que somos.

 

Dices que Madrid es moderna y cateta, y el personaje de Belén Cuesta lo manifiesta en un momento de la trama ¿Querías reflejar esa contradicción desde el principio?

Sí, pero no solo con ese comentario. La película es muy madrileña: habla por barrios, se ve mucho Madrid, lo más castizo, y también se ve no sólo desde el madrileño sino desde la gente de provincias, que venimos o vinimos a la capital con la ilusión de una modernidad. Es cosmopolita y también muy villa a la vez. 

 

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¿Y por eso finiquitas la película en la verbena de la Paloma?

Yo es que vivo allí. Me parecía muy natural que muchos tipos de personas se juntasen en un mismo sitio y acabar con una fiesta. Dimos vueltas al final: Pensamos en acabarlo con una boda, pero eso es pesadísimo, todas las series del mundo acaban en boda. Y me parecía que la verbena tienen esa mezcla: gays, chulapas, inmigrantes, es una amalgama muy interesante. Es una fiesta muy de aquí.

 

¿Cuál crees que es el momento más salvaje?

Creo que la cabecera con Alex (García) y Natalia (de Molina), que es un videoclip bastante salvaje. De hecho los que practican más son los animales que se ven; hay mucha metáfora por medio del collage. Ellos se entregaron mucho y agradezco esa confianza. Porque yo soy más pudoroso que lo que piensa todo el mundo (ríe). Por ejemplo, fue Natalia la que dijo que le daba rabia que en las películas, cuando terminan de follar, se tapan las tetas. Es verdad, no hay naturalidad ninguna. Me encanta que en la escena más picante de la peli se palpe tanta realidad.

 

Cuando sale alguien sin tapujos dentro de la industria siempre se le compara con Pedro Almodóvar. ¿Tienes alguna referencia dentro de tu estilo?

Me encantaría que Almodóvar la viese, pero ahora mismo debe estar liado con lo suyo. Sé que le gustaron las “Carminas”, y la admiración es mutua. Yo estoy deseando ver “Julieta”. Para mí es estilo Paco León. No tengo como referencia a otros directores. No sé muy bien cómo definirlo. Es raro, pero este lenguaje se va encontrando según haces cosas. En cuanto a puntos en común que contengan mis películas está trabajar con dos cámaras, trabajar sin guión, aunque haya temas de base, y también dibujar los límites de la comedia. Que sea comedia no significa que no haya personajes complejos o cuestiones densas. Defiendo y reivindico la comedia con texturas y la risa como vehículo para contar las cosas y no como fin. En este caso, que son temas tabú, me hacen bastante gracia. Hay tramas como la de Mari Paz (Sayago) y Luis (Bermejo) que son muy oscuras. Parece que el sexo es lo que les va a hacer infelices y al final es la solución. Creo que esa es la conclusión: el sexo no puede salvar. Comedia, romance, sexo… Me parece la combinación perfecta.

 

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En el rodaje no hay texto. ¿Has dado mucha libertad a los actores?

Hay libertad en el texto. Pero no es libertad. Es más extraño porque tienes que decir lo que yo quiero, pero no como yo se lo digo: hay que llegar a eso que está previsto. Eso hace que las escuchas estén activas y se consiguen ciertas “microreacciones”, que es maravilloso. El resultado es que el texto sea pensamiento, no solamente literatura. En el rodaje busco de manera obsesiva que se produzcan cosas de verdad. Para mí es la gracia que tiene el cine: ocurren cosas de verdad y ya las tienes recogidas con la cámara. Pero en la dinámica impuesta, está todo hecho para que eso no pase: la técnica, las cámaras… Yo monto para favorecer al actor y la verdad de la interpretación. El montaje ya define el texto. Me he deleitado mucho en la edición con las reacciones, con los pequeños detalles. Esos efectos son muy difíciles de conseguir cuando se sabe lo que se va a decir porque de alguna manera, eso mecaniza.

 

Has pasado de las “Carminas” a una película coral. ¿Cuál ha sido el mayor inconveniente?

Aquí la complicación era la estructura, que no se tiene que apreciar, pero Fernando y yo nos comimos mucho la cabeza con hacer las historias y cómo trenzarlas. Cada una tiene diferentes pulsos y había que organizarlo bien para que la gente no supiera qué venía después. Por eso tiene un trabajo de guion a nivel estructural complicado. Tenia claro que no se mezclarían, iban a ir en paralelo e iban a desembocar todas en ese sumidero que es la verbena de la Paloma.

 

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