Contenedores antropomórficos

Pep Carrió nos enfrenta a nosotros mismos en «Nada es más profundo que la piel», un trabajo sobre lo que nos conforma como personas y nos conecta como humanos. Hasta el 5 de enero en la galería Blanca Berlín. Por Nerea Ubieto.


27 noviembre 2018

Pep Carrió es el poeta visual de las incertidumbres inquietantes. Sus imágenes, potentes vaciados de significados corrientes, nos enfrentan a nosotros mismos a través de retales y fragmentos que nos pertenecen consustancialmente, sin saber muy bien cómo.

 

El ser humano como incógnita recurrente en toda su complejidad psicológica es el protagonista indiscutible de la exposición «Nada es más profundo que la piel», sin embargo, no se trata solo de un individuo pensante, sino de un ser cuerpo: piel. No podemos olvidar que entramos en contacto con el mundo a partir de los sentidos; tocando, oliendo, viendo… Sin la ligazón perceptiva estaríamos vacíos, completamente solos en el reducto de nuestra interioridad, pero el cuerpo nos une a lo externo, al mismo tiempo que nos abre la puerta de acceso a las personas.

 

Como señala Cristina Santamarina en el maravilloso texto que acompaña el catálogo de la exposición: la piel es un conector. Un conducto de emociones en el que se graban todas las historias que nos vinculan con «los otros» y con «lo otro». Y es que, el órgano más extenso de nuestro cuerpo y, aparentemente, el más superficial, es también el que nos permite llegar más profundo, funcionando como vínculo esencial y origen de la intimidad más preciada.


En la muestra sobresalen nueve impactantes figuras a tamaño real que flanquean la galería por el lado derecho. Se trata de siluetas uniformes en cuyo interior se alojan contenidos diversos: botones, fichas de dominó, ramas de árbol o, simplemente, perforaciones que dejan entrar tímidamente la luz, generando vacío a su paso. ¿De qué estamos hechos? ¿Qué nos conforma? ¿Hasta qué punto afectan ciertos acontecimientos en el desarrollo de nuestra individualidad? Son preguntas que acechan al espectador cuando observa las efigies en las que, por tamaño, bien podría entrar. Hay, asimismo, una alusión al espejo en su presencia, como si el visitante pudiese encontrarse reflejado en alguna de ellas. Viéndolas todas juntas recuerdan a lo que podría ser una representación visual del eneagrama, un sistema de clasificación psicológico que divide las personalidades en nueve tipologías. La definición de los caracteres se define por las experiencias de la infancia, los miedos, los objetivos, el nivel de entrega hacia los demás y hacia uno mismo, etc., pero cada uno se distingue por un rasgo preponderante que caracteriza su número: el perfeccionista (1), el altruista (2), el ejecutor (3), el romántico (4), el observador (5), el leal (6), el epicúreo (7), el jefe (8) y el mediador (9). Es decir, destacamos y nos identificamos con ciertas maneras de hacer y de pensar que son las que acaban conformándonos. Por ejemplo, el perfeccionista (1) es meticuloso y auto disciplinado, muy crítico con los demás; para él solo hay una manera de hacer las cosas: colocando una ficha detrás de la otra, consiguiendo que las piezas encajen. En el otro extremo (9), el mediador resalta por su carácter bondadoso y conciliador, de todos los eneatipos, él es el que mejor sabe escuchar y comprender a los demás, actuando como botón que une y conexiona situaciones y entendimientos. Ser predominantemente botones o fichas de dominó depende de todo aquello que nos va nutriendo y dando forma a nuestra identidad.


Pep Carrió dispone todos estos contenedores antropomórficos con la intención de llenarlos de un sinfín de significantes alegóricos posibles: desde las espinas más punzantes hasta ríos de hilos que brotan de una cascada mental. Las obras son exquisitos relatos condensados que cada cual puede desplegar hacia una dirección. Eso sí, lo que empieza siendo de uno, termina siendo de nadie, como deja entrever la pieza al final de la sala: el retrato fraccionado de una mujer en el que la individualidad se disuelve en la colectividad.

 

La exposición en la galería Blanca Berlín nos adentra en un juego de máscaras, capas y repeticiones que se ramifican para dar rienda suelta a la imaginación del espectador. Solo él elige donde situarse para crear su propio universo tentacular y disfrutar del proceso. No se la pierdan, quizá lleguen a conocerse un poco mejor.

 

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