Piedra oscura, luz del recuerdo

Estos días puede verse sobre el escenario del Teatro María Guerrero una obra que narra las últimas horas de vida de Rafael Rodríguez Rapún, uno de los grandes amores de Federico García Lorca. Por Ángela Cantalejo


20 enero 2015

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

 

(Soneto del amor oscuro, Federico García Lorca)

 

 

La piedra oscura es la piedra de las lápidas, la del suelo de un tétrico cuartel que sirve como prisión improvisada para que Alberto Conejero, dramaturgo sólido como esa piedra que describe, nos cuente las últimas horas de vida del amante repentino de Lorca, Rafael Rapún (Daniel Grao), y su entrañable carcelero, Sebastián (Nacho Sánchez). Rapún y el peso del arrepentimiento tras saberse apóstata del amor del poeta granadino, un amor invasor, carnal y abandonado, que le martiriza y golpea como una roca. Bajo la dirección del argentino Pablo Messiez, Grao y Sánchez, se abandonan a sus personajes con tesón y (desigual, en el caso de Sánchez) credibilidad y salen airosos a pesar de lo pesados que pueden resultar los grises pedruscos de esa obsesión por abordar la Guerra Civil una y otra vez en la repetida escena española.

 

La piedra oscura es la del paredón al amanecer, agujereada por los disparos fallidos y teñida de un granate coagulado cuando el tiro es certero. La piedra oscura es la de la grava de las cunetas o, con suerte, la de las tumbas de los infelices perdedores y los ganadores perdidos. La piedra oscura es la losa de la conciencia y del olvido, la del pasado. La piedra oscura es, también, la vergüenza del abandono, el golpe de gracia de la traición en la frente.

 

Foto: marcosGpunto (Centro Dramático Nacional).

Foto: marcosGpunto (Centro Dramático Nacional).

 

Sin ser sublime, esta obra de 60 minutos de diálogo vis-á-vis, hace a uno reflexionar sobre la verdad que nos viene dada, sobre qué hubiese ocurrido si a todos los protagonistas de momentos de supervivencia y barbarie les hubiera dado por olvidar, qué hubiese pasado si los números anónimos de la historia se hubieran dado por vencidos, ganadores o vencidos. Afortunadamente, y gracias a esa multitud desconocida, disponemos de testimonios, documentos e, incluso, obras de arte como esos poemas de Lorca que, de otro modo, habrían desaparecido, como la carne y los huesos de muchos miserables, en el olvido de lo común.

 

Foto: marcosGpunto (Centro Dramático Nacional).

Foto: marcosGpunto (Centro Dramático Nacional).

 

Fuera se libra una guerra, pero dentro de esa pequeña habitación, de piedra oscura, sólo hay dos hombres que dejan de ser enemigos. La humanidad entera, tal como apuntaba Primo Levi en “Si esto es un hombre“, en la metáfora de esas cuatro paredes y dos tipos apenas sin identidad que, sin poder comprender, necesitan saber. Intimidad, ternura y desesperación de saberse en los últimos momentos de una vida que ha sido corta, aunque intensa, y la pregunta acechante de Rafael, camino al cadalso, de si es realmente posible que uno desaparezca para siempre. La respuesta, obviamente, la tenemos en esta obra, en la la figura de un Rapún que hoy recordamos como uno de los destinatarios del desgarrado Soneto del amor oscuro pero, también la de todos aquellos, de un bando y de otro, que arriesgaron algo más que la vida para poder dar testimonio, para poder recuperar papeles, manuscritos y cartas, y que ahora, nosotros, podamos conocer aunque sigamos, como ellos desde sus tumbas, sin comprender.

 

Foto: Lorca y Rapún en Madrid (Fundación Federico García Lorca).

Foto: Lorca y Rapún en Madrid (Fundación Federico García Lorca).

 

* “La piedra oscura” estará en el Teatro María Guerrero hasta el 22 de febrero.

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