Por un mes de Spotify me compro tres vinilos

Lujos musicales del mes de agosto. Por Elena Cabrera


14 agosto 2014

la metralleta

 

Agosto es, tradicionalmente, el mes del año en el que más dinero invierto en música. En un cálculo a lo gordo me salen unos 1.300 euros. Así de espléndida me pongo.

 

En la cuenta he metido la entrada a un festival (este año será el portugués Entremuralhas, un coqueto evento gótico celebrado en las ruinas del castillo de Leira); los casi 10 euros de la cuenta premium de Spotify para satisfacer mi ansiedad de poder escuchar fuera de casa alguna canción inesperada que me sea indispensable; los vinilos de segunda mano que encuentro en las nutridas tiendas de las ciudades a las que me desplazo; la novedad de algún artista favorito y, lo que supone el más costoso gasto de todos mis lujos musicales: la fabricación de un nuevo disco en mi sello Autoreverse.

 

Más de mil euros nos costará la edición en vinilo del disco de debut de Vadim Tudor, un minilp de esta estrellona del tecnopop más oscuro de la capital, el Doctor Cochambre en persona. Sin duda es el disco más caro que me voy a comprar este año, como si se tratara de la más costosa edición original de un incunable. No obstante, satisfará mis bajos deseos capitalistas más injustificables, ese lugar pantanoso donde el afán de poseer la copia se enlaza con el control sobre la producción del original.

 

Antes de irme de vacaciones escribí un reportaje sobre la burbuja del vinilo, la cual es invisible para una mitad de los encuestados e irreal para la otra mitad. Tan inaprensible como es, lo difícil de explicar viene cuando sellos y distribuidoras admiten que no venden discos pero la fábrica más importante de Europa está tan colapsada de pedidos inferiores a las 500 copias que el disco de Vadim Tudor, entre muchos otros, ha sido retrasado hasta que se desatasque el embudo.

 

La única respuesta que se me ocurre es que fabricamos para regalar, en unos casos, meter bajo la cama en otros y vender en un circuito alternativo a las tiendas (basicamente, al final de los conciertos) en el afortunado restante.

 

Admito que por cada disco nuevo que me compro, habré adquirido unos diez de segundo mano, a ser posible con un precio inferior a los cinco euros. En el pasado mes de julio me compré, en la fantástica tienda Orange & Black de Alicante, vinilos de Sandra, La dama se esconde y Los payasos de la tele a un euro cada uno. De otra maravillosa tienda cercana, Music Passion, me llevé un algo más caro maxi de “Control I’m here” de Nitzer Ebb y una bizarrada de maxi de los alemanes Futurologischer Congress, seducida más que nada por su extravagante portada.

 

Al igual que a ciertos periódicos les gusta medir manifestaciones o cráteres con la unidad de medida de un campo de fútbol, como si todos tuviéramos un campo de fútbol en el jardín y supiéramos lo que mide, yo tengo la enfermedad de calcular cada gasto en unidad de medida del coste de un disco. En el hipotético caso de que me planteen pedir una pizza a domicilio, yo contesto: ¿tú sabes cuántos discos me puedo comprar con lo que vale esa cuatro quesos familiar? Si en el escaparate de una tienda veo un vestido que me sentaría como a una diosa, calculo cuántos discos podría comprarme con lo que cuesta. Al menos dos novedades, me digo. Y así, cenamos acelgas cada dos días y llevo los mismos viejos vestidos de siempre.

 

Desbloqueo el móvil, abro una aplicación y hago sonar en el coche el nuevo disco de Morrissey, “World Peace Is None Of Your Business”, después de haberlo buscado, durante las dos primeras semanas tras su lanzamiento en julio, en unas cuantas tiendas de discos. No encontramos ni una copia de la edición en vinilo, ni tan siquiera en la Fnac. En varias Fnac. Esta vez es Alberto Monreal el que me echa una miradita desde el asiento contiguo: ¿tú sabes cuántos discos me compraría con lo que pagas de Spotify? Pues con los 9,99 que he pagado este mes, le digo, no te da ni para la mitad del de Morrissey y eso si lo hubiéramos encontrado en alguna tienda, cosa que parece imposible. Sí, pero cuando lo encuentre será mío, me contesta.

 

Empieza a importarme cada vez menos no tener los long play de los discos que me gustan si, en cambio, puedo disponer de ellos en streaming en el momento en el que me dé la gana. No obstante, hay veces en las que me da la gana pero no me da el bolsillo (no tengo dinero para los 10 euros de la premium de Spotify o he agotado la tarifa plana de datos en el móvil o se me ha roto el ordenador o no funciona el adsl en casa) u, otras veces, no hay 3G.

 

En esos casos añoro con fuerza el olor de las tiendas de discos, el esfuerzo por afinar el olfato mientras paso rápidamente portadas buscando algo que me guste, algo que no tenga, algo que sea barato. Me imagino tumbada en el sofá observando una portada mientras la aguja se desliza por el surco y, probablemente, salte o se atranque en algún momento inoportuno. Deseo el fastidio de levantarme para darle la vuelta al disco.

 

El otro día leí una conversación entre Teresa Iturrioz e Ibon Errazquin durante una entrevista a Single en Jenesaispop:

 

Teresa: “Ibon es musicólogo, es de los que viaja por Europa para ir a tiendas de discos. Se hizo un InterRail y estuvo en Birmingham comprando discos. Bueno, ahora estás cambiando…” (se ríe)

 

Ibon: “Lo sigo haciendo, a mí me gusta mucho. Pero ahora también te metes en una web de una tienda de Londres, buscas el tema en Youtube, conoces un sello por una canción, vuelves a otro single de ese sello…”.

 

Hay algo infalible en ese método del que habla Ibon. Raramente compras online un disco que no te guste. Ya no hace falta viajar para buscar, ni ensuciarse las manos para hallar. Aunque, que no haga falta no quiere decir que no se pueda seguir haciendo.

 

No obstante, el margen de error en tiempos precarios tiende a cero, es una ley universal. El sello Autoreverse , por volver al ejemplo inicial, no encaja en estos tiempos: es una locura, un derroche, una inconsciencia, pero es una estrategia moral de supervivencia, un monumental e inevitable error.

 

Septiembre será, como tradicionalmente, el mes en el que menos invierta en música. Cancelaré otra vez la premium de Spotify, me encerraré en casa a escuchar los discos que he comprado en mis vacaciones; venderé todo lo que pueda de Vadim Tudor; expurgaré mi colección de discos para ver de qué puedo deshacerme; borraré las alertas de eBay, no vaya a ser que me tiente el diablo y justificaré dejar de ir a conciertos durante una temporada debido al costoso esfuerzo de viajar al país vecino para ver a unos cuantos grupos que jamás vienen a Madrid.

 

La temporada (en el infierno) durará, más o menos, hasta diciembre, cuando la ciudad rebose en giras cada fin de semana, los cajones de La Metralleta me llamen a gritos con sus cantos de sirena y mi lista de deseos para los Reyes Magos esté saturada de irrechazables novedades con las que espero que mi familia me arrulle, me engría, lama mis heridas tras un difícil 2014 de acelgas y patatas hervidas.

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Comentarios:

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periferico says:

Elena, deja tu user de ebay o discogs que fijo q te compro cosas

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