Relatos de extrarradio: Bebes

Iniciamos una nueva sección temática de relatos. Seis escritores crearán historias en torno a un tema que iremos cambiando cada seis meses, y un fotógrafo ilustrará sus palabras. El primero de los temas que les hemos propuesto: el Madrid de extrarradio. Por Jimina Sabadú, con fotografías de Ignacio Evangelista


15 octubre 2014

Foto: Ignacio Evangelista.

Foto: Ignacio Evangelista.

 

Bebes llegó en octubre. Un poco tarde para el inicio del curso, pero aún a tiempo de ser una atracción para los chicos de la mancomunidad, que en tan temprana fecha ya daban por perdida la oportunidad de conocer a una nueva chica. Bebes era, además, guapa. Hasta entonces la más guapa de aquellos cinco bloques era Sara, la hija de una empleada de la embajada americana que por algunos rasgos exóticos destacaba sobre el resto. Pero Bebes era objetivamente guapa. Aunque debía tener unos catorce años, la pandilla de Cuter no pensó que fueran demasiados. Ellos tenían diez (el advenedizo Jorge), doce (el propio Cuter), y once (Álvaro). Álvaro fue el elegido para llamar al timbre. A pesar de que Cuter era el líder, no se podía decir que fuera el más atrevido. Más bien al contrario, era el que tenía las ideas, pero no el que las llevaba a cabo. Álvaro le había sido muy útil en según qué momentos, pero ahora veía su arrojo como una amenaza. Allí estaba, llamando al timbre de la desconocida Bebes. Sólo sabían esto de ella, porque se lo habían oído decir a los padres, al terminar la mudanza “Bebes, ve haciendo tu cama que a tu madre no le va a dar tiempo”. Y Bebes había subido al tercero C, porque las obras habían sido en el tercero C. Álvaro dio un timbrazo.

 

– ¿Quién es?

 

– Que somos los vecinos, que si Bebes puede bajar a jugar. – Un murmullo al otro lado.

 

– Vale. Ahora baja.

 

Esperaron unos diez minutos hasta que la puerta se abrió. Era tan guapa. Tan perfecta. Por Dios, que no lo estropease Adrián, pensaban. Adrián ni siquiera vivía en la mancomunidad, pero estos bloques le gustaban más que los suyos, y venía a sembrar el terror de cuando en cuando. Esto es, todos los fines de semana. Entre semana prefería aterrorizar a los niños pequeños de su comunidad. Pero no había habido rastro de Adrián en todo el fin de semana, así que tampoco era probable que apareciera ahora, en domingo, con el frío ya tocándoles los dedos de los pies. Pronto el frío sería tan intenso que tendrían que dar zapatazos contra el banco para calentarse. Pero todavía no. Todavía no. Jorge dio uno, un zapatazo, porque estaba nervioso. Bebes era morena de nariz menuda , ojos penetrantes y larga melena.

 

– Hola – dijo.

 

– Hola.

 

– Hola.

 

– Hola.

 

No fueron capaces de decir nada más. Ella se adelantó a presentarse. Era Bebes y venía de Las Rozas. Le preguntaron qué le había traído hasta la Alameda de Osuna y si se iba a quedar todo el año. Ella rió. Claro que se iba a quedar todo el año. Bastantes años. La empresa de su padre se había trasladado y ahora estaba junto a Resitur, el antiguo centro comercial, ahora convertido en un puñado de pasillos silenciosos con apliques dorados y un cine fantasma. La conversación empezó a fluir. No tenían pensado jugar a nada. Ni siquiera Jorge había bajado el mazo de Magic. No tenían más planes que estar allí sentados en el banco, como cada tarde. Pero a ella no parecía importarle. No pareció tampoco importarle que tuvieran algunos años menos. De repente, Bebes se fijó en algo que salía por la pernera del pantalón de Álvaro.

 

– ¿Puedo tocar? – Álvaro, aunque un poco azorado, se encogió de hombros.

 

– Claro.

 

Bebes alargó la mano y tocó el plástico y el metal.

 

– ¿Desde cuándo llevas esto?

 

– Desde la guardería.

 

Bebes no preguntó más y Álvaro tampoco quiso decir más. Cuter cambió de tema, porque no le gustaba cuando Álvaro se convertía en el centro de atención. Le molestaba cada vez más. No tenía que haber dejado que fuera él el que llamara al timbre de la casa de Bebes. Además, él tenía doce años y Álvaro sólo once. Pero Bebes sólo parecía tener ojos para Álvaro. A Jorge le daba igual porque él se conformaba con no tener que ir con el resto de pandillas, que bajaban de los nueve años. Era feliz hablando con gente que no necesitaba tener un tazo en la mano. Era feliz hablando en el banco y comiendo pipas. Pero Cuter no. No había sido admitido en el grupo de los mayores, y Adrián le había humillado en varias ocasiones. En uno de los intentos, su bomber acabó colgando de un árbol, chamuscada. No, no volvería a intentar ser del grupo de Adrián.

 

– ¡Bebes, a cenar! – La madre había aparecido por la ventana y había hecho una llamada que podría oír cualquiera en la mancomunidad.

 

Cuter, como una exhalación, dio un tirón de la pierna ortopédica de Álvaro. Se la llevó en la mano y se puso a saltar de un lado para otro. Álvaro se puso rojo de repente, y Jorge rió.

 

– Álvaro, ven a por ella.

 

Nunca en la vida había hecho algo así, pero en su fuero interno sabía que le estaban arrebatando algo, de modo que se veía obligado a actuar a la desesperada.

 

Bebes se levantó de golpe y no dijo nada. Se volvió hacia Álvaro y le dio un pico. Luego corrió hacia su portal, llamó al timbre, y entró. Al día siguiente hubo clase y Bebes hizo nuevas amistades de su edad. Pocas veces volvieron a hablar. Pero allí, en ese domingo en la explanada de la mancomunidad, un rey fue destronado y otro fue coronado, sólo con un beso.

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Comentarios:

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Queca Levenfeld says:

Mi reino por un beso ! preciosa historia.

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