Relatos de extrarradio: BLANCAS LETRAS CAPITALES SOBRE EL CUERPO DE ALGO QUE PARECE MUERTO

Terminamos nuestra serie Relatos de Extrarradio con una historia sobre edificios abandonados, drogas, huidas y autostop. Por Elisa Fuenzalida, con fotografía de Ignacio Evangelista.


18 marzo 2015

Foto: Ignacio Evangelista.

Foto: Ignacio Evangelista.

 

La periferia de Madrid, donde algo relevante todavía podría llegar a ocurrir. Donde la policía no nos da el coñazo. Esa noche me sentía desmotivada y en mi oreja, el fantasma del M susurraba su desprecio por Europa y el aburrimiento mortal que causamos los inmigrantes al dios del bienestar. Las bolsas de mis ojos se sentían pesadas y me pregunté si algo hermoso acabaría con nosotras antes de inmolarnos, irnos, disolvernos.

 

Nos gustaban los edificios abandonados. Ver cosas que ya no eran miradas era como introducirnos en #laverdad. El futuro se parecía demasiado al pasado cercano, nos aburría envejecer, Madrid y su centro tenían ojos por todas partes y nosotras estábamos enamoradas de lo invisible. Esperaba que nos quedásemos lo suficiente para contagiarnos de esa mágica cualidad, obsequiarle a algún desconocido el placer de redescubrirnos.

 

Antes de salir del bar, alzaste las manos como hacen los santos y los ángeles cuando están posando, con las yemas de cara al mundo terrenal, en señal de haber comprendido algo tan sublime que es casi violento. Algo que no significa nada, pero que lo cambia todo por unos segundos, suficientes para que el resto de tu vida sea un infierno. Estoy harta de pagar, dijiste. Te cogí la cabeza con las manos, quizá pensabas que iba a besarte, quizás iba a besarte. Tu lengua finita se metió dentro de mis flojos labios como si fuera un Marlboro Light y me sacudí como una nevera vieja.

 

Las autopistas de Madrid están rodeadas de hileras interminables de conglomerados de edificios, de parkings, de paja amarilla y seca, de enormes centros comerciales pintados de colores primarios, de puticlubs, naves industriales y desvíos resplandecientes.

 

He recorrido esas autopistas tantas veces, siempre muy jodida, huyendo a la par que recojo excusas inverosímiles. El autostop es fácil. Los choferes no temen a una mujer con cuaderno porque ellos mismos están registrando algo de sí mismos en la carretera. Y nos intentamos engañar el uno al otro, fingiendo que todo es casual, que se trata de un acto fallido del que acabamos de cobrar conciencia y que estamos intentando volver a la escena del crimen, que queremos que nos pillen, nos esposen y nos enseñen una lección. Pero esas coordenadas desaparecieron en una laguna sintética de la memoria. Yo también lo quiero todo gratis:

 

Cada cara que he visto en mi vida
Cada rosario que se ha roto en mis manos
Cada barranco de Tenerife
Cada plaza de Berlín
Cada parque de Madrid
Cada huaca de Lima
Cada avión abandonado en el hangar
Cada tren que no puedo pagar
Cada sofá mugriento
Cada chaqueta
Cada señal que sigo
Y yo las sigo todas
Cada cartel en la calle que pone
Estoy perdida
Me dictan un mensaje difícil de explicar
Una señal secreta que une mi cuerpo al movimiento
Nada nunca me ha detenido
Nada puede detenerme
Y es por eso que las cosas están como están

 

-¿Qué es eso?

 

-¿Eh?

 

-Escucha: TUCUTUCUTÚ.

 

-Es mi corazón.

 

Frenaste lentamente, cogiste el smartphone con la mano izquierda, buscaste la linterna entre las aplicaciones y procediste a frotarte la rodilla con movimientos circulares y repetitivos, de modo que el haz de luz dibujó un confuso patrón de fragmentos blancos.

 

-Empezaron a caminar rodeando la colina, hasta llegar a una fachada “alta y oscura”.

 

-Dijo ella.

 

Reímos secamente.

 

Pequeños insectos nocturnos se elevaron hasta la altura de mi cintura, conforme la hierba descendía hasta convertirse en una playa de polvo tieso y compacto.

 

-Es aquí.

 

Me clavé las yemas de los dedos en los mofletes y rasgué diez surcos paralelos en mi carne, que se hundió mansamente.

 

Había una luz plateada en el cielo. Quizá la luz de la luna se reflejaba en el fuselaje de un Airbus. Pedí tabaco y fumé con placer y asco, de qué otro modo se puede fumar en estos días. El polvo satinado de las alas de los insectos se elevó majestuoso en el humo que nuestras bocas inyectaban en la penumbra, hasta alcanzar la estratosfera, ya débil y opaco, desprovisto de todo valor estético. Aparté la vista y acaricié el mechero con el dorso del dedo índice, tan liso, e intenté comprender el enigmático mensaje que llevaba escrito en letras blancas capitales: FUCK YOU.

 

Era un lugar increíblemente bonito y moribundo en donde nos preguntamos si podríamos vivir.

 

Madridmadridmadridmadridmadrid, recité para mí misma, constatando la deformidad de mis motivaciones. Un servicio de traslado a través de las fronteras y las franjas horarias es mucho más necesario que un servicio de cuidado de casas o mascotas. Un servicio de cuidado de gente. ¿Pero el autostop no había sido exactamente eso para mí? Dos personas o como mucho tres, sudando al unísono, siempre. El mareo que me produce el movimiento continuo, las curvas, el incesante sucederse de nombres de autopistas, de animales que se alejan saltando, corriendo.

 

Esquirlas e ínfimos trozos de cristal bajo mis pies. Me senté y empecé a unir trozo con trozo, trazando un camino que se convirtió en puente al encontrarse con una cola larga y transparente que habías empezado desde tu lado. Nos gustaron los pedazos grandes, corazones, estómagos, pulmones, pero también los medianos, de función indeterminada. Los cristales rotos no se pasan el día entero en Facebook, ni tienen ideas post coitales que luego no llevan a cabo. Nos estábamos aburriendo.

 

Fibras de amianto en mis pulmones. Envuelta en una sábana blanca, me arrastré a través de piscinas del parque acuático abandonado (puertas vencidas, agujeros en el techo) y vomité.

 

Recuerdo el sonido de tu respiración, igual al del ventilador de mi portátil cuando lo pongo en la cama, que esa mañana estuviste leyendo mi Moleskine, cuando creías que dormía y que yo pensé que no había nada que no hubieras podido leer entre líneas cada vez que el audio del Skype se cortaba y yo perdía la paciencia y me ponía melancólica pensando en aquella autopista. Recuerdo que estuve callada, ofuscada y nerviosa todo el camino de vuelta al centro, como si mi brazo hubiera pasado la noche aplastado bajo el peso de un amante. Ese ser, inexistente y molesto, se materializó en forma de resaca y no se apartó de mi durante un buen tramo del trayecto. Recuerdo el cromo brillante y plata de los coches en la carretera, torres de sillas de aluminio en fantasmales cafeterías y que me dijiste que estabas muriendo, que las dos estábamos muriendo, y no sentirme tan mal como esperaba.

 

***  

Si quieres leer el relato anterior de esta serie, escrito por Javier Yohn Planells, sigue este enlace.

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